Ignis: Todos ardemos alguna vez | #1 |

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Preludio

             Se recordaba llorando.

            Recordaba esas paredes blancas; las recordaba hasta con el más mínimo detalle. Un niño atrapado en su propio mundo, asustado. Se acercaba a la ventana para contemplar la vista desde aquel piso tan alto y esperaba a que lo llamaran. Esperaba que pudieran sacarlo de allí.

            Se recordaba solo, se recordaba débil, vulnerable, frágil. Y odiaba recordarse así.

            Golpeó la pared con fuerza y el ladrillo raspó su puño. Odiaba recordarse de niño, porque odiaba recordar lo que sufrió. Apoyó la frente en la pared fría, tratando de calmarse y pensar en claro. Pequeñas gotas de una lluvia que estaba a punto de comenzar le caían encima… aunque no le importaba. Sabía que lo estaban persiguiendo.

            El callejón en el que se encontraba estaba oscuro y vacío. A su izquierda podía notar la puerta trasera de un viejo restaurante cerrado, y a su derecha nada más que una calle, iluminada sólo por la combinación del agua de la lluvia y la luz de la luna.

            El sonido que hacían las gotas al chocar contra el suelo y el fresco aire de la llovizna lo volvieron loco. Se tapó la cabeza bajo la capucha y salió caminando con ambas manos en los bolsillos.

            Se dirigió hacia la calle, pero caminó bajo los tejados de las casas y de los negocios que ya se encontraban cerrados desde temprano. Caminaba con la cabeza gacha, mirándose los zapatos y tratando de no pensar. Hacía seis días que había logrado escapar.           

            Se dirigió calle abajo, aunque sin rumbo. Sin saber adónde ir.

            Se encontraba solo, otra vez. Pero aunque no sabía hacia dónde dirigirse realmente, no se encontraba perdido. Se encontraba libre.

            Siguió caminando. Sólo eran él, el sonido de las gotas al caer y el de sus pasos en la soledad. Se detuvo en una esquina, mirando para ambos lados. Sobre él había un semáforo, pero sólo mostraba una luz amarilla que se encendía y se apagaba a cada segundo.

            Se acurrucó más en su abrigo y echó un vistazo hacia su derecha. La lluvia comenzaba a subir de intensidad y la ciudad a su alrededor se veía como el paisaje que él contemplaba de pequeño desde su ventana, tras ese vidrio opaco y viejo. Un objeto parecía moverse tras ese manto gris y helado que caía del cielo. Le costaba demasiado poder llegar a ver algo con determinación, pero entornó los ojos lo más que pudo y visualizó un auto. Un auto que no llevaba las luces encendidas… y que él reconocía muy bien.

            Se echó a correr hacia su izquierda, alejándose lo más rápido posible. Cada paso que daba lograba hacer que sus pantalones se mojaran aún más, pero lo ignoró. Siguió corriendo con la velocidad más rápida de la que fue posible, llegando a la segunda cuadra.

            Echó un breve vistazo hacia atrás, pero seguía sin poder ver nada con exactitud. Respiró hondo y se dispuso a aumentar la velocidad. Ya no importaba andar con sigilo.

            Al doblar la esquina se detuvo de repente. Frente a él se levantaron dos figuras humanas, altas, oscuras. Se acercaron hacia él con cautela, lo suficientemente lento como para atravesar la llovizna y que él pudiera lograr ver quiénes eran.

            De inmediato se dio la vuelta, preparado para echar a correr de nuevo… pero se topó con el coche justo delante de él, estacionado en medio de la calle. Las puertas se abrieron y tres figuras masculinas más salieron a la luz de la luna.

            Miró a su alrededor, buscando vagamente alguna alternativa, aunque terminó por darse cuenta de que cualquier intento de escapar sería en vano. Ahora estaba rodeado.

            —Vaya, sí que has causado muchos problemas, chico.

            La voz del hombre le resultaba familiar. Los cinco sujetos se fueron arrinconando alrededor de él, dejándolo en el centro.



MEG

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En el texto hay: misterio, elementos

Editado: 31.03.2018

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