Ignis: Todos ardemos alguna vez | #1 |

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Capítulo 5

            Estuvimos lo que quedaba del día trayendo y llevando cajas. Guardándolas y sacándolas. Llenándolas y vaciándolas. Fénix no había salido del granero hasta que lo vi marcharse en la vieja camioneta.

            Estoy dentro del coche policía con Clark al volante mientras mamá está conduciendo detrás de nosotros en el Cooper. Veo hacia el costado, por la ventanilla, y contemplo los campos nocturnos, inmersos en la oscuridad.

            —Oye —le digo al fin—. No sabía que habían contratado a un tipo.

            Clark extiende el brazo y baja el volumen de la radio.

            —Ah, sí. Creímos que nos vendría bien, él necesitaba un poco de dinero y nosotros unos brazos fuertes que nos sirvan. La ayuda nunca viene mal, Audrey.

            —Lo sé, es que… —ladeo la cabeza—, no pensaba que ustedes conocieran al vecino.

            —Oh, pues lo conocimos un día cuando estaba entrando a su departamento. Recordamos que nos habías dicho que alguien se había mudado así que supusimos que era él —estira el cuello y mira por la ventanilla, seguramente para ver a mamá—. Fue muy amable. Se acercó y nos saludó muy respetuosamente.

            —¿En serio? —digo sorprendida.

            —Se presentó y tuvimos una pequeña charla en la cual llegamos al punto en que se ofreció a trabajar en la granja, y a tu madre le pareció una buena idea —se ríe un poco—. Deberías haberla visto, estaba enamorada del muchacho, no dejaba de sonreír.

            Parpadeo un poco.

            —¿Y a ti te cayó bien?

            —Pues… —menea la cabeza con una mueca— parecía fuerte y dispuesto, pero ya sabes, nunca confié en los muchachos jóvenes para el trabajo. Siempre llega un momento en el que sólo haraganean y no se toman nada en serio.

            Pienso en Fénix, en lo concentrado que lo vi trabajando en el granero. Sin embargo me limito a decir:

            —Tienes razón.

            —Aún así necesitamos su ayuda. Ya veremos después cómo le va.

            Asiento y vuelvo la vista al infinito campo.

            —¿Sabes su edad?

            Clark me mira cuando le pregunto, frunce el ceño y menea la cabeza.

            —Supongo que unos diecinueve, ¿tal vez? ¿Veinte? No lo sé.

            No vuelvo a preguntar nada más. Hago la misma posición que antes: codo en la puerta y puño en la mejilla, y me quedo esperando hasta que las oscuras hectáreas quedan transformadas en casas y negocios, y a lo lejos, algunos edificios asomando.

***

Ha sido un día agotador, tanto físico como mental, así que al llegar a casa voy directa a la cama. Por suerte mañana es sábado y podré dormir todo el tiempo que quiera.

            Por un instante temo tener otra pesadilla, temo volver a despertarme sudada y acelerada. Hasta llego a tener miedo de Fénix; de que se aparezca otra vez por mi mente… Trato de alejarme de esos pensamientos y me concentro en lo que podré hacer con Ebby o con Jim mañana. Pienso en la fiesta de la playa y chasqueo los dedos mentalmente creyendo que es una excelente idea. Pero luego recuerdo a quien habló de aquella fiesta; recuerdo a Sam.

            No me interesa. Con suerte, tal vez él no vaya. Tal vez no quiere ir solo y al final, no va.

            Al menos que haya conseguido a otra chica.



MEG

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En el texto hay: misterio, elementos

Editado: 31.03.2018

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