Huesped Gatuno

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Capítulo 2

              Me costó despertar, ya que me dolía el cuerpo entero, como si hubiera sido pasado por un reductor de chatarra. Me sentía como comprimido. La sensación duró sólo unas horas, porque después mi cuerpo pasó a sentirse sumamente liviano y flexible, era como si mi esqueleto entero hubiera sido remplazado por un manojo de elásticos.  

              Abrí mis ojos y me sentí mareado al no reconocer donde me encontraba, pues estaba todo oscuro y había algo que estaba haciendo presión sobre mi cuerpo. Comencé a arrastrarme hasta que logré salir de lo que fuera eso que estaba sobre mi cuerpo, lo observé con curiosidad, al parecer eran unas sábanas o algo así. ¿Quién me había tapado con ellas?

              Miré hacía arriba y me encontré con la estatua de Bocanegra. No recordaba que la estatua fuera tan grande y alta… la recordaba más pequeña. Si mal no recuerdo me llegaba casi a los hombros. Tengo que dejar de tomar, definitivamente estaba comenzando a tener las alucinaciones de una persona con cirrosis avanzada.

              — ¡¿Qué diablos es eso?! — grité cuando encontré frente a mí un enorme gato naranja que me miraba con algo de interés, pero eso no fue lo único que me extrañó, mis palabras no salieron como deberían.

              Miré al gato con algo de miedo. ¿De dónde se había escapado este experimento de laboratorio? ¡Era gigante! ¡Casi de mi estatura!

              Pero había otra cosa que debía comprobar.

              — Hola — dije y de mi boca no salió un “Hola”, sino un maullido.

              ¡¿Qué carajos?!

              ¡¿Qué estaba sucediendo?!

              — ¿Quién eres tú? — le dije al gato gigante y de mi boca volvió a salir un maullido, pero esta vez uno más amenazador.  

              El gato gigante, al ver que me estaba comportando algo extraño, pareció preferir dejarme sólo y yo lo agradecí internamente.  

              Me llevé mis manos a mi rostro en un gesto desesperado.

              — Auch — me quejé cuando al tocar mi rostro sentí dolor. Fue entonces cuando miré mis propias manos, y donde debería haber dedos y piel blanca, había garras y una capa de pelo que me cubría todo el brazo.  

              Miré de vuelta las sábanas que antes me tapaban y me di cuenta que no eran sábanas, sino la ropa que traía el día anterior.

Entonces me di cuenta que la estatua de Bocanegra no se había agrandado, sino que el que se había empequeñecido era yo.    



Cynthia Soriano

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En el texto hay: comedia, gato, drama

Editado: 30.09.2019

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