Heterocromía Iridium.

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EPÍLOGO

Eran las 3 de la mañana, la señorita Mendoza estaba dormida en el sillón a un lado de su tía, había estado despierta hasta tarde cuidando de mi ama, como si fuera una enfermera o un guardián. ¿De verdad pensaba que sus cuidados evitarían el triste final que se acercaba? Como fuera, mi labor con la señora Mendoza había concluido, solo faltaba una cosa, reclamar mi pago.

Me encontraba parado a lado de la cama de la señora, observándola dormir. Ella abrió los ojos y se giró para ver a su sobrina.

- ¿Qué te parece? – me preguntó la señora Mendoza.

- Ciertamente intrigante. – contesté con honestidad.

Imaginaba la clásica universitaria superficial, banal, vestida con los horrorosos colores que los humanos llaman “pastel” y usando los zapatos de tacón que todas las mujeres usan. Pero me sorprendió, lo cual es muy raro, que la heredera de la que tanto hablaba la señora fuera completamente diferente a lo que me imaginé.

– Será interesante servirle.

- ¿Ya la revisaste bien? – preguntó intrigada. - ¿No te ha llamado la atención algo de ella?

- Si se refiere al hecho de que no tiene ningún pecado tatuado en su frente, o una enorme cruz que cargar, déjeme decirle que eso no le da la razón a la adivina. Han pasado muchos siglos, esperando a la “mujer del fuego azul”. ¿Por qué cree que es su sobrina?

- Yo sé que es ella. – dijo con seguridad.

- La estima en verdad, ¿no es así? – pregunté al ver su rostro, feliz y triste a la vez, mientras observaba a su sobrina, perdida en su mundo de sueños.

- La adoro, Horacio. – me contestó al borde de las lágrimas. – Es la hija que siempre deseé y nunca pude tener. Por eso me arde el alma solo de pensar en lo que le voy a heredar. – lo dijo con odio a sí misma.

No me ofendí, sé que soy lo peor que le pudo haber pasado a esa chica.

- Aun puede retractarse. – dije de manera curiosa, quería ver que tan voluble podía ser la señora, aun en su lecho de muerte, me gustaba jugar con ella.

- No, claro que no. – contestó de manera inmediata. Se colocó boca arriba y vio hacia el techo de la habitación. – Te va a necesitar. – Revisó el reloj de la pared y luego dijo con resignación. – Ya es hora, ¿verdad?

- Si, debo hacerlo antes de que venga Iris. – contesté, ansioso de poner mis manos en su alma.

Ella suspiró.

- Está bien, sabía que esto llegaría. – me dijo con nostalgia. Me acerqué a ella y entorné mis ojos en los suyos, podía ver claramente su alma a través de ellos, un iris azul y uno dorado. – Horacio…

- Dígame, señora. – contesté antes de empezar a extraer su alma.

- Cuida mucho a mi sobrina. – me dijo sin temer.

- A la orden.



Norma Martínez Cruz

Editado: 05.01.2019

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