Huesped Gatuno

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Capítulo 20

— Gracias por prestarme ropa — Natacha sostenía las manos de Moli a modo de agradecimiento.

— No necesitas agradecerme. Lo hago con gusto, tú me ayudaste mucho con mi Perla y mi Rufián.           

— ¿Puedes creerlo? — le pregunté a Rufián, quien estaba sentado junto a mí con su típica cara de gato gánster. Perla yacía a nuestros pies, enroscada como un caracol, estaba en esa posición desde hacía más de media hora. ¡Vaya forma de dormirse una siesta!

Rufián me miró sin decirme nada. Era un buen oyente, nada más.

— ¡Va a tener una cita! ¡Una cita! — dije de manera alterada — Puede tratarse de un estafador o de un terrorista y ella está como si nada, no tiene ni una pizca del sentido de supervivencia. Cómo me gustaría en momentos como este poder hablar…

— Rufián, Perla, hora de irnos — dijo Moli mientras cargaba a sus gatos en brazos —. Natacha, no olvides en contarme como fue. Quiero todos los detalles, incluso los sucios — dijo guiñándole un ojo, y yo la miré con enfado, su comentario me causó repulsión. ¿Cosas sucias? ¿Acaso Moli está loca? ¡Natacha no es así!, ella no la conoce tanto como yo.    

Moli se fue y volvimos a ser sólo nosotros dos.

Natacha se miró frente al espejo, y al igual que ella admiró su reflejo, yo contemplé lo diferente que se veía.

Moli no sólo le había prestado ropa, sino que también la había maquillado y peinado.

Se veía diferente, pero no de una mala manera. Era una versión de ella más sexi que dejaba entrever por los pliegues ajustados de esa blusa blanca sus curvas y atributos. Tenía una cintura delgada y su escote era más sensual de lo legalmente aceptable. ¡Maldición! ¿Qué hombre no podría caer por una mujer así? Y por primera vez entendí mis sentimientos, sentí miedo, miedo a que me la arrebataran. ¿Qué sucedería conmigo si esa relación que recién comenzaba funcionaba? ¿Podría soportar ver a Natacha siendo cariñosa con otro hombre?

¡Maldición! ¿Qué es esto? ¡¿Acaso me enamoré de ella?!... no, no puede ser cierto, debe ser otra cosa.

— Me veo tan diferente — dijo girando sobre sí misma para ver su trasero en el espejo. Llevaba un jean ajustado que despertaba la imaginación de cualquier ojo que la mirara. Mierda.    

— Sigues siendo tú — dije sentándome junto a sus pies calzados por unos zapatos de tacón —, sólo que te ves más sexi. Creo que me gusta más la otra versión de ti — dije mirando hacía arriba —. Esa en la que eres más natural, en la que eres hermosa sin necesidad de usar ropa cara — Natacha ignoró mi maullido y siguió inspeccionándose en el espejo, esta vez estaba centrada en su maquillaje — Me gustas siempre, cuando te levantas con tu pijama de barquitos azules y con el cabello todo enmarañado. Amo cuando sales de la ducha y sólo te cubre una toalla. Me gustas cuando te veo usar tu ropa de casa y esas pantuflas cómodas después que regresas del trabajo. Me siento hipnotizado cada vez que vistes ese feo delantal amarillo para cocinar y mueves la cadera al compás de alguna melodía mental. Te admiro tanto a cada segundo. Eres hermosa a cada momento, no necesitas vestirte para impresionar a un hombre, porque siempre eres preciosa.   

Mierda. Sí lo estaba… estaba locamente enamorado de ella. Ya no tenía sentido seguir engañándome a mí mismo.

En ese momento agradecí internamente que Natacha no pudiera entender mis maullidos. Pues, lo había entendido, estaba enamorado de esa loca y particular mujer, pero no podría ser. Nunca. Yo era un gato y ella una humana. Y si volvía a ser humano, si volvía a ser Erik Fermonsel, debería volver a mi vida de lujos, con una empresa a la cabecera de la economía y una novia que sólo piensa en las apariencias y en cuanto gastar en la próxima cita. Esa era una novia para aquella vida de lujos, una novia de calidad y apellido. Un hombre como yo nunca podría estar al lado de Natacha, una simple chica de barrio. No importaba si era humano o gato, siempre perteneceríamos a mundos distintos.    

— ¡Bien! — exclamó Natacha alejándose del espejo como si este fuera a regañarla por tardar tanto tiempo frente a él — ¡Qué sea lo que Dios quiera! — caminó hasta la mesada y allí recogió sus llaves y su celular, y los metió dentro de una cartera pequeña.

Antes de salir por la puerta de entrada se giró para mirarme.

— ¡Deséame suerte! — me dijo y después cerró la puerta detrás de ella.



Cynthia Soriano

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En el texto hay: comedia, gato, drama

Editado: 30.09.2019

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