Huesped Gatuno

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Capítulo 28

Del otro lado de la puerta escuchamos como Brian aún no se daba por vencido. Sacudía la puerta y la golpeaba con puño y patadas intentando abrirla, pero era imposible. Gritó y amenazó, pero ni así Natacha volvió a abrirle la puerta.

— ¡Ábreme, Natacha! ¡Lo siento!¡Estaba bromeando!¡Prometo que no te haré nada! — decía de manera amable.

— ¡Vete! — le gritó Natacha permaneciendo a unos pasos de distancia de la puerta, que, a pesar de permanecer cerrada, se veía tan frágil ante las patadas y golpes del otro, que parecían que iba a romperla en cualquier momento.

— ¡No lo haré! — su voz ya no sonaba amable, sino que volvió a su anterior tono autoritario y peligroso.

— ¡Vete o llamaré a la policía!

— ¡Eres una maldita desagradecida! ¿Te crees con derecho de rechazarme? ¡Abre ahora y puede que te perdone la vida!

Natacha cumplió su palabra. Llamó a la policía cuando vio que el gusano no tenía intenciones de irse.

Mientras esperábamos a la policía, Natacha no dejó de temblar y llorar. Estuvo cada minuto que pasó con los ojos pegados a la puerta con temor de que pudiera romperla y entrar a matarnos a ambos.

— Lo… siento — me dijo cuando caminé hasta ella y vio de cerca la herida que tenía de costado, todavía sangrante —. Es toda mi culpa. Tuve mucho miedo de perderte.

Me sentía muy mal como para responderle algo, y mucho menos para reaccionar cuando sentí sus labios sobre mi frente.  

La policía tardó más de una hora en llegar, hora que fue una tortura. Brian al principio puso un poco de resistencia, pero al ver que no era lo que más le convenía, se dejó esposar. Natacha vio como se lo llevaban desde la distancia. Brian le gritó algo que sonó como a una amenaza, pero no la alcancé a escuchar, ya que el dolor que sentía en mi cuerpo resonaba como un pitido agudo en el fondo de mi cabeza. 

Me sentía morir.

 Después de que los policías se fueran de nuestra casa, Natacha caminó hasta su habitación y se echó sobre su cama. Cubrió su rostro sobre la almohada intentando ahogar un grito de desesperación. Sus ojos lagrimeaban sin parar y sus manos se aferraban a las sábanas de manera temblorosa.

Yo me miré el costado. Uno de los policías me había desinfectado y vendado la herida, diciéndole a Natacha que por el momento eso serviría, pero que a primera hora de la mañana me llevara a un veterinario para asegurarse que no tuviera ninguna lesión interna. Pues, yo no creía que las fuera a tener, pues, después de la atención del oficial me sentía mejor, dolía como los demonios, pero me podía mover un poco mejor y el dolor ya no era tan agudo como cuando tenía la herida descubierta.  

El sonido del llanto de Natacha inundó la habitación y yo ya no lo resistí, soportando el dolor que me provocaba hacer movimientos muy bruscos, salté sobre la cama y empujé mi rostro contra el brazo de Natacha para llamar su atención. No sabía como hacer para que dejara de llorar.

Sin previo aviso, el brazo de Natacha me rodeó y me atrajo a ella con cuidado, pues estaba siendo cuidadosa por mi herida.  

Ella lloró sobre mi cuello, empapando el pelaje, pero no me importó, no me molestaba tenerla sobre mí de esta manera, no había nada más que pudiera hacer por ella, no podía decirle palabras de aliento, sólo podía permanecer allí con ella, en silencio.

— Fui tan estúpida – no paraba de llorar.

Refregué mi cabeza contra su mejilla cuando giró el rostro sobre la almohada para mirarme.

— Es triste que seas él único hombre en mi vida.

— No necesitas a nadie más — le dije de manera egoísta, pues sabía que no era justo, ella necesitaba mucho más que a un simple gato, pero me sentía fatal de pensar que tuviera que pasar por esto otra vez. Y estúpidamente me sentí que era la única persona que podía tratarla debidamente, justo como merecía ser tratada.  

Y a pesar de que dije eso, en el fondo sabía que no podría ser cierto, y que deseaba, aunque no lo admitiera, que encontrara a alguien que la trate bien de verdad. Que la ame de manera correcta. Que la trate como a lo más valioso en el mundo. Pues no merecía menos que eso.

En ese momento, comprendí que ya no me importaba permanecer como gato por el resto de mi vida, mientras sea estando a su lado, para ver cómo es feliz, y para asegurarme que en verdad lo fuera.  

Esa noche soñé con la estatua de Bocanegra, que me sonreía y me miraba de forma misteriosa, como si estuviera orgulloso de mí. Sí, lo sé, loco, ¿no?, los gatos no sonríen, pero les juro que, en mi sueño, Bocanegra si lo hizo, y, además, no sólo sucedió eso. Me dolió el cuerpo durante toda la noche. Me atacó un dolor insoportable, puede que haya sido por la herida o por algo más, no lo sé, pero a pesar de que era un dolor insoportable, no pude despertar, por más que lo intenté un centenar de veces.  



Cynthia Soriano

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En el texto hay: comedia, gato, drama

Editado: 30.09.2019

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