Heterocromía Iridium.

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NAGOYA

A la mañana siguiente de que llegué a la casa de mi tía, me levanté muy temprano para hacerle el desayuno, era un hecho de que no había comido algo mexicano desde hace mucho tiempo, así que pensé que sería un buen detalle para empezar el día.

Ni siquiera me cambié de ropa, bajé a la cocina en pijama y comencé a sacar varias cosas del refrigerador. Cociné unos huevos rancheros y le calenté unas tortillas que traía en mi maleta de viaje, le preparé un atole, frijoles y jugo de naranja, le encantaba la naranja. Puse todo en unos platos que encontré en la alacena y luego en una bandeja de plata (después me enteré de que era de plata). Caminé con ella en las manos, hasta que llegué a la puerta.

- ¿Puedo ayudarle en algo? – me preguntó amablemente Horacio, el mayordomo de mi tía. Como no lo escuché llegar, me sorprendió y casi tiro la bandeja, la cual Horacio detuvo con las dos manos. – Cuidado.

- Gracias. – dije con una sonrisa y agarré firmemente la charola. – Voy a llevarle esto a mi tía. – traté de caminar, pero me detuvo el mayordomo.

- Es muy amable de su parte, pero usualmente, suelo llevarle yo el desayuno. – dijo con solemnidad. – Además, nada de lo que se encuentra aquí, lo debe comer la señora Mendoza.

- Ay ya, Horacio no es para tanto. – dije con sarcasmo. – Puedo llevarle el desayuno, no me molesta. Además, no hay comida que le caiga mejor que la mexicana, solo son huevos y frijoles. – traté de avanzar otra vez, pero él sostuvo la charola con fuerza y no me dejó salir de la cocina.   

- Insisto, señorita Mendoza, yo me encargo. – dijo viéndome a los ojos, como tratando de hipnotizarme.

- Gracias Horacio, pero no necesito tu ayuda. – dije finalmente irritada. – Quítate de mi camino. – dije en tono de orden. Me dedicó una mirada de desconcierto y me dejó pasar, avancé sin antes dedicarle una mirada de molestia.

Sentí la mirada de Horacio todo el tramo de la cocina a la estancia y de la estancia a las escaleras, una vez que subí, lo perdí de vista, era como si hubiera desaparecido. Toqué la puerta del cuarto de mi tía antes de entrar, no escuché nada, ni un solo sonido. Volví a tocar.

- ¿Tía? ¿Estás visible? – pregunté antes de llamar por tercera vez a la puerta. Abrí la puerta con dificultad y entré a la habitación, mi objetivo era dejar en la mesa de al lado de la cama, la bandeja con comida, nunca pensé que pesara tanto. – Tía Lupita, ¿qué crees que te traje? – dije con una sonrisa mientras me acercaba, mi tía ni siquiera se inmutó. Coloqué la bandeja en la mesa, cuidando que no se me cayera alguna cosa. – Unos frijoles charros con huevitos rancheros para desayunar, directamente desde… - cuando estuve cerca de mi tía, comprendí que algo no estaba bien. - …México.

Me acerqué y se veía más pálida de lo normal. Cuando acerqué mi mano para despertarla, sentí un escalofrío recorrer mi brazo.

- ¿Tía? – traté de vencer mi miedo y la sacudí un poco, para ver si se despertaba, pero nunca volvió a abrir los ojos. - ¿Tía Lupita? Tía, no es gracioso. Tía, abre los ojos. Me estás asustando. Tía. ¡Horacio! Tía, tía por favor.

- Dígame señorita. – dijo Horacio entrando por la puerta.

- Ayúdame, por favor. – dije con lágrimas en los ojos. – Mi tía no despierta. – Horacio se acercó y revisó el pulso de mi tía Lupita, luego revisó los ojos y me vio confirmándome algo que, en ese momento, no quería creer. - ¡No! ¡No es cierto!

- Señorita… - me dijo sin perder la calma. Yo no pude hacer eso, mantener la calma.

- No, tía, despierta por favor, te lo suplico. – dije entre sollozos y llantos. Abracé a mi tía como nunca lo había hecho. – Llama a su médico, debe poder hacerse algo.

- Lo lamento, señorita Mendoza. – dijo sin inmutarse, no creí que lo sintiera realmente.

- ¡No! Tía Lupita, no. – dije llorando y descargando toda mi tristeza en el pecho inerte de mi tía. - ¡No!

Sentí que unas manos me rodeaban y alejaban de ella, Horacio hacia todo lo posible para sacarme de la habitación, pero no pudo, por más que me tironeo o jaló, no pudo separarme de ella, hasta que llegó el médico de cabecera que la atendía.

 

El día fue helado y el cielo se caía a cantaros, me gustaba ese clima, pero en esa ocasión, solo sirvió para desmoralizarme más. La ceremonia fue triste, y el entierro aún más, no porque no fuera mucha gente, sino porque la gente que fue no era nadie de la familia. Veía sus rostros y expresiones cuando se acercaban para darme el pésame, solo gente extraña que nunca conocí y que nunca volvería a ver. Abogados, accionistas, contadores, banqueros, trabajadores, gente que quería obtener algo de mi tía y que solo venían a corroborar que estuviera realmente muerta, suena cruel, pero la vida es cruel y los humanos que la habitan a un más.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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