Heterocromía Iridium.

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CASA

Nunca me separé de la señorita Erika, aun cuando algo, independientemente de la “nana” de la familia, en la casa de sus padres me expulsaba y buscaba desesperadamente sacarme de ahí. Cuando me aseguré de que la señorita Isabela volvió a su cuarto y se quedó dormida, regresé a la casa y traté de entrar a la habitación de mi ama, pero no pude hacer otra cosa más que observarla desde el marco de la puerta.

No se lo iba a decir, y nunca se lo dije, pero verla dormir me daba una tranquilidad y paz bastante extraña, una paz que no tenía desde… hace mucho tiempo.

A la mañana siguiente, todos en la casa se levantaron temprano, menos la señorita Erika, durmió como si no lo hubiera hecho en días; estaba dormida boca abajo y los brazos le colgaban por los bordes de la cama, el cabello largo y chino, estaba alborotado en una maraña electrificada y las sabanas, enredadas alrededor de su cuerpo como si fueran una serpiente constrictora, nunca había visto una forma tan poco ortodoxa de dormir. Un sonido fuerte en la planta de abajo, acompañado de una maldición de su madre, hizo que mi ama despertara lentamente, sacudiendo la cabeza para hacer desaparecer el halo de sueño que le quedó al reanimar su cuerpo.

- Sabes, el que todo el tiempo me estés observando me inquieta. – dijo al aire con la voz todavía pegajosa.

- Desde este punto no puedo hacer algo más que observarla, señorita. – dije amablemente. – Además, dudo que usted se deje hacer algo más.

- Pervertido. – comentó mientras levantaba su torso con los brazos apoyados en la cama. - ¿Ya se despertaron todos?

- Sí, usted es la única que se quedó dormida.

- Demonios, ¿por qué no me despertaste? – dijo moviéndose con más velocidad, buscando a su alrededor con la mirada, supongo, su ropa. - ¿Qué hora son?

- Casi las once. – contesté con tranquilidad, observándola pelearse con las sabanas y con su cabello.

- ¡En la madre! Me van a matar. – Cayó de sentón en la cama y se quitó los calcetines de los pies, a la vez que el pantalón. – Debo… - cuando comenzó a quitarse la parte de arriba del pijama, cuando recordó que yo estaba observándola desde la puerta. - ¿Puedes, al menos, tener la decencia de voltearte o cerrar la puerta mientras me cambio?

- ¡Ah, sí! Perdone. – dije cerrando la puerta de la habitación y me quedé en la estancia, cuando escuché la voz de la señorita desde el interior de la recámara.

- ¡Y ni se te ocurra usar tus poderes paranormales para ver a través de la puerta!

- Se lo prometo, no haré nada que usted no quiera. – Sonreí y me recargué en la puerta.

- ¡Pervertido! – me reí ante su comentario. Su actitud me parecía tierna.

- Buenos días. – dijo al bajar las escaleras y encontrar la sala ocupada por los señores Daniel y Fernando, y las señoras Carmen y Lidia, la cual se veía, definitivamente, mejor que el día anterior.

- Hola, mi nena. – la señora Lidia saludó a su nieta con un beso en la mejilla, después la chica se inclinó para saludar a su otra abuela, la cual recibió el beso con amabilidad, pero no la saludó.

- Buenos días, preciosa. – dijo el señor Fernando, quien leía el libro que estaba leyendo la noche anterior, cuando la señorita se sentó a conversar conmigo.

- Buenos días, beba. – dijo el señor Daniel, tratando de ver algo en su celular.

- Hola, bella durmiente. – un leve golpe sonó en la cabeza de la señorita Erika por la parte de atrás. – Verdaderamente te moriste. – el joven Daniel bajó por las escaleras, seguido de su hermano menor.

- Un día de estos, te voy a lanzar por la ventana. – dijo sarcásticamente la señorita Erika, mientras levantaba al joven Fernando y caminó hacia la cocina cargándolo en sus brazos. - ¿Y tú? ¿Ya desayunaste?

- Este también se acaba de despertar. – el joven agarró la nariz al niño y la movió de un lado al otro, el niño comenzó a reírse.

- ¿En serio? – preguntó la señorita Erika, haciéndole cosquillas al niño en la barriga. – Bueno, así no desayunaré sola. ¿Dónde están mis papás?

- Salieron a hacer unos pagos. – contestó el joven Daniel, abriendo la puerta de la cocina para que su hermana entrara, con su hermano en los brazos.

- A bueno, entonces tengo tiempo para platicar de algo contigo. – le dijo la señorita con un tono de alivio.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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