Hija De Una Mafiosa © [#2 Mortem]

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Capítulo 20.

ARIADNA.

Observo fijamente el techo de mi habitación, enfocándome en los colores extraños que mi hermano en el pasado pintó para mí, y que sin darme cuenta me ayudó más de lo que él o yo creía.

De reojo alcanzo a ver algunos rayos de luz, casi a la fuerza, colarse en mi habitación. Sin embargo, puedo notar que esta mañana será igual de nublada que ayer. Algo que en otro momento me fascinaría por el hecho de quedarme por más tiempo en la cama, con ambos ventanales abiertos en par dejando que la brisa semi fría y con el aroma floral del jardín danzando en ella, entrara a mi habitación. Pero... ése clima —que en verdad me fascinaba— en este momento lo odio desde lo más profundo de mi corazón. Dejando escapar un profundo suspiro, que de alguna manera refleja mi bajo estado de ánimo, vuelvo a fijar la mirada en el techo de mi habitación; tratando de mantener todavía mi mente en blanco. Algo que a base de una gran fuerza de voluntad conseguí volverme bastante habilidosa desde ayer, que puedo afirmar fue el peor día de mi vida.

El dolor de mi cuerpo, no se compara con el sufrimiento que mi propia mente me hizo pasar. No importa las veces que cerré mis ojos con la ilusión de que una vez despertara todo iba a ser olvidado y superado. Ilusa. Mil veces ilusa. Porque el silencio y la oscuridad de mi habitación a la que estaba tan acostumbrada de pronto empezaron a parecerme horribles. Un miedo y una culpa que nunca había esperado sentir, acompañaban a las pesadillas que mi propia mente creaba con el único fin de hacerme perder la cordura. Y realmente, por un instante creí perderla.

Kenya ya me había advertido que algo así podía suceder, incluso me aconsejó que hablara con mi madre. Pero no quería ayuda de nadie, porque no creí que fuera gran cosa y que podía manejarlo por mí misma. Sólo necesité unas dos horas, que fue lo que conseguí dormir, para darme cuenta lo equivocada que estaba. Creo que en alguna hora de la tarde, estaba ya tan cansada, con el cuerpo tan débil y mi mente sin energía para seguir con las pesadillas; que caí en un profundo sueño. De hecho, no tengo mucho de haber despertado, pero fue tal infierno que siento ansiedad sólo de pensar en volver a experimentarlo.

—Maldita sea... —mi maldición perturba por un momento ese pesado silencio que cubre cada centimetro de mi enorme habitación. Cierro mis ojos y otro  inevitable suspiro escapa de mis labios.

Realmente me gustaría quedarme en este estado de completa relajación, con la mente despejada, como si no tuviera nada de qué preocuparme. Pero lamentablemente no puedo, y además, tengo que ir a la Universidad. Ya falté la semana pasada, por lo que no puedo tomarme otra y no quiero que piensen que porque asisto a una Universidad privada —además de ser una Kirchner— tengo la carrera ganada. No, nunca he sido conformista con mi educación y no empezaré ahora. Así que, con ese pensamiento en mente abro los ojos y busco fuerzas para levantarme.

Desganada camino hasta el cuarto de baño, donde una vez hecha mis necesidades procedo a desnudarme, dejando la ropa sucia en un canasto. Deslizo las puertas de vidrio de la ducha y sin ninguna vacilación enciendo la llave de agua fría. Todo mi cuerpo se estremece y ahogo un grito, pero... ¡Dios, cómo lo necesitaba! Para cuando salí de la ducha me sentía muchísimo mejor. Envuelvo mi cabello y mi cuerpo en una toalla, salgo del cuarto de baño y camino hasta llegar a mi armario, donde escojo primero ropa interior y luego lo demás: que es un simple pantalón de mezclilla entallado, una camisa crop top blanca de mangas cortas y con letras negras en el frente. Y por último unos timberland clásicos. Como no tengo la necesidad de pasar otra cosa que no sea el peine y la secadora por mi cabello, con unos diez o quince minutos ya se encontraba seco y lacio, con un tenue aroma a vainilla. Aplico un maquillaje bastante sencillo a mi rostro y para terminar escojo unas bonitas argollas delgadas de oro no tan grandes y un carísimo reloj de cuero con detalles —también— en oro que me había regalado papá el año pasado. 

Antes de salir de mi habitación tomo una chaqueta de cuero negra y mi bolso.

Creo que todavía es muy temprano —murmuro para mí misma mientras le doy una rápida mirada a la hora en mi celular.

La miraría en mi reloj de muñeca, pero los números no se ven. Como accesorio es bellísimo, pero como un objeto práctico no lo es tanto. Me encojo de hombros, con una ligera sonrisa jugando en las comisuras de mis labios y empiezo a caminar por el pasillo, pero me detengo al ver las puertas dobles del despacho de papá semi abiertas y una muy ligera luz saliendo de él.

—¿Papá?

Empujo una de las puertas, esperando encontrarlo sentado sobre el cómodo sillon de cuero que hay detrás de su escritorio y rodeado de su habitual desorden. Pero para mi mayor sorpresa es mi madre la que se encuentra sentada, inesperadamente con una taza de café en una esquina del escritorio y con una gran cantidad de documentos —muy ordenados, cabe mencionar— en frente de ella.

—¿Mamá? —frunzo el entrecejo confundida—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está papá?



Vane Suárez

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En el texto hay: drogas narcotraficantes mafiosos

Editado: 05.09.2019

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