Híbrido

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IV

Lussuria
(Lujuria)

Las luces de neon en tonalidades rojizas alumbraban de manera sombría las facciones del joven, él se mantenía en la barra de ese bar de mala muerte tomando un trago fuerte. Su musculosa y perfecta espalda daba hacia la pista de baile, desde donde miradas se clavaban en su cuerpo tallado, en su figura, en sus piernas enfundadas en esos costosos vaqueros de color negro. Sus espectaculares ojos grisáceos parecían un tentador témpano en el cual perderse, los cerró en el momento en el que el filo de su copa rozó con parsimonia sus sensuales y carnosos labios. Tomó el trago de un solo movimiento y dejó el vaso sobre la barra, sintiéndose atraído por la sensación de quemazón que experimentaba en su garganta.

Peinó su pelo sedoso color gris, cuando su flequillo se extendió rebelde por su frente, al hacer eso los músculos de su brazo, con algunos tatuajes, se contrajeron haciendo que esa jovencita lo mirara aún más embelesada, perdida en su belleza infernal. Él lo notó, llevaba un rato observándola de soslayo, respirando el deseo que ella le profesaba con intensidad.

No pudo evitar sonreír, vanagloriado y envuelto en su cínica vanidad. Las comisuras de sus labios se levantaron, revelando la perfecta sonrisa de la lujuria. Su lengua acarició uno de sus colmillos, lentamente. Y giró su cabeza, tan solo un poco, su mirada grisácea conectó con la de la joven que estaba rodeada de amigas, sentadas en los descuidados sillones del bar, mientras en medio de la mesa descansaba un cartel en el que se leía una llamativa frase: "Despedida de soltera". Parecía una burla para el desafortunado novio, ese cartel había determinado que alguien no se casaría luego. La mujer lo miró de manera lasciva, la pobre presa... 
Él se levantó de su asiento, dirigiéndose hacia la pista de baile mientras dirigía otra de sus miradas cargadas de deseo, ella ni siquiera era su tipo, pero quién evitaría un pequeño placer personal. La joven rubia lo siguió de inmediato, con el incentivó de sus amigas que agitaban las copas en el aire, lanzando risas cómplices y cumplidos obscenos mientras ella se acercaba a quien sería su perdición.

- Mí nombre es Francesco.- susurró él en su oído, antes de tomarla por la cintura.

(...)

La seguridad del hotel estaba totalmente a disposición del consumidor, desde los monitores de las cámaras de los pasillos, dispositivos que detectaban el movimiento y el calor, e incluso aparatos capaces de descargar corrientes eléctricas sobre los intrusos. Era en la misma medida derrochador de lujos, con altas columnas de perfecto mármol tallado, y paredes espectacularmente decoradas de color dorado, como el oro.

Sus habitaciones tenían un costo tan elevado, que era obvio que solo ciertas personas podían acceder a ellas. No era extraño que un edificio así se alzara en la ciudad del vicio y la perdición. El ángel había propuesto que un hombre como el hijo de Asmodeo solo podía permanecer por mucho tiempo en la cuna de los pecados, donde tanto Stefano, como él mismo intuían de manera permanente su presencia.

- La ciudad es enorme, ¿de qué manera vamos a encontrarlo aquí?.- preguntó Arabella.

- Será peligroso para Arabella permanecer demasiado tiempo en este lugar, algunos mafiosos vienen aquí justamente por las características del hotel.- expresó Dante con neutralidad, de nuevo manteniendo una distancia prudencial de ella.

Arabella se sentía algo nerviosa de tener que compartir una habitación con Dante por lo que restaba de la semana, más no habría sido diferente de las veces que él se dormía en el sillón de su habitación en la mansión cuando ella había intentado de maneras infructuosas escapar. La joven de ojos ámbar miró de soslayo el perfecto perfil de Salvatore, la manera en que su semblante serio se había vuelto igual de espeluznante que el de Stefano, recordando esa parte rebelde de su adolescencia en la que no entendía a su padre el hecho de mantenerla presa de esas paredes. Ahora podía hacerlo.

- No estaremos aquí más de tres días. Cuando utilicemos el anzuelo y la carnada, él simplemente vendrá hacia nosotros.- expresó Dom con inocencia, como si lo que estuviera planeando su angelical cabecita no fuera tan malo.

Los cuatro jóvenes tomaron el ascensor, pero se dispersaron por el pasillo en habitaciones separadas, excepto por Arabella y Dante, quienes compartirían un cuarto por seguridad. Apenas llegaron a la habitación una asistente salió de ella, avisándole que había dejado un par de bolsas con prendas que uno de sus acompañantes había encargado para ella y para el joven.

Cuatro elegantes bolsas de compra descansaban sobre la cama de Arabella, quien se acercó hacia ellas con curiosidad, Dante solo observó de costado, mientras se sentaba sobre su cama y hurgó con desgano las suyas.

Una de las bolsas contenía lo que reconoció como la tela de un elegante y atrevido vestido de color vino tinto, descubrió en otra de las bolsas unos zapatos de infarto, que no eran demasiado altos, para su suerte, pero sí lo más precioso y seguramente caro que ella había poseído alguna vez. En la tercera descubrió un par de hipnotizantes dagas con empuñaduras pequeñas, justas para sus manos. Y en la cuarta y última...



Marina Gray

Editado: 17.10.2019

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