Heterocromía Iridium.

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LA HERENCIA DE LA TÍA

Nunca olvidaré la primera vez que vi a la señorita Mendoza, debo aceptar que la primera impresión que tuve de ella no fue la mejor, y la forma en que nos conocimos tampoco fue la más apropiada.

Todo comenzó cuando el médico de cabecera le diagnosticó a mi ama un tipo de cáncer en la sangre bastante letal. Nos dijo el nombre de la enfermedad, pero como consideraba los padecimientos de los humanos insignificantes y superfluos, nunca presté atención a tal detalle, sin embargo, de las pastillas que utilizaba la señora Mendoza para tratar su mal, si memoricé hasta su color, aroma y forma.

Después de esa fatal consulta médica, la señora Mendoza comenzó a preparar todo para su deceso, incluso su preparación espiritual, pero lo que más me intrigó es que emprendió la búsqueda desesperada de su sobrina. La señora Mendoza, aunque vivía en Japón, era de origen latinoamericano. Su país de nacimiento era México, así que comenzó a contactar a toda la gente que conocía en ese país para establecer comunicación con su sobrina.

¿Por qué tuvo que hacer una búsqueda? Se debía a que su familia y ella se habían separado por cuestiones de índole personal que nunca me compartió. El distanciamiento entre los hermanos provocó que la señora nunca volviera a ver o a saber de su sobrina hasta el día en que el detective que contrató le trajera la información que recabó de ella.

Un día, estábamos en la biblioteca de la casa tomando el té, bueno, yo sirviendo el té y ella sentada a un lado de la ventana, observando el jardín que había detrás de la casa, miró de manera nostálgica a través del cristal y después me dijo:

- Ah, Horacio. Este jardín le hubiera encantado a mi sobrina cuando era niña, le gustaba jugar afuera, imaginando que cazaba fantasmas, o buscaba tesoros en el jardín.

- Señora, ¿puedo preguntarle una cosa? – enuncié cortésmente mientras colocaba una taza de té de jazmín en su mano.

- Lo acabas de hacer. – dijo dedicándome una sonrisa. Siempre bromeaba por mi exceso de formalidad.

- ¿Usted cree que su sobrina venga? Ha pasado mucho tiempo desde que envió la carta. Ya era tiempo de que ella se hubiera presentado ante usted.

- Hay que tener fe, Horacio. Las cartas siempre han tardado en llegar. – me dijo antes de darle un sorbo a su té. – Es mi sobrina consentida, ya llegará.

- ¿No cree que otra persona podría ser la indicada para ser su heredera? Podría ser alguien más cercano, tal vez.

- ¿Estás pensando en postularte como mi heredero? – me dijo sarcásticamente la mujer mayor que se encontraba enfrente de mí, volvió a dar un sorbo a su té.

- Sabe bien, madame, que no me interesan cosas tan mundanas como el dinero, la casa o las demás cosas que los humanos llaman “lujos”. – dije con frialdad, aunque aquella mujer siempre fue amable conmigo, nunca me nació el ser más cálido con ella. – Además, yo no puedo heredar algo terrenal.

- Cierto, tú buscas algo más espiritual. – rio levemente dándole otro sorbo al té, entorné mi mirada en ella. Había cambiado mucho a lo largo de los años, si bien es cierto que he observado el proceso de envejecimiento en los humanos muchas veces, no dejaba de sorprenderme, cada persona evoluciona o involuciona de manera diferente.

- Horacio.

- Dígame, madame.

- Contéstame honestamente. – ella bajó la tasa de cerámica china y la sostuvo con ambas manos. - ¿Qué es lo que te atrae de mi familia? ¿Cómo llegaste a la vida las mujeres de esta familia?

Nunca me había hecho esa pregunta, así que pensar la respuesta me costó un poco de trabajo.

- Las mujeres de su familia siempre me han intrigado, son diferentes a las del medio que las rodea. Supongo que ustedes me despiertan incertidumbre y misterio. Es divertido ver como sus almas se enriquecen o se corrompen, eso las convierte en un precioso trofeo.

- Si, a veces olvido lo que eres. – dijo con tristeza. – Lo que me da curiosidad es que, pudiendo irte a otra parte, esperas pacientemente. ¿Por qué?

- Es más divertido corromper un alma, que tomar una ya corrompida. – contesté con una sonrisa.

- Hay ocasiones en las que me das miedo Horacio. – me dedicó una mirada que no veía desde que la conocí. - ¿Yo estoy corrompida?

- ¿Usted qué piensa?

- Que no, nunca he sido mala.

- Sin embargo, le heredará a una chica inocente y sin culpa alguna, una terrible maldición como la suya. – sentencié con una mirada inquisidora, a la espera de una reacción. – Eso no la hace una santa.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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