Heterocromía Iridium.

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EN LA ORILLA DEL BOSQUE

El viaje en el autobús de la ciudad de México a Cuernavaca fue hermoso, por la ventana del autobús pude ver los paisajes de la carretera. Los paisajes de México eran completamente diferentes a los de Japón, además de muy diversos, en el mismo camino, pude observar selvas de concreto, mares de automóviles, motocicletas, autobuses y bicicletas, bosques templados, paisajes semidesérticos, terrenos de cultivos, y las diferentes zonas “urbanizadas”. Debo aceptar que, en todos mis años de existencia, no había tenido la curiosidad de conocer algún país de Latinoamérica, hasta que conocí a Guadalupe Mendoza.

Cuando llegamos a la Terminal de Autobuses Cuernavaca, la familia de la señorita Mendoza nos estaba esperando, para ser honesto, estaban esperando a la señorita Erika, fue esa la primera vez que tuve contacto con los familiares de mi antigua y actual ama. Yo cargaba las maletas de la señorita, así que ella tenía las manos libres para moverse libremente.

En cuanto un chico de unos 30 años y un niño de unos 7 u 8 vieron a la señorita, corrieron a su encuentro, como el niño se adelantó, fue el primero en llegar a los brazos de mi ama, quien lo recibió con una sonrisa y un gran abrazo, lo levantó, cargó en un brazo y esperó al joven con el que tenía libre, fue un abrazo un tanto conmovedor. Yo procuré mantenerme a prudente distancia, hasta que la señorita decidiera presentarme, o los demás preguntaran por el extraño hombre que la acompañaban.

- ¡Maldita! Vuelves a irte sin decirme y te juro que te ahorcaré. – le dijo el chico a la señorita Erika, mientras rodeaba con sus brazos a Erika y al niño.

- Como si tú me avisaras de todo lo que haces. – contestó mi ama.

- ¡Erika! – la llamaron al unísono todas las personas que siguieron a los chicos que abrazaron a la señorita. Después de varios abrazos, besos, regaños y demás manifestaciones humanas de cariño, finalmente el niño notó que yo los observaba con demasiada atención, se acercó a la señorita Erika y abrazó su pierna con temor, como si hubiera visto un fantasma, en ese momento, pensé que el niño había descubierto que criatura era. 

- ¿Qué te pasa? – le preguntó con delicadeza y ternura la señorita Erika.

- Hay un tipo viéndonos muy raro. – dijo el niño, señalándome con su gordo dedo índice. Al parecer, toda la familia lo escuchó, porque todos voltearon a verme.

En ese momento, la señorita me hizo un ademán para que me acercara al grupo de personas. Yo la obedecí y caminé hasta quedar a un lado de ellos, fue cuando me di cuenta de sus rasgos físicos, definitivamente, la señorita Erika destacaba aun entre sus familiares. 

- No tienes nada que temer, Fernando. – la señorita Erika acaricio la cabeza del niño y jugó con su cabello. – Familia, él es Horacio, el mayordomo de mi tía Guadalupe.

- ¿Qué tía Guadalupe? – preguntó el joven.

- Mi hermana, ¿ya se te olvidó? – le contestó el hombre de mediana edad. – Daniel, desde que te fuiste a vivir a Puebla, ya se te olvidó toda la familia.

- Ya, Doroteo, no seas dramático. Es obvio que los chicos no la recuerden bien, no han convivido con ella desde que eran niños. – comentó la mujer que tomaba del brazo al señor. – Aunque no recordaba a este hombre. 

- Si… es una larga historia. – dijo la señorita Erika. – Bueno, Horacio, esta es mi familia. Él es mi padre, Doroteo Mendoza Castro. – La señorita señaló con su mano al señor de mediana edad, supuse que era el hermano de la señora Mendoza, tenía las mismas facciones, era el estereotipo del hombre mexicano, cabello negro, lacio, perfectamente bien cortado y peinado, ojos medianos y redondos, de color café obscuro, piel morena, estatura media y cuerpo rollizo, pero no gordo. En su frente estaban tatuados los pecados de un hombre común, que se había esforzado por seguir un código de ética y moral, y trataba de obedecer las leyes de Dios.    

- Un placer señor. – dije cortésmente mientras le daba la mano, el hombre correspondió mi gesto y sentí su saludo, firme, seguro, las manos eran duras, pero no rasposas, era un hombre trabajador.

- Ella es mi madre, Angélica Echeverría León. – dijo mi ama. La señora era la clásica mujer latina, aunque se veía muy conservadora. Cabello lacio, castaño obscuro, largo, atado en una coleta perfectamente peinada, ojos cafés claro, grandes, ligeramente rasgados, nariz larga y estrecha, boca grande y labios carnosos, era ligeramente más pequeña en estatura que su esposo y tenía el cuerpo bien proporcionado, pero con el peso de una mujer que había vivido tres embarazos, sin embargo, por el resto de las facciones, puedo adivinar que, en su juventud, fue la joven más bella de su escuela. Los únicos pecados que pude ver en esa mujer fueron 3: vanidad, fanatismo, y orgullo. 



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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