Huesped Gatuno

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Capítulo 14

Sólo tardamos unas horas en volver a casa. Cuando el veterinario le aseguró a Natacha que yo ya no corría peligro, me volvió a meter en esa jaula y me trajo de vuelta. Esta vez no me resistí, me dejé tomar por sus manos y meter dentro, pues no tenía razón para hacerlo ya que no se pudo llevar a cabo la operación y pude conservar mis bolas.

Era un hombre feliz.   

Mejor dicho: un hombre-gato feliz.

Después de mi casi muerte, Natacha cambió bastante, no sabría decir si fue porque se sentía culpable por llevarme al veterinario, lugar donde casi estiro la pata, o porque, al pasar los días, iba encariñándose más conmigo.  

En cambio, yo me sentía bastante ofendido, e incluso podría decir que me aproveché de mi situación como víctima.  

Los primeros días después de mi casi operación, me resistí rotundamente a comer el alimento de gatos, pues, ya no vivía en la calle y, después de pasar por una experiencia cercana a la muerte, me sentía en todo el derecho de exigir comida de mayor calidad, y ya no sólo pequeñas migajas de consuelo. ¡Quería que mi alimentación consistiera integra y únicamente de alimento humano!

Natacha no tardó mucho en entender lo que quería, pues era simple, rechazaba el alimento de lata y rogaba cada vez que la veía comer algo humano. Sé que jugué sucio. Cuando ella se resistía, me acercaba y actuaba como un gato enfermo, maullaba de manera lastimera y le mostraba los ojos más tristes que pudo ver en su miserable vida. Ella me miraba con verdadero arrepentimiento, como si yo fuera víctima de un trauma por su culpa, y con eso lograba mi cometido. Tengo que admitir que a veces me sentía culpable por manipularla de aquella manera, pero cuando probaba la carne jugosa en mi plato o recordaba que casi me hacen un hombre eunuco, me recordaba que valía la pena y que lo merecía. Esta vez, fue mucho más fácil, sólo necesitaba insistir un poco, y así los premios consuelos que me daba, eran un poco más abundantes y cada vez más seguidos, cada día la veía ceder un poco más, hasta que, después de estar conformándome con las migas de pan que ella me daba las últimas semanas antes de mi casi castración, comenzó a cocinarme a parte, un bife de carne, arroz, fideos, verduras cocidas. ¡Cómo extrañaba comer bien!      

Me hubiese gustado que condimentara mis comidas, pero eso ya era pretender demasiado. Pues, nadie en su sano juicio, pondría sal o pimienta en el plato de un felino.

— Creo que te estás volviendo un consentido — me dijo una vez mientras me peinaba con un peine.  

La miré por el rabillo del ojo.

— Me lo merezco después de lo que me hiciste pasar — le dije con una expresión de mal humor —. Todavía tengo pesadillas en las que despierto castrado — realmente era todo un trauma.    

Los dos estábamos sentados en el sillón. Ella me peinaba mientras miraba un programa de talentos en el televisor por cable. Cómo ella había comenzado a satisfacer mis caprichos, creí que yo también debía ceder un poco y convertirme en una mejor mascota. Pues, como hombre de negocios sé bien que las mejores relaciones laborales se dan cuando lo beneficios son mutuos. Yo me dejaba apapachar por ella y Natacha me premiaba con deliciosos platillos caseros. Fue duro al principio, pero una vez que había probado la dulce caricia del peine sobre mi pescuezo, se había convertido en un ritual que esperaba casi de manera impúdica.

Natacha pasó el peine por la extensión de mi espalda, y las cosquillas me supieron placenteras, al grado de levantar el trasero de manera involuntaria. Incluso ronroneé un poco.

Cuando sentí esa vibración en mi tórax me asusté de mí mismo. Solté un manotazo en dirección al peine para que detuviera su tarea.

Me estaba convirtiendo en un estúpido gato de verdad. Tenía que encontrar la manera de volver a ser humano pronto, si no quería quedarme con este cuerpo para siempre. ¿Por qué tuvo que ser un gato?, el animal que más detesto. Hasta un canario hubiera sido mejor que esto. 

— Ya es suficiente — le dije de mal humor y de mí salieron un par de maullidos breves — No puedo soportar más de esta estupidez por hoy. Odio que me trates como a tu gato.   

Natacha me miró de manera curiosa, seguramente intentando interpretar mi intento de comunicación.

— Ojalá pudiera entender lo que me dices — me dijo mientras me acomodaba un mechón en mal lugar con el cepillo, ignorando totalmente mi negativa a que siguiera peinándome —. Estoy segura que me dirías cosas amables.  

Me quedé de piedra al escuchar sus suposiciones, si en verdad pudiera entender mis palabras, seguramente la heriría.



Cynthia Soriano

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En el texto hay: comedia, gato, drama

Editado: 30.09.2019

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