Híbrido

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II

I guardiani
(Los guardianes)

El cuerpo de Arabella se puso rígido, y dio una rápida mirada hacia su antiguo guardaespaldas. Dante observaba a la maldita anciana de manera extraña, como si quisiera escucharla.

– Mantente cerca de mí, Arabella. Hablo enserio.– ordenó él.

Sus ojos verdes se clavaron en la anciana que ensanchaba su sonrisa y abría la puerta de su casa de par en par. Tan solo unos pasos bastaron  para encontrarse dentro de un lugar confortable, con un aroma parecido al de las rosas, amargo pero atrayente.

La fuerte espalda de Dante cubrió por un momento su vista por completo, en el instante justo en el que ambos sintieron la presencia de un joven rubio que los miraba con desagrado.

Aparentaba tener la misma edad que el joven Salvatore, sus ojos celestes miraron a los jóvenes con atención, pero se clavaron de manera atrayente en Arabella, como si ella fuera un imán. Algunas pecas muy imperceptibles adornaban su rostro de chico malo, dándole un aspecto algo angelical. Su perfecta y varonil mandíbula se tensó, y sus labios casi rosados se apretaron, como si estuviera sufriendo, como si algo le estuviera molestando.

Volvió sus preciosos y atormentados ojos celestes hacia Arabella, supo que era ella por quién lo habían enviado. Su sangre hirvió al verla allí, con una figura angelical, una imagen tan cegadora y oscura que su propia naturaleza la rechazó por un momento. Se levantó, instigado por una extraña sensación y avanzó un paso hacia ella.
Dante la cubrió, de manera instantánea, con su propio cuerpo y lo miró de manera amenazadora. El joven solo descubrió en Salvatore un mortal, tan simple ante sus ojos como cualquiera de los mundanos. Pero algo, algo en su interior le dijo que él estaba envuelto por algo más peligroso, podía intuir sus manos manchadas de sangre, por sangre de tantas personas que no se permitió seguir observándolo.

– Arabella.- pronunció, como si su nombre hubiera sido repetido tantas veces por sus labios.– Soy Domenico. Seré uno de tus guardianes.

Ella sintió una extraña familiaridad con él, como si lo apreciara, de alguna forma infundía un tipo de sentimiento positivo en su interior. Dante lo miró sin enterarse de absolutamente nada, ¿qué acababa de decir el desconocido? .

– No quiero ser grosero contigo, amigo. Pero te mueves un paso más y serás el "guardián" de tu propia tumba.

– ¿Cómo se atreve de hablarle así a un ángel, Salvatore?.– reprendió la anciana decrépita con el ceño fruncido.– El pobre Dom fue un enviado del paraíso para salvaguardar los poderes de Arabella.

¿Que qué? Arabella miró a la anciana con los ojos bien abiertos, y luego al joven que frente a ellos se encontraba con los brazos cruzados.

- Perfecto Dante, nos trajiste a la casa de una chiflada y su extraño nieto.- murmuró la joven cerca del oído del joven de ojos verdes, malhumorada.

Absolutamente no tenían tiempo para lidiar con mierdas como esas.

– ¿Chiflada?.– repitió la anciana casi en un grito.– Niña malcriada, Leonzio se encargó de potenciar en ti ese lado maldito.– suspiró con pesar, mientras acomodaba sus pequeños anteojos.– Si me dejas explicarte entenderás todo, como te lo he dicho.– su mirada se dirigió hacia el muchacho misterioso frente a ellos.– Dom, será mejor que te ausentes por el momento, Arabella todavía no entiende sobre su condición.

– Que sea rápido, bruja.– susurró él cerca de la anciana, pero todos pudieron escucharlo.

¿Qué carajos estaba sucediendo?

– Siéntate, cariño.– indicó las sillas que reposaban a un lado de una mesa circular de madera.

Y aunque lo sentía necesario, ella tomó asiento, y Dante la siguió. No tenían intención de decir algo más hasta que ella aclarara toda la sarta de sandeces que había pronunciado. Iba a intentar escuchar a esa mujer de la cual no sabía ni siquiera su nombre.

– ¿Nunca te preguntaste de dónde venías?. ¿Por qué siempre fuiste diferente?.

Arabella asintió, mirándola con algo parecido a la atención.

– Un día solo tuviste conciencia de tu existencia, y comenzaste a protegerte de todo, de todos, porque a dónde ibas a parar había problemas.– la anciana tomó asiento frente a ellos, miró sus manos apoyadas sobre la mesa antes de seguir hablando.– Porque tu característica antinatural es así, ¿cómo culpar a los pobres mundanos cuando tú los llevas allí?.

– ¿A dónde?.– preguntó ella.

La anciana rió sin gracia, como una burla, como si ambas supiesen de que estaba hablando.

– Al límite, mi niña. Corrompes sus mentes con facilidad. Sin quererlo, ellos se encuentran envueltos en ira, en rabia, con intención de herir. Tu padre te heredó sus particularidades malditas.

– ¿Quién es mi padre?. ¿Era un psicópata?.

– Que hubiera sido un simple psicópata sería una bendición para ti.– la mujer miró con detenimiento las angelicales facciones de Arabella y suspiró.– Esa parte de ti es tan peligrosa que incluso duele que su sangre corra por tus venas, que hayas sido dotada por esa belleza tan impactante y casi divina no es coincidencia.

–¿La sangre de mi padre?.– preguntó ella confundida.

– ¿Has visto la imagen de los Ángeles, lindura?.– preguntó ella, ignorando su pregunta.– Esa belleza innata e incomparable, esa que posees tú, por culpa del arcángel Rafael.

Los ojos de Dante de abrieron, como si le estuvieran contando la cosa más estúpida del mundo.

– ¿El arcángel...

– No es tu padre, los arcángeles no pueden engendrar hijos. Pero tú llevas su sangre, salvadora y divina.

– ¿Cómo es que llevo su sangre?. ¡Esto parece un maldito libro de literatura de lo sobrenatural!.– ella inspiró profundamente antes de volver a perder la paciencia.– ¿Quién es mi padre?, ¿era un psicópata?, ¿qué mal llevaba en su sangre para que yo sea así?.– preguntó ella, se paró de su lugar, inclinando su cuerpo sobre la mesa, cerca de la anciana que la miraba con atención.



Marina Gray

Editado: 17.10.2019

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