Hombres de luna azul

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Capítulo 9

Miré de mala manera a Alan. Su sonrisa en ese momento me parecía irritante al ver que disfrutaba de mi malhumor.

Metí otro macarrón a mi boca, masticándolo sin muchas ganas. Yo solo había querido un café y una magdalena, pero acompañante decidió que un gran plato de macarrones con queso era una mejor idea. Y no quería decir que mi comida supiera mal, porque estaba muy rica, de hecho, pero yo ya había almorzado y solía comer relativamente poco, por lo que sentía que en mi estómago no había ni un bocado más.

—Sabes que te están gustando, no me mires así —dijo casi tímidamente, manteniendo su sonrisa y entornando sus ojos, intentando imitarme.

—No te miro de ninguna manera, Alan. ¿O acaso te sientes culpable por no darme mi magdalena y por engañarme? —pregunté, llevando otro macarrón a mis labios a la vez que no quitaba mis ojos de su rostro. Alcé mi ceja, y sus comillitas salieron a la vista.

—No creo que me sienta culpable por eso, pero siempre puedo comprarte algunas magdalenas para que comas en el camino o en tu casa.

Masqué lentamente mientras lo miraba. Tenía la intensión de causarle algo, incomodidad o hacerlo sentir un poco mal por hacerme comer cuando ya no cabía nada más en mi estómago. Sin embargo, eso claramente no estaba sucediendo.

Lo miré por unos segundos más antes de suspirar y bajar la mirada a los macarrones. Solo llevaba y la mitad de mi plato.

—Bien, supongo que puedo aceptar eso —dije, llevando mis manos al dobladillo de su suéter para devolvérselo antes de que lo volviera a olvidar.

Pero un gruñido me detuvo.

Fruncí los labios, bajando el dobladillo hasta el lugar donde debería estar para mirar fijamente a Alan.

¿Había sido él el que había gruñido? Porque aquel sonido se asemejaba más a uno animal que a un gruñido humano.

—No te la quites, aun hace frío.

No respondí, solo lo observé, esperando que volviera a gruñir como lo había hecho. Pero me sostuvo la mirada, sin hacer absolutamente nada.

—No quiero quedármela como casi lo hago con la chaqueta —dije. Hizo un movimiento con su mano, restándole importancia, antes de cruzarse de brazos sobre la mesa.

Lo analicé, pensando en una manera de hacerlo enojar para comprobar que no había imagino lo anterior.  Necesitaba saber que mi mente no había vuelto a jugar conmigo.

—¿Ahora qué estás pensando? —preguntó, llamando mi atención a la vez que apretaba un poco mi muñeca para que lo mirara.

—¿No se te ocurre que si quisiera que supieras lo que pienso ya te lo habría dicho?

La manera en la que dije aquello no fue la mejor, lo admitía, pero casi siempre, desde hacía dos años, me encontraba a la defensiva.

Un suspiro salió de entre sus labios al tiempo que su entrecejo de fruncía.

—Termina de comer.

—Alan —me quejé como niña pequeña —, realmente no puedo comer un bocado más.

—No has comido casi nada, Abril, come un poco más, estás muy delgada.

—No es mi culpa tener estómago del mismo tamaño que el estómago de un pajarito —refunfuñé tomando otros pocos macarrones con el tenedor —, tampoco es mi culpa no poder dormir bien —susurré, esperando que no escuchara lo último.

—¿Por qué no duermes bien? —preguntó, apretando de nuevo mi muñeca para llevar m atención de mis manos hacia su rostro.

No podía decirle. Él sabía que tenía pesadillas, y que estaba involucrado en ellas en muchas ocasiones, pero no sabía el daño que me haría a mí misma decirlo en voz alta.

—La única respuesta que te daré es que aquello lo considero mucho más privado que decir el día en que perdí la virginidad.

Se ahogó con su bebida.

Aquel momento se me hizo… cliché; que justo le dijera algo que lo hiciera botar su bebida.

Pero luego caí en cuenta de lo que dije.

«¡Demonios!»

—¿No eres virgen? —preguntó con voz ahogada, intentando sacar todavía su bebida de sus pulmones.

Mis mejillas se tornaron rojas, pude sentir como el calor se filtraba por mi piel gracias a la vergüenza.

—¡Eso no se pregunta de esa forma, Alan!

—Me lo acabas de decir muy casual. —Respiré profundo. Quería calmar mi corazón que latía avergonzado en mi pecho por mis palabras.

—¿Crees que yo andaría diciéndole eso a cualquiera si fuera cierto? —respondí. Sentía mis ojos más húmedos de lo normal por el calor que sentía gracias a la turbación del momento.

Luego de eso ambos nos quedamos en silencio, yo intentando que el sonrojo pasara y él… pensando, o eso suponía.

—¿Realmente lo eres?

Me molestó un poco que lo preguntara. De igual forma, aquello no era su asunto, así que no sabía porqué parecía tan preocupado por eso.



Catalina U. Ugarte

Editado: 05.12.2018

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