Inconfesable

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Capítulo 4

—Hola B—saludó su antiguo amigo. El único chico al que había amado.

Bel dió un largo suspiro. No le hacia gracia verlo, pero al menos no era Víctor tras la puerta.

—¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?—preguntó, conteniendo las ganas de golpearlo por lo que le había hecho cinco años atrás.

Ella creyó que lo había superado. Pero aún dolía. Volvió a sentir ese dolor en el corazón. Ese dolor que se siente cuando alguien que amas te hace daño. Aquella herida que es muy dicifil de curar, no importa cuantos años pasen.

El la miraba fascinado. Casi emocionado.
Miles de sensaciones recorrieron su cuerpo al tenerla enfrente otra vez. Bel era ahora toda una mujer, una hermosa mujer. Sintió un calor familiar en su interior que creyó jamás volver a sentir. 
Había tanto que quería decirle, tanto por explicar. Pero ahora solo quería abrazarla. Su mejor amiga de toda la vida realmente estaba aquí. Frente a él, sana y salva, fuerte y hermosa. Tal como el había imaginado que sería a esta edad. 
Cuando Lucas le dijo que estaba aquí, en Mar del Plata Santiago creyó que era una broma, el siempre creyó que Bel había ido lejos y nunca volvería, jamás.
Sabía que su amiga tenía la fuerza para no volver a pisar ese lugar si así lo quería.

—Quería verte—confesó, al fin. Lucas me dijo...

—Le dije que no te diga—interrumpió ella—no quiero verte, vete—añadió. Enfadada.

Ella comenzó a cerrar la puerta, pero el colocó su mano.

—Te eché de menos. No sabes cuanto—logró decir justo antes de que esa puerta se interponga en su camino.

Dio un largo suspiro de frustración y se quedó afuera un momento mirando el lugar.
La casa se caía a pedazos.
Tenía que ayudarla. Pero ¿cómo hacerlo? Si ella no quería verlo. Necesitaba la ayuda de Lucas.

Lucas y Santiago habían terminado la universidad hacia poco tiempo. Lucas era un reluciente abogado, recibido con honores y Santiago un arquitecto. Ambos habían cumplido su sueño de mudarse juntos para ir a la universidad. Tal como habían jurado cuando eran adolescentes con Bel.

—¿Qué ha pasado? ¿La viste? Lucas estaba realmente ansioso cuando Santiago llegó al departamento. Ambos compartían un piso en un lujoso edificio del centro de la ciudad. Era la zona más costosa para vivir, de un lado el centro de la ciudad y del otro la playa.

—Ella me odia—se lamentó Santiago, desprendiendo el primer botón de su camisa, para luego dejar caer su cuerpo en el enorme sofá de estilo vintage que tenían en el recibidor.

—Ella no te odia, solo necesita..

—Me odia—interrumpió Santiago, puedo verlo en sus ojos—se lamentó. Nunca pensé que volvería a verla. Yo... Me siento un imbécil. Si tan solo no le hubiera hecho daño.

—Oye, no te pongas así. No te culpes. No sabes si se fue por eso. No lo creo. Creo que algo más sucedió. Pero dejemos de lamentarnos, ella está aquí ahora, tenemos un mes para recuperarla antes de que se vaya otra vez—opinó Lucas. El era más optimista que Santiago.

Del otro lado de la ciudad, Bel no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama de su madre sin poder pegar un ojo. 
Todo en la casa olía a cigarrillo. Y en cada rincón se encontraba con un recuerdo. No quería pensar en su madre pero era imposible no hacerlo allí, todo la hacía pensar en ella.

La imagen de Santiago parado en su puerta volvió a su mente. Se veía increíblemente guapo y maduro. Ya no era un adolescente. 
Bel se permitió imaginar como hubiera sido todo si las cosas se hubieran dado como ella siempre lo soñó. Si Santiago la hubiera amado, si hubiera ido a la universidad, si se hubiera mudado con sus amigos. Si no la hubieran violado, si no la hubieran destruido para siempre. Tal vez, sería feliz ahora, con aquella vida que siempre soñó. Pero la vida nunca fue buena con ella.

Rápidamente se dió cuenta de que estar aquí no era una buena idea. Que volver a este lugar solo le hacía daño, la volvía débil, la llevaba al pasado. A ese pasado que no quería volver ni en sueños, pero aún así no podía soltar ¿podría alguna vez?

Nuevamente lágrimas comenzaron a salir. Pero esta vez se dijo a sí misma que sería fuerte.

—Yo puedo con esto—se dijo, en un susurro.

En ese momento oyó un ruido. Podía sentir pasos acercándose a la puerta de la habitación. 
Empezó a buscar dentro del cuarto algo que le pueda servir de arma. Para golpear a quien sea que esté invadiendo la propiedad. 
Cuando la puerta comenzó a abrirse se sentó en la cama, aterrada. Asustada. 
Hasta que vio una pequeña mano tras el picaporte. Y tras ella apareció su pequeño hermano abrazado a ese viejo peluche que le gustaba tanto.

—Oh eres tu pequeño—dijo y luego dió un largo suspiro de alivio—ven aquí.

El niño, sonriendo, se subió a la cama y se acostó a su lado.

Entonces Bel entendió que tenía que dejar de temer, que ella tenía que ser la fuerte ahora. Cuidaría a Tomás. Sería fuerte por el.

Al otro día, a media mañana, alguien golpeaba a la puerta con fuerza, Bel se tapó la cabeza con la manta. Estaba cansada. Necesitaba dormir. 
Hasta que sintió como un pequeño dedo golpeaba a su hombro.

—Puerta—dijo Tomás con su dulce voz.

—Está bien, iré—respondió ella.

No se quitó el pijama. Solo sujetó su cabello en una coleta y se dispuso a abrir.

—Ya voy, maldición—respondió desde adentro de la casa, sin saber a quien se dirigía.

Abrió la puerta desganada, pensando que sería algún vendedor o alguien del juzgado. Pero nada más lejos de la realidad. 
Se le cortó la respiración al ver que se trataba de Lucas y Santiago. 
Ambos estaban vestidos con ropa vieja y holgada y tras ellos traían un arsenal de productos de limpieza.

—Vinimos a ayudarte a limpiar—anunció Lucas, sonriendo.

Santiago estaba por decir algo, pero calló. El estaba realmente nervioso.

<Esto no puede estar pasando>pensó Bel.



Emi Castillo

Editado: 21.10.2019

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