Historias Sagradas Contadas Por Un Pecador

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La segunda caída (Génesis 1-3)

 

…y cayó en la oscuridad, y las aguas bañaban la deformidad de la existencia. La caída con la que su destino tropezó, le pareció infinita. Con el tiempo, su existencia se acostumbró a habitar en ese descenso eterno hacia el futuro.

Hubo un momento en ese largo tiempo, en el que escuchó una voz e inmediatamente, la luz. Parte de su ignorancia se disipó, aunque, su única deducción fue que: seguía cayendo. Cayendo y sin final. La luz, sin embargo, fue moviéndose con prisa y se instaló al ladito de algodones de nubes que se formaron en lo alto; y un sol, repleto de luz, brilló iluminándole la cara. Le sorprendió la belleza de lo que veía; al fin un poco de luz entre tanta oscuridad.

Miró hacia abajo y pudo ver un inmenso mar, se maravilló de aquel paisaje. La caída continuaba, él sabía que en algún momento de su existencia el viaje perpendicular acabaría. Ese era su destino.

De repente, la tierra emergió de entre las aguas y las olas adornaron las costas. No terminó de saciar su fascinación, cuando desde las profundidades de aquel suelo emergieron árboles y plantas. Observó por primera vez la vida y aquel milagro llenó su simple existencia. Su confinamiento era evidente..

Por primera vez, el sol se fue apagando en el horizonte dejando un remanente de polvo luminoso que adornó los cielos. Las nubes se disiparon un poco y dejaron a la vista una luna llena que lo hipnotizó. La tenuidad azulada cubrió la superficie de La Tierra, él tuvo la sensación de estar observando otro sitio, otro mundo totalmente distinto al anterior, pero equivalente en majestuosidad. La paz de la brisa nocturna lo acunó en sus brazos y descansó.

La mañana lo despertó, y para sorpresa de nadie, seguía cayendo. Dio un último vistazo a su alrededor y su cielo de barro se había extendido. Un enorme ser alado le dio los buenos días con un canto singular y él le devolvió el saludo con un gesto amigable. Contempló al ave hasta que este se perdió en la vegetación. El sol estaba en lo alto y la caída por llegar a su fin.

Y como un rayo, un viento enorme se incrustó en el suelo. Lo había logrado, había llegado. Otra caída había comenzado y él al fin estaba vivo.  

Se sorprendió al abrir los ojos por primera vez. Una lágrima que estrenó su mejilla, arrastró a otras que se arrojaron al suelo. Él se emocionó, era parte del milagro. Las flores lo recibieron con un dulce aroma y cada rincón de su ser fue sacudido con diferentes experiencias.

El tiempo que siguió, él sólo caminó. Caminó sin rumbo, todos los caminos eran los correctos. Cada lugar era nuevo y bello. Vio animales enormes y pequeños. A todos les puso nombre. Ayudó a todo ser viviente y a cambio recibió el privilegio de estar en primera fila ante el espectáculo único de la naturaleza. Al principio, cada experiencia lo fascinó. Esperaba con ansias a que comience un nuevo día para poder descubrir el mundo, nuevos y diferentes aromas, colores, sensaciones y sabores.

Sin embargo, hubo un día en el que sintió mucha hambre y poca dicha. Encontró un árbol nuevo lleno de frutos que nunca había probado. Tomó un fruto y al comprobar que su sabor era bueno, decidió llevarse tres frutos más a su lugar favorito. Ese lugar era un pequeño lago azul de aguas cristalinas, rodeado de hermosos árboles frutales y un árbol enorme que destacaba del resto por sus enormes proporciones.

Cuando llegó a aquel lugar, se sentó en la orilla del lago, en una barranca alta a la sombra del gigantesco árbol. Y mientras comía, comenzó a repasar sus distintas experiencias. Entre tantas anécdotas que guardaba, recordó una en particular: la vez que descubrió a un animal extraño que salió de debajo de una piedra y del gran susto mutuo que se llevaron al verse cara a cara. Expulsó una fuerte carcajada que se le fue apagando, el gesto alegre mutó en un gesto lánguido angustioso de soledad y su deseo de poder compartir aquellas experiencias con alguien más, lo traicionó. Pensó en los animales, en como ellos tenían a un compañero con quien compartir vivencias y él no. Dejó de comer, ya no tuvo apetito.

Abandono los frutos en el suelo y con el corazón cargado de angustia, buscando un poco de consuelo, se dispuso a dar un paseo por la orilla baja del espejado lago. Humedeció sus pasos por la costa y fue recogiendo piedritas de colores, para distraerse, quizá buscando alguna respuesta.

Respuesta que no tardaría en encontrar. A unos metros, en el agua, frente a él, observó algo extrañamente familiar. Era su reflejo. Por primera vez, se vio a si mismo completamente reflejado ante sus ojos, cara a cara. De inmediato y como si una daga le atravesara el corazón, su angustia desapareció y su ser estuvo completo. Supo que jamás se sentiría solo.

Y al recibir aquella revelación que disipó su desamparo, se volvió a sentir como un niño que jugaba a estar vivo. Creyó comprender, entonces, la sensación que tienen las mariposas; la de volar inmerso en una atmosfera saturada de lirios; la de naufragar por las correntadas aromáticas que desprenden las flores del campo.



Ramiro Güntz

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En el texto hay: escrituras, puntodevista, interpretacion

Editado: 06.09.2019

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