In eternum

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El veintiuno de septiembre llevamos a Maxi al parque, no estaba muy lindo el día pero pudimos disfrutar del último día de la primavera del hermanito de Pablo en este mundo. Había decaído mucho durante agosto y los exámenes médicos dejaron intuir un desenlace demasiado cercano. Fue duro. Mucho. Pablo lloraba constantemente en casa para dibujarse una sonrisa e ir a la suya después. Susana también venía seguido, mi mamá la consolaba como podía. Aunque creo que estaba más entera que Pablo.

—¡Ya es hora que descanse, pobrecito! —la escuché decir una tarde—. ¡Sufre tanto todos los días!

Yo sabía que era cierto. Porque una tarde que fui a buscar a Pablo y me dejaron entrar al hotel, Maxi estaba en su silla frente a la ventana abierta con las dos ruedas delanteras sobre el balconcito. Su mamá estaba en la cocina preparando mate y su hermano en la terraza, colgando la ropa.

—Hola —dije. Él giró la cabeza apenas y suspiró.

—¿Sabés por qué no me tiro? —preguntó en lugar de responder a mi saludo, con una voz tan melancólica que me atravesó de lado a lado, sonaba dolorosa. Me miró con una sonrisa dulce—. Porque sería cagarme en todo lo que hacen y han hecho por mí, mi madre y mi hermano. Pero la verdad, estoy convencido de que sería más fácil para todos si yo muriera ya.

—No digas eso —susurré.

Maxi tenía la misma dulzura en la voz que Pablo. Pero la voz de Pablo acariciaba, la de Maxi dolía.

—Es la verdad.  Vos no tenés idea lo que han hecho esos dos por mantenerme lo mejor posible.  Y ellos no tienen idea de todo lo que a mí me duele. El cuerpo, el alma, la garganta.., los sueños de ellos, los míos, todos rotos, pisoteados por esta silla... ¿entendés, no? No se los puedo decir porque ya tienen bastante, sufren más de lo que deberían..

—Vos también tenés bastante...

—Pero yo me voy a morir este año, o el que viene. Ellos tienen que seguir. ¿Vos entendés la vida de mierda que tenemos los tres?

El nudo que tenía en la garganta amenazaba con soltarse en cualquier momento, tuve que hacer un gran esfuerzo para contenerlo. Me senté en una de las camas. La luz del sol le daba sobre la cabeza. Parecía un ángel.

—Pedoname, no tendría que... —dijo sin desviar sus ojos del paisaje externo.

—No. Aprovechame. Desahogate. Yo no digo nada.

Recién entonces giró la silla para quedar de frente.—Tiene razón mi hermano, sos hermoso, por dentro y por fuera.

—¿Eso dice? —Las lágrimas ya no me dieron bola y empezaron a rodar.

No respondió.

—¿Lo vas a cuidar? —preguntó después de algunos minutos en que nos dominó el silencio.

—Por supuesto.

—¡Que bueno! ¿Sabías que Pablo es la mejor persona que Dios puso sobre este mundo?

Sonreí.

—Sí. Claro que lo sé.

—A él también le duele todo. Más que a mí.  Yo ya soy indiferente a muchas cosas. Y más perceptivo de otras. A él le duele la espalda de cargarme de arriba para abajo, de lavarla ropa, de cocinar, de limpiar,  de soportar mis dolores y los de mi vieja, porque a ella también le duele el alma, el corazón...  A los tres nos duele el tiempo, los proyectos ajenos, las próximas vacaciones de alguien... Las agujas del reloj... Ese tic tac de mierda que sigue y sigue...por siempre... tic tac tic tac...Eterno... Es muy lenta la vida, pero me gusta.

Me hizo una seña con el dedo para que me acerque. Las piernas me temblaban pero me acerqué, y me dio un papelito doblado. Lo leí: «Vivo ego in aeternum»*.

—¡Fede! ¿Cómo estás? —Susana había llegado con el mate y al ratito llegó mi amor, con el fuentón y la bolsita de los broches.

Miré a Maxi. Sonreía. 
 

Pablo extendió un mantelito rojo, bien llamativo, incluso así nadie pareció notarlo, nos sentamos en el césped. Bajé a Maxi de la silla y lo senté a nuestro lado. Estaba más liviano que las últimas veces que lo había cargado.

Mi mamá había ido a una reunión de Marion y había arrastrado a Susana con ella. Mi suegra no era vendedora pero se la llevó igual. No queríamos que se quedara sola en el hotel. La pobre parecía un alma en pena, se contenía porque no quería llorar a Maxi antes de que muriese. A veces le costaba horrores, pero hacía lo que podía. Y todos tratábamos de ayudarla.

Pablo también estaba más liviano, más flaco, más ojeroso. Pasaba muchas noches conmigo. Me avisaba cuando tomaba el colectivo y yo lo iba a esperar a la parada de lunes a jueves. Primero iba al hotel para ver que todo estuviese bien y después íbamos a casa. Y yo dormía cortado. Un par de horas, lo buscaba en la parada y me volvía a acostar.  Pero no me importaba. Y a mi mamá tampoco. El día de la primavera cayó miércoles. Serrano, el dueño del negocio, nos dio libre el día. No cerró. Mandó a la hija con una amiga a atender. A veces iba la piba, que tenía unos veinte años y era medio boluda. Al día siguiente teníamos que arreglar el kilombo que hacía con la ropa, pero si nos daban un día libre, no nos importaba.

—¡Ay, mirá qué lindo! —exclamó de pronto Maxi— ¡Están tocando la guitarra!

Efectivamente, a unos metros de nosotros, había un grupito de chicos y uno de ellos tocaba una canción que todos coreaban.

—¿Te gusta la guitarra? —le pregunté.

—Sí, yo tenía una. Y tocaba bastante bien, ¿te acordás, Pilín?

Pablo asintió. Las mejillas se le habían coloreado.

—¿Pilín?

—Ah, ¿no te dijo? Siempre lo llamé así. Cuando era chiquito, no me salía Pablín como le decía mamá, entonces le decía Pilín. Y es su apodo.

Me lo hubiera comido en ese momento, estaba todo colorado y se tapaba la cara con las manos.

—¡A esta altura no vas a tener vergüenza! —le dije, abrazándolo—. ¡Hey, flaco! —llamé al de la guitarra —¿Te sabés alguna para él? —señalé a Maxi. Los chicos vieron la silla de ruedas y se acercaron con el termo y el mate. Aunque en la mayoría de los grupos estaban tomando cerveza, ellos estaban con el mate, como nosotros.



Patrice Om

Editado: 04.11.2019

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