Heterocromía Iridium.

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INTERROGATORIO

En México, existen sacerdotes que aún continúan con la tradición de las misas a las 12 de la noche y a las 6 de la mañana, y una cantidad importante de feligreses acuden a estas ceremonias, así que mi deber, como sucesor en la administración del sacerdote que tenía a cargo la catedral de Cuernavaca, era mantener esa tradición por unos años más, para luego irla retirando, la iglesia ya no considera que sea necesario las ceremonias a esas horas, debido a las cuestiones de seguridad de la población. Por las noches, los hermanos y yo cerrábamos las puertas de la catedral dando las 10 de la noche con cadenas, ya que el seguro de la puerta estaba descompuesto y no cerraba bien.

Mi nombre es César, soy un sacerdote jesuita recién ordenado y me asignaron a la catedral hace tres años para asistir al párroco de ese entonces y aprender de él. Cuando conocí a la señorita Mendoza y a su “acompañante”, la catedral llevaba un año a mi cargo como el nuevo párroco.  

Una noche, como tenía insomnio, estaba en mi cuarto preparando los sermones que diría a lo largo del día, cuando escuché que golpeaban la puerta de la entrada con desesperación, tardé en abrirla porque me encontraba en ropa interior, en lo que me vestí, bajé las escaleras y crucé toda la iglesia para atender la puerta, pasó algo sorprendente.

Al cruzar la capilla que conectaba el área de las habitaciones con la nave principal, escuché que el cerrojo se abría y las cadenas caían al suelo, temí que se hubieran metido a la iglesia para robar, aunque no había muchas cosas de oro, la delincuencia hoy en día cada vez respeta menos.

Entré a la nave principal y me acerqué a la puerta por uno de los pasillos laterales, ahí encontré a un hombre y a una mujer cerrando la puerta con dificultad, y la gruesa puerta de madera de roble parecía doblarse hacia adentro como si algo se hubiera estampado afuera. Los dos se desplomaron cuando el pasador de la puerta hizo un sonido sordo y bloqueó el paso. ¿Cómo pudieron abrirla? Me acerqué a la puerta y entré en uno de los confesionarios de la esquina para que no me vieran.

- Señorita, ¿cómo está? – dijo el hombre levantando las cadenas del suelo y volviéndolas a poner como estaban. Las cadenas eran muy gruesas y pesadas, necesitábamos colocarlas entre 4 hermanos para poder cargarlas y manipularlas, ese hombre las había levantado con una mano.

- Horacio, ¿no te afecta estar aquí? – le preguntó la mujer, era joven, cabello negro, largo y chino, parecía enferma, tenía la piel pálida y hablaba muy despacio.

- No, le recuerdo que no soy el diablo, señorita. – contestó el hombre y la cargó en sus brazos, caminó hacia el interior de la iglesia y la sentó en una de las bancas del pasillo izquierdo. ¿El diablo? ¿A qué se referirá? - ¿Cómo se siente?

- Como si fuera a morir. – contestó ella. Salí del confesionario en silencio y traté de seguirlos un poco más cerca. La mujer se arqueaba de dolor y tenía una herida horrible en el brazo. - ¿Crees que tenga suerte?

- Tuvo suerte. – contestó el hombre al instante. – El veneno que envidia usa es muy letal, debería estar muerta. – completó su comentario. ¿A caso se refería a Envidia como una persona?

- Trata de decirlo sin sonreír. – dijo ella tratando de esbozar una sonrisa, pero parecía que le dolía demasiado.

El hombre vio a su alrededor, como si buscara algo, sacó un pañuelo del chaleco de mesero que vestía y se acercó a la pileta de agua bendita, metió la mano y empapó el trapo, cuando hizo esto parecía que le ardía, se quejó, pero no gritó. Regresó con la mujer y comenzó a hablarle.

- Señorita, esto le va a doler enserio, pero es necesario. – le dijo hincándose frente a ella y tomando su mano. – No se preocupe de fracturarme la mano, si necesita apretarla hágalo.

- Horacio, tus manos están… - exclamó ella al ver las manos del hombre. Yo no pude verlas debido a que estaba al alcance de mi vista. - ¿Estás seguro de esto?

- Si el agua bendita deshace mi mano y desintegra la piel de los demonios, créame, limpiará de su cuerpo el veneno de Envidia. Beba. 

El hombre exprimió suavemente el trapo en la boca de la mujer y ella bebió el agua que escurría, comenzó a moverse como si hubiera tomado lejía. Él, antes de que pasara otra cosa, puso el trapo en la herida de la mujer y presionó, en ese momento, mi curiosidad me obligó a acercarme a una distancia muy corta, situándome detrás de unas bancas. La mujer comenzó a sacar espuma por la boca y el trapo se inundó de un líquido verdoso, del brazo de la chica goteaban gotas sangre de color amarillo y verde. Unos minutos después, ella dejó de moverse y comenzó a respirar profundamente, como si le costara trabajo jalar el aire.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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