Hija de la Oscuridad #1

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Capítulo 11

Sus recuerdos por fin estaban completos. Ahí, donde debieron estar siempre. Cada momento, imagen que su mente le presentaba, era, de alguna manera dolorosa, sobre todo la muerte de su madre Ayleen Morgan, a quién había amado tanto, la mujer que dio su vida para proteger a su familia a pesar de las circunstancias. Ella hizo lo que pudo y aún así la olvidó por un largo tiempo. Ni siquiera pudo evitarlo.

Se odió a sí misma.

Y aquella ciudad incinerada por sus propias manos, hace años.

Por lo que su hermano le contó después de haber finalizado el ritual y cuando todos estaban relajados, ella era la heredera del clan de brujas Morgan por derecho real.

Sus padres habían sido los gobernantes del Reino de Ederythia. ¿Dónde estaba su padre? No lo sabían.

La sala le parecía realmente grande, después de una extraña conversación con su hermano, más bien, de tratar de comprender sus acciones, se quedó a solas frente a la cálida chimenea, envuelta todavía con el abrigo de Ethan. Y él, él era un amigo de su infancia, ¿cómo es que ahora le resultaba tan odiosa? A pesar de haberla ayudado, seguía mirándola con cierta frialdad.

–Perdóname si no te lo dije antes – Bridget interrumpió sus pensamientos –. Papá me contó sobre la abuela Bridget, es una bruja después de todo, y según sus instrucciones, esto no tendría que haber pasado. Supongo que no estaba en sus cálculos tu muerte si te seguías quedando aquí.

–¿Cuándo te enteraste de todo esto? ¿Dónde está ella? – eran tantas preguntas para responder que no sabía como empezar, y tampoco es que supiera todo – Ella debe saber dónde se encuentra papá.

–Me enteré hace algunos años, exactamente el día que llegaste.

–Yo no sé si lo extraño – se abrazó a sí misma –, viví solo una porción de mi niñez en ese lugar, y me siento insegura al volver. Quiero creer que puedo hacerlo.

–Es tu hogar, debes elegir si quieres regresar. No lo hagas porque te sientes obligada, sino porque en realidad es lo que quieres.

Ni siquiera estaba segura. Todo dependía de su decisión.

En el transcurso de la mañana su mente siguió debatiéndose sin descanso, tal cual batalla. Las cuatro tazas de té que bebió solo empeoraron más las cosas, a tal punto que sus brazos terminaron arañados y con una pequeña cantidad de oscuridad en las puntas de sus dedos, que poco a poco reptaba como si tuviera vida propia. Al parecer así era. Sobre todo, en ese momento en que se mostró ansiosa. La clave era relajarse. Dio varias bocanadas de aire y logró ocultar su magia. Al fin, ya estaba empezando a preocuparse. No quería sentir nuevamente aquella necesidad asesina. Cada vez que se dejara llevar por sus emociones, es probable que eso pudiese ocurrir. Porque, aquella negrura la cegaba por completo, todos sus sentidos.

 

***

Después de beber en un bar de mala muerte, con olor excesivo a sudor y a mujeres baratas por todos los rincones, Ethan Black decidió vagar por las calles de la ciudad, sin ningún rumbo especifico. No quería volver a casa, una casa vacía sin su amada Katherine, y aquella chica tonta ni siquiera tuvo la dignidad de mencionarla. ¿Qué caso tenía seguir ayudándola? Tampoco es que él fuera uno de sus subordinados, ni de su linaje. Abandonó su propia herencia por seguir a una mujer que se marchó sin consultárselo. Volver al reino significaba quedarse con Alice, atarse a su magia devastadora, incluso más que la suya. Quedarse en un mundo rodeado de mortales era una muerte segura, sus propios poderes iban a desaparecer. Que más daba, después pensaría en un plan.

La nieve seguía cayendo, cubriéndolo todo a su paso. A pesar del frío, los simples humanos disfrutaban de un paseo con sus parejas, o bien algún local de artículos.

Se detuvo de golpe.

No podía creerlo.

Una lágrima cayó de su ojo izquierdo.

Una chica con un aroma parecido al de Katherine, y a la vez era diferente, salía de una tienda con una bolsa en sus brazos. Se acomodó su abrigo de terciopelo y su cabello negro para seguir con su recorrido.

Iba a perderla de nuevo.

Necesitaba tenerla cerca y comprobar si en realidad era ella o sólo se estaba engañando por el alcohol.

Ni siquiera se había dado cuenta de que la seguía. Observaba todos sus pasos, cada movimiento.

–¡Katherine! – finalmente la llamó – Dime que eres tú – se podía observar su propio aliento. La chica se detuvo por un segundo.



Andrea L. Grey

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En el texto hay: romance, magia, sobrenatural

Editado: 05.07.2019

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