Heridas Invisibles

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EPÍLOGO

Cinco años después…

 

La pradera, como el paraíso secreto de los amantes una vez, se convierte en el refugio familiar para compartir un día de campo, bajo el sol de verano y la bóveda celeste que les promete un día de regocijo. Los conejos salvajes corren para huir del viejo Bravo y el viejo Coraje, que les persiguen en medio de la alta hierba bajo los atentos ojos negros y la risa escandalosa de una niña de cabellos castaños claros como el caramelo y ondulados que destellan como oro bajo los rayos.

—¡Mira, papi! —dice, señalando y riendo, corriendo detrás de los animales mientras el joven le sigue a una distancia prudente—. ¡Corre, corre, corre, conejito!

Ignazio gira para mantener vigiladas también a su esposa, reposando sobre la sábana tendida en el césped, cargando en brazos a su hija menor. Matilde, más hermosa, rebosante en la madurez de su juventud, le saluda y envía un beso que agita en su pecho un sentimiento de pasión, aún a pesar de los años. A un lado, Isabella ayuda al niño a caminar, sujetándole de los brazos mientras intenta seguir una mariposa, ellos no se percatan de que son observados.

—¡Papi, papi! —Le llaman, así que vuelve a correr para alcanzar a Dominica—. ¡Corre, corre! ¡Mira, mira, al conejo, papi!, ¡es muy rápido!

—¡No tan rápido! ¡Ven acá! —Con rapidez, la sujeta de la cintura y la lanza en el aire, obteniendo una risa estruendosa de aquella niña que se ha convertido en parte de su corazón, de su vida, a través de tantas angustias y preocupaciones por los muchos problemas de salud que su pasado le ha acarreado—. Es hora de volver a casa, andiamo.

El trayecto toma tiempo a pie, para llegar a aquel sitio donde estaban las bases de un hogar destinado para una familia distinta: La casa que una vez Adriano soñó para su hijo, Franco y Antonella, ahora es una realidad para su nieta, Dominica. Pensando en ello, en que éste era el sueño de alguien más, alguien que ya no está, y que aún a través de la muerte ese sueño sigue vivo, más vivo que nunca, Ignazio se queda rezagado con Dominica en sus brazos y contempla a su familia con un nudo en la garganta.

Allí, en el aire de verano que trae el campo, en el sol dorado que calienta su piel y en la pequeña niña que carga en sus brazos, se encuentra con la presencia de Franco y de Antonella, porque es en las que amaban donde encontramos a los que se van.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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