Heterocromía Iridium.

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DEBATE

Ahí estaba enfrente de mí, conectada a varios aparatos que hacían ruidos irritantes, dormida sin la seguridad de que algún día despertaría. Yo tenía una misión, solo una, y no pude cumplirla.

- Esto no me puede estar pasando. – dije sentado en una silla a lado de ella, su familia se encontraba afuera arreglando los asuntos que los humanos tienen que atender cuando un familiar está hospitalizado.

Ni siquiera podía respirar por ella misma, tenía un respirador conectado en la garganta. Ninguno de mis amos había llegado a estar en estas condiciones, ¿había perdido mis habilidades? ¿Había dejado de ser eficiente?

Todo su cuerpo estaba destrozado, huesos rotos, piel quemada, órganos desechos, la humana no sobreviviría esa noche si no hacía algo. Deseaba poseer esa alma tan pura y rara, sería el mejor de mis trofeos, pero ¿cómo obtenerla? No teníamos pacto alguno, si ella moría, su alma quedaría lejos de mi alcance. Su alma, si tan solo pudiera hacer que la humana viviera más tiempo. ¿Tal vez si…?

- No es verdad. – dijo otra voz en la habitación. - ¿Realmente estás contemplando esa posibilidad?

Alcé el rostro y, del otro lado de la cama, vi a Dominicus, mi molesto hermano mayor, con una sonrisa sínica y divertido con mi situación. Había adoptado otra forma, no lo reconocí en un inicio hasta que vi sus cuernos verdes esmeralda y el medallón del círculo infernal al que pertenecía.

- ¿Qué estás haciendo aquí? – dije con severidad, nunca ha sido buena señal verlo cerca de mis amos.

- Hola. ¿Cómo estás? Bien. ¿Qué has hecho? Encargándome de las obligaciones de mi inmaduro hermano menor en el infierno. – comenzó a decir con tono de burla. No sé si era su nueva apariencia, pero había algo en el que me estaba sacando de quicio. – También te extrañé.

Se levantó de la silla en la que estaba y se inclinó ante la humana, viéndola con un deseo infernal. ¿Así me vería yo cuando la veía?

- Aléjate de ella. – dije con postura amenazante, normalmente no me gusta mostrar mi verdadera forma ya que descompongo un poco mi atractivo físico, pero mi hermano era especialista en hacerme rabiar. Entornó sus nuevos ojos verdes esmeralda en mí y sonrió con unos dientes blancos y perfectos.

- Tranquilo, solo la estoy observando. – dijo haciéndose un poco para atrás. – La verdad, es un trofeo. No por el físico, quedó bastante destruida, sino por la luz que despide su alma o, mejor dicho, por sus sombras.

- Ella no está corrompida. – dije ante las calumnias que le estaba levantando a Erika. – No tiene por qué expedir sombras.

- Ay, mi pequeño hermano menor. Aun no aprendes muchas cosas verdad. – dijo con una mirada misteriosa y fascinada. – El expedir luz no significa que la persona sea buena, y expedir sombras no significa que sea mala. La luz no significa bondad y virtud, así como la obscuridad no es equivalente a maldad. Nuestro príncipe y señor de las tinieblas vive en un lugar inundado de luz.

- Déjala tranquila. – volví a sentenciar. Sabía que lo que estaba diciendo era verdad, no se presentaban muchos casos de almas bondadosas que expidieran sombras en vez de luz. Si eso era cierto, ella sería aún más atractiva para los demás demonios, o incluso peor. – Ella está bajo mí protección, y te aseguro que no dudaré en destruirte.

- Que buen trabajo estás haciendo, felicidades. – dijo sarcástico y me aplaudió de manera exagerada. – Ella está a punto de morir, y a ti solo te preocupa reclamar su alma para tu colección. Vaya que menosprecias su valor, eso te convierte en algo peor que yo.

Dominicus comenzó a recorrer de un lado a otro enfrente de la cama de la señorita Mendoza, observándola, cazándola. Tomó la mano de Erika y comenzó a acariciarla.

- Ella es buena, gentil, valerosa y llena de fe hacia Dios, un alma pura y virtuosa, que expide sombras y no le aterra la obscuridad. Es un alma única, una en un millón. – me dijo señalándola y poniendo la mano de Erika sobre el abdomen. - ¿Te imaginas lo que se podría lograr con ella, si en vez de ser soldado de Dios, se vuelve en seguidora del Diablo?

Eso no lo soporté.

- ¡Eso no lo permitiré! ¡Ni se te ocurra tocarle un pelo! – lo embestí contra la pared y tomé su cuello entre mis manos. - ¡Ella jamás será como nosotros! ¡No lo permitiré!

- ¿Y qué piensas hacer? Revelarte a todo el infierno. – preguntó divertido.

Cuando estuve cerca de él pude descubrir que era lo que me inquietaba de su apariencia. El maldito adoptó la forma masculina de la señorita Erika. Era como verla a ella en un cuerpo de hombre, su cabello chino, negro y largo, sus labios carnosos, un cuerpo bien formado y la piel blanca. Pero lo que me hizo rabiar fue que la belleza de sus ojos esmeraldas fue distorsionada en una furia y ambición infernal.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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