Hombres de luna azul

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Capítulo 2

Despertarte temblando, las mejillas húmedas y asustada de ti misma era algo que me hacía saber que había llegado a mi límite. Tenía que comenzar a buscar ayuda, las heridas abiertas en mis brazos, la sangre en mis sábanas y debajo de mis uñas eran un claro signo de eso.

Intenté levantarme, con las piernas temblorosas y el corazón en la mano. Caminé hasta el baño, y me metí debajo de la ducha sin importarme cuan fría estaba el agua. Debía quitar la sangre de mi cuerpo y tenía que despejar mi mente de la pesadilla más vívida que cualquier otra que hubiera tenido. Mis sueños solían ser la repetición de lo ocurrido, cambiando solo un poco las cosas de la realidad, pero nunca habían sido tan crueles y feas como la última.

Me había visto a mí, tanto como protagonista como espectadora de mi sueño. Había presenciado como me encontraba con un chico, un hombre alto y de cabellos oscuros que luego se convertiría en un lobo que me atacaría, hasta dejarme desangrada en el piso de mi antigua casa.

Cerré los ojos, metiendo mi cabeza bajo el helado chorro del agua, intentando desaparecer los fragmentos del sueño. Estuve metida allí por un buen rato, hasta que podía decir que estaba un poco más calmada. No fue fácil tranquilizarme.

Las pastillas que había comprado Alice por mí habían servido: Me habían hecho dormir con prontitud, pero lamentablemente no me habían dado la noche de descanso que necesitaba.

Agradecía que mis padres llegaran esa misma semana, posiblemente el día después a ese. Siempre lograba descansar un poco más cuando ellos estaban, cuando me sentía protegida.

Cambié las sábanas y me metí dentro de la cama de nuevo, solo que en ese momento no me quedé dormida. Acostada en mi cama vi como salían los primeros rayos de sol y escuchaba como poco a poco se apagaban los sonidos que la noche traía consigo hasta que todo estuvo en completo silencio.

Mi hogar estaba alejado del centro del pueblo. A mis padres les gustaba la soledad y tranquilidad, por lo que consiguieron una casa alejada de todo y de todos cuando se casaron.

Me preparé e hice mi rutina habitual, dejando pasar el día tan monótonamente como siempre. Agradecía que las vacaciones estuvieran a punto de terminar y que mi rutina de vacaciones se viera interrumpida por los deberes y las clases.

Me volvería loca encerrada en mi casa.

Mis padres volvieron el domingo de esa semana, a siete días de que las vacaciones acabaran. La noche del domingo me encontraba sentada en el tejado al que daba mi ventana, con un té en mis manos, dándome un poco de calor. Me había despertado por un sueño levemente feo, no tanto como mis anteriores pesadillas, pero sí lo suficiente para despertarme y hacerme levantar de la cama por miedo a seguir soñando.

Era consciente de que vivir así no era llevar una buena vida, y estaba decidida a acabar con aquello.

Mi madre había planeado un día de chicas, a pesar de las quejas de mi padre por no incluirlo a él para pasar el tiempo. Luego pasaría solo tiempo con él, dejando que me mimara tal como lo hacía cuando era pequeña.

Giré un poco la taza entre mis manos, observando como la luz de la luna llena se metía entre las copas de los altos árboles, en su mayoría pinos, del bosquecillo frente a mi casa. Todo se sentía tan tranquilo, y no podía evitar pensar en los días en los que me quedaba despierta hasta tarde, estando alerta por su mi hermana se despertaba o por si mis padres entraban a mi habitación a ver si ya dormía.

Era de madrugada, así que en cuanto terminé con el té que me había preparado minutos antes, me metí de nuevo debajo de las sábanas. No esperaba quedarme dormida, pero lo hice a los pocos minutos de estar allí y de haber entrado en calor luego de haber recibido el frío de la noche. Fue mi madre quien me despertó horas después, cuando ya sentía mi piel húmeda y caliente, cuando ya sentía que estaba a punto de despertar porque, de nuevo, una pesadilla no me dejaba en paz.

Los últimos días las pesadillas habían sido un poco más fuertes, y, al parecer, no lograría descasar un poco más con padres allí como lo tenía previsto.

—Abril, tranquila. Era solo una pesadilla. —La dulce voz de mi madre hizo que me fuera calmando mientras me arrullaba en sus brazos. Escuché que mi padre hablaba antes de salir de la habitación, pero no le presté mucha atención. Tenía los ojos cerrados, inhalando el olor dulzón de mi madre.

—Tómate esto, Abril —dijo mi padre, volviendo a la habitación. Me separé de mi madre para recibir lo que me tendía. Era agua.

—Gracias, papá —al saber que alguno diría algo sobre mi sueño, cambié de tema: — ¿A qué hora nos iremos?

Mi madre me miró, dudosa. Sé que ellos habían notado el deplorable estado en el que estaba, y les agradecía que no me obligaran a decir lo que sucedía. Al irse, hacía aproximadamente un mes, había tenido un mal aspecto, pero casi nada comparado a como estaba.

—Arréglate, no iremos luego de desayunar. —Sonrió y palmeó mi pierna. Le hizo una seña a mi padre para que saliera junto con ella de la habitación y me dejara hacer mis cosas.



Catalina U. Ugarte

Editado: 05.12.2018

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