Indagando su oscuridad

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 2. Detente

Eiren:

Las ojeras violáceas que enmarcan mi semblante y lo demacrada que luce mi cara son las causantes de que todos en la universidad posen su vista en mí. Sus comentarios jocosos y humorísticos, burlescos y denigrantes son los que provocan que me hunda en mi eje y quede cabizbaja.

He dormido tan mal que no me inmuto ante la muestra tan grande de debilitamiento que ejerzo. Hace tanto tiempo que no me desvelaba de este modo, es tan agotador que vuelve cada respiro un martirio.

No pude sellar mis párpados por más de diez minutos porque otra pesadilla se hacía venir, cada una más fuerte que la anterior, arrebatándome el aire y dejándome hecha ovillo en la cómoda, sollozando y aguantando alaridos contra la almohada. Mi alrededor se había desvanecido en ese momento, solo estaba yo, ahí, como si hubiese retrocedido el tiempo y me estuviera enterando recientemente que alguien tuvo la osadía de abusar de mí.

Actualmente mi humor está por el piso, siendo pisoteado por las miradas intensas del gentío. Para completar la situación, Leia no vino, la única chica que soporto y viceversa tenía unas diligencias y no asistió. Es por ello que yazgo sola, a la deriva, sin alguien del cual me pueda apoyar. A todo esto se le agrega que no he podido sacar de mi cabeza la mirada de aquel chico de ojos grisáceos, sus facciones deambulan por mi mente, dejándome delirando y con ganas de verlo.

Soy tan masoquista en esta situación que no me importa pasar por aquella tortura que inunda mi sistema cuando hace acto de presencia y entra en mi campo de visión. No puedo omitir aquella sensación que gratificó mi piel cuando, bruscamente pasó por mi lado ayer y su cuerpo rozó con el mío.

Hay tantos interrogantes que no sé por dónde iniciar, no consigo centrarme en una sola cuestión porque las demás se incrustan en mi cerebro de la peor manera.

A paso agobiado y desfallecido, retomo el andar y bajo la cabeza para cerrar los ojos, estos escuecen, quieren ocultarse con mis párpados para toda una eternidad. Pican y provocan que pase mis dedos con espereza sobre ellos con la intención de rascarme pero solo empeoro el trabajo. Alzo el rostro y quedo rígida al verlo, apoyado sobre uno de los casilleros, concentrado en su teléfono celular mientras tensa su mandíbula y pasa saliva con fuerza.

A los segundos, un chico con semejanza al rostro de él, se aproxima a este y lo saluda con un golpe en su hombro. Los ojos grisáceos se clavan en aquel hombre y su mirar se vuelve molesto, estresado.

Son tan parecidos con aquellos rasgos deslumbrantes que podría afirmar que son familia.

Mientras me localizo como una ridícula, viéndolos embelesada, el individuo de ojos mieles pilla mi escaneo y establece una sonrisa ladeada en sus labios. Con disimulo, golpea con el codo a su acompañante y este se queja para después captar su llamado. Él me observa, no con tranquilidad como su pariente o amabilidad, su ojeada es fría, helada como un témpano de hielo. Mis mejillas dan indicios de sonrojarse por lo que continúo dando zancadas para pasar frente a ellos y salir de la universidad.

Cuando el cálido clima me recibe, exhalo aliviada. En un instante me sentí tan atosigada que estaba al borde de la locura. Definitivamente, su ojeada no es normal. Su atisbo te hace sentir contra la espada y la pared, sin salida, como si fuera el cazador y yo su presa.

La suave ventisca estimula a que la pesadez de mi alma se acentúe, trastornándome y dejándome solo con suspiros de tormento.

De nuevo, al cerrar mis ojos, el video se reproduce de nuevo. Me encuentro sobre mi cama, sentada en forma de indio en el tiempo que veo como las ramas de los árboles chocan unas con otras, las hojas secas caen a la vez que otro relámpago aclara el denso cielo. Unas manos se posan sobre mis ojos y sonrío al saber que mi madre tiene la manía de hacer eso.

Aunque me haya sentido relajada, todo cambia cuando un golpe llega a mi nuca y el grito de Elissa se hace presente. Desde ahí, solo aprecio como mi cuerpo se tambalea y cae tendido a la cómoda, casi inconsciente, sin saber que lo que vendría a continuación me quedaría marcado para toda la vida.

Los alaridos...

Jadeos...

Exclamaciones repugnantes y repulsivas por parte de esa persona...

Todo llega a mí, sacándome de balance e introduciéndome en un estado descompuesto y turbado. Lo único que oigo son blasfemias y los golpes bruscos que intentaba realizar para que su cometido no se llevara a cabo. En fin, mi esfuerzo fue en vano, porque, en menos de cinco minutos se había llevado el tesoro que tenía reservado junto a la inocencia que tenía intacta.

Jamás pensé que algo como eso sucedería. Ni en un mundo paralelo se me ocurrió que tendría que pasar años de vida en un psicólogo para detener estos trances que logran descolocarme, esos que me hacen ser alguien desigual y no en el buen sentido.

Unas manos, grandes y ásperas son puestas en mis hombros desnudos. Ahogo un jadeo y doy un respingo al mismo tiempo que abro mis ojos, alejándome de aquella pesadilla. Pronuncio palabras inteligibles al ver aquellos exóticos ojos escudriñarme.

—Detente... —ordena, con una voz tan varonil y fresca que me deja hechizada.



nani_58581

#65 en Thriller
#35 en Misterio
#172 en Fantasía
#133 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: tristeza, amor, suspenso

Editado: 01.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar