Heterocromía Iridium.

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DÍAS DE UNA UNIVERSITARIA

Era domingo, lo recuerdo bien, porque en ese día comenzó mi animadversión a las muñecas de porcelana. Estaba de visita en casa de mis padres, jugando videojuegos con Daniel y Fernando, mientras mi madre hacia la comida con ayuda de Horacio, cuando mis abuelos maternos se sentaron en el sillón que estaba a un lado de donde estaba sentada con mis hermanos.

- Que bueno que nos visitas, sentía que ya nos habías olvidado.

- ¿Cómo cree que voy a hacer eso, abuela? – conteste mientras presionaba rápidamente todos los botones del mando del Xbox. – Lo que pasa es que la universidad, cada día, se vuelve más pesada.

- Lo que pasa es que eres una floja y te daba flojera venir a vernos. – comentó Daniel mientras hacia una mueca chistosa con la boca, como si hacer gestos mejorara su habilidad de pelea en el videojuego.

- Jaja, como si a ti no te diera flojera levantarte de la cama en la que te echas. – Fernando se rio cuando le dije eso a Daniel.

- Oye, Erika. – me llamó Fernando, rebotando en el sillón entre Dani y yo.

- Dime...

- ¿Te gustan las muñecas?

- Sí, me encantan.

- Ah... y ¿aun juegas con muñecas?

- No, ya no.

- Ah... oye y… si ya no juegas con muñecas, ¿me puedo quedar con la muñeca?

- ¿De qué muñeca hablas? – le pregunté a mi hermano desconcertada, que yo supiera, mi madre había regalado todas mis muñecas cuando cumplí 17 años.

- La que está en tu cuarto, en una caja de madera así grande, grande. – me dijo mi hermano menor, colocando sus manos de manera que pudiera imaginarme el tamaño de la caja.

- ¿Y para que quieres tu una muñeca? – preguntó Daniel en un tono de desconcierto.

- Daaaa, para que mis soldados tengan una niña que rescatar del malo.

- Ah, ya.

- Daniel, ¿de qué muñeca está hablando Fernando?

- Es que se me olvidó decirte que hace dos días te llegaron unos paquetes, un par de cajas de madera. Una venía cerrada con llave, pero la otra se podía abrir, por eso supimos que era una muñeca. Supusimos que en la otra caja también hay una.

- ¿Y cómo supieron que eran para mí?

- Venían con una nota con tu nombre. - dijo Daniel, poniendo en pausa el juego de la TV. - Ven, te enseño.

Dejamos los mandos del Xbox en la mesa de centro de la sala y seguí a mis hermanos al piso de arriba. Entramos a mi antiguo cuarto, que ahora era el de mi hermano Daniel, y me senté en la cama, mientras él buscaba las cajas de madera en su closet.

- Mira, son éstas. Están muy grandes para ser muñecas. – dijo Daniel, haciendo malabares con las cajas.

- En Europa hay muñecas de tamaño natural. – comenté mientras le quitaba una caja de encima y lo ayudé a cargarla hasta la cama.

- Supuse que las habías comprado, creo que tuve razón. – dijo mi hermano menor, saltando en la cama.

- Yo no las pedí, tiene un tiempo que no compro cosas por correo o en línea. – debatí a mi hermano Fernando.

- A lo mejor es un regalo… de un admirador. – comentó mi hermano Daniel con una sonrisa pícara. – Tal vez, de alguien llamado Gustavo.

- Sí, claro. – dije incrédula. – Gustavo solo es un amigo, no más.

- Si tú lo dices. – Daniel y yo apoyamos las cajas en la cama y las giramos de manera que se pudieran abrir.

Eran dos cajas de ébano, madera barnizada y tallada con figuras de girasoles estilizados. Los cerrojos de las cajas, al igual que algunas hojas de los tallos y los marcos de las caras laterales, eran de un material parecido al oro, pero más opaco en cuanto a su brillo. Una de las cajas tenía el cerrojo suelto, estaba diseñado para que se cerrara con un candado.

- Mira, esta es la nota con la que venían. – dijo Daniel, estirándome un pedazo de papel corrugado, parecía más pergamino que otra cosa. Antes de abrir la caja, tomé la nota y la leí.

“Erika, Wir wollen mit Ihnen zu spielen.”

Por alguna razón, la nota hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda, revisé todo el papel para ver si no había algo más escrito, solo eso había en el papel. La letra era hermosa y estaba escrita en tinta de color rosa.

- ¿Ya identificaron en qué idioma está? – le pregunté a mi hermano mayor.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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