Heterocromía Iridium.

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HORACIO

Todos los humanos para los que he servido reaccionaban de manera diferente cuando hacía mi “presentación” oficial, y, aunque tenían miedo en un inicio, a ninguno se le ocurrió rezar, la señorita Erika era la primera que trató de alejarme rezando y, de no ser porque tenía una atadura con ella, lo habría hecho.

La señorita Erika estaba durmiendo en la cama desde la noche anterior; era ya medio día y no había despertado. Curé sus heridas, compuse sus huesos y vendé su cuerpo. Me quedé todo el tiempo a su lado, viéndola, observándola. Había algo en ella que me intrigaba.

Mientras dormía, me acerqué a ella, me senté en su cama e incliné de tal manera que pudiera ver sus ojos.

- Aperi oculos tuos, et permittere me spectare qui abscondere tu anima. – susurré a lado de su oído. La señorita abrió los ojos, pero no despertó. Vi a través de sus globos oculares, pero había una barrera muy densa y fuerte que me impedía ver que había en ellos. – Que extraño. – exclamé para mí mismo. – No puedo ver su alma.

Me alejé de ella y cerré sus ojos. Volví a mi lugar, en la silla a lado de la cama, cuando vi la mochila que jamás soltaba tirada en el suelo, cerca de unos libros apilados; la tomé y comencé a revisar que había en ella.

Era una mochila de tela gruesa, con un estampado en colores verdes, como si fueran manchas, con un par de asas para colgarla en la espalda, la cerrabas con un cierre de metal y una especie de broche que tapaba el cierre. Cuando lo abrí, lo primero que salió fue el celular de la señorita, tenía una funda en forma de ataúd, me extrañó, normalmente los humanos no tienen este tipo de cosas. Seguí revisando, había una cartera negra de piel, que por alguna razón me dolía tocarla; una bolsa de plástico que tenía pañuelos de papel y una toalla sanitaria, una bolsa más pequeña con maquillaje en su interior, la bolsa tenía la figura de una caricatura de un esqueleto famosa conocida como Jack; dos libros, uno era la Divina Comedia y el otro era de un humano de apellido Poe, entre las páginas de este último, estaba la carta de mi antigua ama, la señora Mendoza; y finalmente, un llavero, tenía 7 llaves, la heráldica de su familia y una cruz. Al tocar la cruz, mi mano ardió y se formó una cicatriz en la palma, pero no la solté ya que la forma era muy peculiar, era una cruz Arj, o cruz egipcia, no era un diseño común que usara un cristiano. Esta humana tenía algo diferente de los demás, o al menos, no era tan común como se podía pensar.

Volvía a poner todo en su lugar y dejé la mochila a un lado de la cama. Salí de la habitación a la cocina y comencé a preparar la comida, además de un té para los nervios, no era conveniente que yo interviniera cada vez que la humana perdiera la cabeza.

Una cruz de Arj. Esta cruz representa la inmortalidad de los dioses, no solo en la religión egipcia, sino también en la cristiana y en la romana. Además de ser un signo característico de la cultura urbana y el movimiento gótico. También, representa la búsqueda de la inmortalidad de los humanos, y es considerada la llave de la sabiduría oculta. ¿Por qué escogería precisamente ese diseño? Mientras cortaba la fruta con un cuchillo, recordé que la chica también usaba una cruz en el cuello, el mismo diseño, pero en plata y más grande.

Regresé a la habitación donde dormía la señorita Erika, para mi sorpresa, ella ya no se encontraba ahí. ¿Cómo pudo desaparecer sin que me diera cuenta? Comencé a recorrer la habitación con la mirada, cuando sentí un extraño estremecimiento en el pecho, cerré los ojos y pude ver lo que ella veía.

- La encontré. – dije orgulloso de mis dones, y divertido con la actitud de la humana.

 

“Tal vez si tomo un tren de Nagoya a Tokio, podría alejarme más rápido.”, pensé observando los horarios de la estación del tren.

No me importaba haber dejado la casa de mi tía y las demás cosas atrás olvidadas, no quería estar más tiempo cerca de esa cosa. Me subí la capucha de la chamarra para calentarme un poco, el día estaba frío y corría una brisa bastante helada.

- Ahora entiendo por qué mi padre no quería que mi tía se me acercara. – dije mientras pagaba el boleto del tren. Caminé hacia el andén y esperé a que el tren llegara. - ¿Cómo pudo hacerme esto mi tía?

- Fue lo mismo que le pregunté… - dijo una voz escalofriantemente familiar. - …y sorpresa, aun así, lo hizo.

Giré mi cuerpo hacia atrás para ver a la persona que me había hablado. Ahí estaba él, parado con una expresión gélida y viéndome a los ojos.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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