Hombres de luna azul

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 12

Suspiré, sintiendo cómo mis labios casi se movían para formar un puchero.

Guardé el libro con un poco de fuerza, mirando de reojo a Alan que se mostraba serio mientras guardaba sus libros.

Volví a suspirar, pensando en lo ocurrido la tarde anterior.

Sabía que debía resultar exasperante para él, y, por la manera en la que dejó mi casa la tarde anterior, casi podía asegurar que estaba llegando a su límite conmigo.

Pero ya no quería que lo hiciera.

No pude evitarlo. No pude evitar comportarme, de nuevo, de una mala manera con él al llegar a mi casa de la cafetería. Luego de ver que la herida no estaba en su hombro me puse un poco sensible, a pesar de que intenté ignorar todo aquello, algo que claramente no pude hacer. Me puse a la defensiva, y aquello salió jugando en mi contra cuando Alan tomó sus cosas y salió de mi casa, hecho una furia después de otra discusión.

Escuché las risotadas de unos chicos que se encontraban cerca a mi casillero. Podía apostar que eran del equipo de futbol americano por todo el desorden que causaban desde primeras horas de la mañana. Pasé mis ojos de Alan hacia ellos, que, como había predicho, sí eran del equipo y se pasaban su balón unos a otros, a pesar de que aquello estaba prohibido dentro de los edificios.

Saqué el último libro, el de cálculo, mientras le daba otra mirada a Alan.

Fue mala idea hacerlo, debí mantener mis ojos en los chicos, y así hubiera evitado que el balón me pegara en la cabeza mientras cerraba la puertecilla de mi casillero.

Los sonidos se apagaron a mi alrededor para ser reemplazados por un pitido estresante cuando mi cabeza se pegó contra el metal del casillero y sentí el balón pegar contra mi cráneo.

Cuando el pitido pasó, pude sentir una mano que sostenía la mía. Abrí los ojos, aún aturdida, para mirar a Alan, a pesar de que no veía del todo bien por el golpe.

—¿Estás bien? —preguntó, y lo que escuché y vi en él fue el incentivo que necesitaba para dejar de lado todo aquello que no le permitía acercase a mí: preocupación en su más pura esencia.

—Sí, solo… —dije, volteándome para dar un paso al frente, aparentando que todo estaba bien, cuando claramente no lo estaba.

No pude ni siquiera apoyar mi pie en el suelo cuando mis ojos se nublaron y mi cuerpo cayó laxo en los brazos de Alan, quien al instante me tomó, soltando un improperio al aire.

Eso fue lo último que oí antes de escuchar solo silencio.

Tiempo después pude ser consciente de mí misma, mientras mis sentidos comenzaban a hacer acto de presencia.

Me dolía la cabeza, y me encontraba confundida del lugar donde estaba.

Nunca había estado en la enfermería del instituto, pero supuse que me encontraba allí luego de fijarme en las cosas de la habitación y fuera de la ventana, en donde se podían notar lo otros edificios que componían nuestro lugar de clases.

Me senté en la cama que habían dispuesto en la habitación, respirando hondo, intentando que el dolor y el aturdimiento que aún quedaba en mi cuerpo pasara.

—Veo que ya despertaste. Fue un golpe duro el que te dieron allá fuera. —Me asusté al escuchar la voz femenina salir de una habitación añadida a esa —¿Preparada para ir a casa? —me preguntó. Busqué por toda la habitación hasta encontrar el reloj a un lado de la puerta.

Se suponía que aún terminaban las clases. De hecho, ni siquiera sonaba la campana para el almuerzo.

—Pero aún no es hora de la salida.

—Oh querida, no creo que puedas soportar el resto de tu día con migraña —dijo, y en ese justo momento tres golpecitos sonaron en la puerta. Miré a Alan que se encontraba allí parado, con mi mochila en su hombro —. Y ya ha llegado tu transporte.

Miré a Alan, pero no recibí la sonrisa que siempre me daba. No era estúpida, sabía que seguía enojado por lo de la tarde anterior.

—Vamos —dijo Alan haciendo una seña hacia la puerta. Me paré y caminé hacia él. De inmediato me sostuvo, poniendo su brazo alrededor de mi cintura.

—Muchas gracias —le dije a la enfermera, sintiéndome un poco incómoda al saber que el brazo de Alan rodeaba mi cintura.

—Es mi trabajo. Ahora vete tranquila y descansa un poco, pareces cansada.

Traté de que mis mejillas no se sonrojaran por sus palabras y le sonreí. Sabía que lo último lo había dicho por mi cara pálida y ojerosa.

Mi cintura fue apretada en señal de que comenzara a caminar. Lo hice, despacio, pero al menos avanzaba. Y tenía la seguridad de que no me iba a caer gracias al apoyo que estaba siendo el brazo de Alan.

Cuando llegamos a su auto me hizo subir con cuidado y él mismo me abrochó el cinturón como si, en vez de solo haberme golpeado, estuviera inválida.

Momentos después su puerta se cerró y el auto se puso en marcha hasta la portería dónde él tuvo que mostrar su credencial.

No hablamos hasta después de unos minutos, hasta que decidí ponerle fin al incómodo silencio.



Catalina U. Ugarte

Editado: 05.12.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar