Huesped Gatuno

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Capítulo 29

Desperté cuando sentí que alguien se movió a mi lado. Cierto, me había quedado dormido en los brazos de Natacha.

Abrí los ojos lentamente, y me di cuenta que algo andaba mal… algo se sentía diferente.

Me sentía más grande y pesado. Levanté los brazos y al mirarlos vi dedos.

Me senté sobre la cama de un sopetón. Me volví a mirar las manos, pero esta vez con más detenimiento. Había piel rosada en lugar de melena atigrada y uñas en vez de garras.

Era… era ¿humano?

¿Qué estaba pasando?, no lo entendía. Tal vez era un sueño, pero esa idea la descarté de inmediato después de intentar pararme. Un tirón de dolor en mi costado me detuvo. Miré la zona adolorida y me percaté que tenía una herida en su primera etapa de cicatrización, justo debajo de las costillas. Era el mismo lugar donde había sido acuchillado por el gusano ayer.

Había recuperado mi cuerpo. Parecía algo imposible, pero era real.

Un grito agudo me trajo a la realidad de vuelta.

Natacha me miraba con horror, como si hubiera visto un fantasma.

— ¿Q-quién eres? — preguntó con evidente temor.

— No temas — dije levantando ambas manos a modo de rendición —. Soy yo ¿No me reconoces? — pues, analizándolo mejor, era una pregunta estúpida, era imposible que pudiera ver alguna familiaridad de mi yo humano con mi yo felino.  

— ¡Vete! — dijo comenzándome a golpear como loca — ¡Vete o llamaré a la policía!

— ¡Espera!, soy yo, ¡Campanita! — nunca creí que me llamaría a mí mismo de aquella manera y mucho menos en voz alta.

Natacha paró de golpearme sólo para verme de manera estupefacta, como si le hubiera dicho la estupidez más grande de su vida y seguramente lo habrá sido, pues, nadie lo creería en su sano juicio.

Un segundo después Natacha pareció salir de su estupor al recordar algo.

— ¿Campanita? — repitió la última palabra que yo había dicho y miró por toda la habitación buscando algo.

Se levantó de la cama, ignorando completamente que había un hombre desnudo y desconocido metido en su casa. Salió a la sala y luego fue a la cocina, yo la seguí por detrás, a una buena distancia y de manera silenciosa. Natacha al ver que no encontraba lo que estaba buscando se desesperó.   

Agarró la escoba, la misma que ayer le había servido como arma para deshacerse del maldito gusano y me apuntó con ella.

— ¿Qué hiciste con mi gato, maldito?

— Ya te lo dije. ¡Yo soy tu gato! — por Dios, me oía como un loco. No me extrañaría si Natacha terminaba rompiéndome la escoba en la cabeza.

— ¡Sal de mi casa ahora! — gritó alterada mientras sus brazos temblaban vacilantes, mientras intentaba sostener la escoba en alto, pero en su estado parecía una tarea muy difícil.

Todavía vivía en carne el trauma del incidente vivido con ese maldito y despreciable gusano, y ahora esto. Era mucho para ella, podía saber con sólo verla que estaba al borde del colapso.

No quería causarle más daño del que ya le habían causado, así que decidí obedecer su petición.

— Está bien — dije intentando parecer alguien decente, aunque eso era imposible contando con el hecho que estaba íntegramente desnudo de pies a cabeza —. Me iré, por favor baja la escoba.

— ¡Sal! — gritó y yo caminé en dirección a la puerta.

Abrí el cerrojo y giré el picaporte hasta abrir la puerta, antes de salir por ella me giré para mirarla.

Tenía que dejarla, y ese hecho me dolía. Nunca me imaginé que me disgustaría tanto la idea de volver a ser humano.

Y sin decir nada más, cerré la puerta detrás de mí, quedando solo y desnudo en una fría madrugada. 



Cynthia Soriano

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En el texto hay: comedia, gato, drama

Editado: 30.09.2019

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