In eternum

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Me pasé la tarde desparramado en el sillón tapado hasta las orejas, dormitando de a ratos mientras mi vieja hablaba por teléfono y llenaba sus planillas. Se notaba que era fecha de cierre, porque las vendedoras estaban como locas llamando para agregar o sacar cosas de sus pedidos. Agradecí que lloviera torrencialmente porque si no, las hubiera tenido en casa yendo y viniendo, parloteando sin parar. A veces me preguntaba si para esas mujeres el único divertimento en sus vidas sería vender Marion. Tal vez sí. O tal vez tenían tanto kilombo en sus vidas que aquéllo era una especie de escapatoria. O tal vez sólo era un laburo que les divertía.
Mes por medio se hacían reuniones de grupo y era todo un acontecimiento. Se llamaban, hablaban de lo que se iban a poner, de con quién iban a ir. Parecían quinceañeras a punto de su primer baile.

Mi madre ganaba bien, en cambio las vendedoras cobraban una comisión miserable por cada venta que hacían. Por eso no entendía por qué razón se esmeraban tanto por un par de cremas o labiales.  Lo que nunca había tenido en cuenta era que, para llegar a ser líder, mi vieja había sido primero una vendedora igual que ellas. Y que para ascender se necesitaba una cantidad X de unidades vendidas o una cantidad X de dinero recaudado. Marion era toda una carrera empresarial.

A eso de las seis de la tarde, mi madre se plantó frente a mí emperifollada con sus botas de goma, piloto y paraguas; maquillada a la perfección y con un coqueto bolso colgando del brazo.

—Voy a lo de Aurora —anunció—, no sé a qué hora vuelvo. Tenés comida en la heladera y hay unas latitas de cerveza también. No salgas por nada del mundo, que llueve a cántaros ¿Estamos?

—Sí —respondí en medio de un bostezo—. ¿Tan urgente es que vayas a lo de Aurora?

—Hoy cierra Marion, tengo que entregar los pedidos.  Si alguna de las chicas llama, te pido por favor que anotes lo que te diga... BIEN anotado —recalcó—, mañana lo paso por teléfono. Me voy, cuchito. —Se inclinó para darme un beso y se fue.

Mi madre tenía cuarenta y cinco años, era bastante alta, llenita, tremendamente simpática y muy, muy parlanchina. Creo que por eso le había ido bien en Marion, convencía a cualquiera de lo que fuera con su verborragia. Con el único que no le funcionaba la labia era conmigo.

Siempre andaba muy bien arreglada. Se delineaba los párpados con una fina línea marrón que resaltaba el color miel de sus ojos y tenía el pelo negro, lacio, muy tupido, corto hasta poco más abajo del mentón y un flequillo que le cubría las cejas y al que soplaba constantemente o lo corría hacia los costados con las manos. Se ve que le molestaba, pero era incapaz de cortarlo antes de que le resultara intolerante tenerlo dentro de los ojos. Era una linda mujer, muy buena amiga de sus amigas, mejor madre y, hasta que murió mi abuela, la mejor hija que alguienhubiera podido tener. Por eso me resultaba incomprensible que no hubiera vuelto a formar pareja después de enviudar. Creo que había salido con alguno que otro señor, pero se ve que no la habían convencido.  Ella no me contaba esas cosas y yo no preguntaba.

Sí me preguntaba acerca de mis asuntos, no de chusma. De mamá. Pero yo no siempre le contaba; había cosas de las que no podía hablarle.

El teléfono sonó dos veces seguidas; dos mujeres tenían que agregar productos.

Anoté lo que me  dijeron, repetí los códigos, números de páginas y color para no equivocarme como ya me había pasado otras veces. Y hasta fui amable con ellas. De golpe me había puesto sensible con mi mamá. Quería ayudarla. Tal vez la lluvia me había puesto melancólico. O la fiebre, que tal vez habría dejado algún efecto residual.

Me estaba preparando un sándwich de salame y queso —no tenía ganas de calentarme los fideos—, cuando sonó el timbre de la puerta. Eran las ocho pasadas, afuera estaba oscuro y seguía lloviendo con truenos, relámpagos y toda la parafernalia que hacía de una humilde tormenta, LA tormenta.

Arrastré los pies metidos por la mitad dentro de las zapatillas.

—¿Quién es?

—¡Pablo! ¿Está Cata?

¿Otra vez el marica?

Abrí mordiendo el sándwich. Ahí estaba otra vez, con el paraguas chorreando, las zapatillas y los bajos del pantalón empapados.

—No, no está —informé—. Fue a lo de Aurora a entregar los pedidos.

—¡Uh! Tengo que agregar dos cositas... —dijo con cara de circunstancia. Me dio pena, la verdad.

—Pasá.

Cerró el paraguas y lo volvió a dejar en el mismo lugar en la esquinita entre la puerta y la pared. Sacudió un poco su pelo y sacó de adentro de la campera —una de hule, finita— una bolsita con otra revista. Me dí cuenta que tenía las manos mojadas.

—Vení —dije caminando hacia la cocina mientras le daba otro tarascón al sándwich. Le extendí un repasador para que se secara y señalé la mesa—, anotalo ahí, en el cuadernito de mi vieja, que mañana lo pasa.

—Gracias —suspiró. Hablaba como en un hálito, como si tuviera miedo que alguien lo escuchase.

Ya en la cocina, sacudió las mangas para no mojar alrededor y me miró, avergonzado.

—Sacate la campera y sentate. ¿Querés un sándwich? —¿Perdón? ¿Yo dije eso?

—No, no. Te agradezco —contestó sin mirarme mientras revisaba la revista y anotaba su pedido en el cuaderno.

Me quedé con los codos apoyados en el respaldo de la silla, frente a él y seguí comiendo. Tenía una letra apretada, chiquita. Muy prolija.

—¿Por qué no lo pasaste por teléfono? —pregunté con la boca llena—  ¡Con lo que llueve, vos salís a cada rato!

El chico levantó apenas los ojos y me sonrió muy leve. —No tengo teléfono.

Sonreí tontamente, porque no le creí, por supuesto. Vivíamos en pleno barrio de Boedo, en Buenos Aires ¿Hola? ¿Quién no tiene teléfono acá? Te creo si me decís que no tenés celular, pero un fijo ¡Come on!

Terminó de anotar y apartó el cuaderno, colocó la birome con suavidad sobre la tapa naranja. Se levantó sin hacer ruido y volvió a ponerse la campera.



Patrice Om

Editado: 04.11.2019

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