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Capítulo 4

Dean.

Estaciono mi auto en la entrada circular de la mansión de mi padre.

Es bastante ostentosa, pero él no lo haría de otra manera. Siempre ha sido un idiota arrogante que le gusta mostrar su fortuna, aunque sus lujos en estos momentos no le sirven de nada. Ni todo el dinero del mundo le ayudará a recuperarse de su estado de coma. Estoy tentado a retroceder cuando pongo un pie en la puerta, pero nunca lo he hecho, y no empezaré ahora.

Entrando en la sala principal, hago caso omiso de John —el mayordomo de mi padre —, hecho y derecho que siempre ha sido fiel a él. Todo se ve igual: ordenado e intacto, con cada objeto en su lugar. Cada rincón tiene un recuerdo que atormenta mi mente. La casa huele a lavanda. No he estado aquí hace un año, a veces olvido que tengo padre. Esta mansión es sólo una cáscara vacía. Un monumento lleno de fantasmas, y recuerdos. Quise venderla hace un tiempo, y enviar a mi padre a un asilo, pero sé que mamá no estaría feliz con eso.

Ella siempre decía que no tenía sentido preocuparse por las opiniones de los demás, que era inútil tener en cuenta lo que pensaban. Seguí sus consejos durante años, y no permití que nadie entorpeciera mis metas.

No soy una persona que finge muy bien, pero he aprendido a hacerlo. Nadie sospecha que el multimillonario —heredero del imperio Dietrich —, es un farsante. Todo es cuestión de pasar desapercibido. Evitar sospechas. Actuar normal. La mayoría de las personas no se imaginan quién soy realmente, sólo ven lo que les interesa.

Para la población general, soy un heredero, y un hombre de sociedad. Salgo en las mejores revistas, sí, pero no me interesa participar en los chismes para atraer paparazzi. Elijo poner mi tiempo y mi esfuerzo en otro lado: como en mis negocios, y obras de caridades.

A diferencia de Charles Mills, he sido muy bueno ocultando mis huellas.

Nadie mira más allá de la superficie. Mi imagen pública es intachable, lo cual funciona bien para mí. Algunas personas piensan que soy un bastardo sin corazón, sin embargo, me tienen sin cuidado. Sé lo que estoy haciendo. Sé lo que quiero, y pronto lo tendré.

—Por aquí, señor —La voz de John me saca de mis cavilaciones mientras me guía por los pasillos para llegar a la habitación de mi padre.

Lo único que deseo es terminar con esto de una buena vez, y largarme para no ver su estado lamentable. Mi padre y yo jamás hemos sido cercanos. No siento nada por él; ninguna conexión emocional en absoluto. No me educó. No sabe nada de mí, y lo único que ha hecho fue arruinarme la vida.

Entro a la lujosa habitación para encontrar a mi padre —uno de los señores del crimen más infames del país —, apoyado en su cama, y con los ojos cerrados. El pitido intermitente de los equipos médicos se añade a la deprimente escena. Tiene una máscara de oxígeno sobre su boca y nariz. Parece que ha envejecido bastante, no es el mismo. Espero sentir alguna especie de pena, o tristeza, pero todo lo que siento es alivio.

Alivio porque sé que no despertará durante un largo tiempo, y estoy feliz de saber eso.

—¿Qué han dicho los médicos? —pregunto, mi voz suena carente de tacto.

La enfermera que se encuentra cambiando su suero, responde:

—No ha mostrado ningún indicio de haber mejorado, ni señales de que despertará, señor Dietrich.

Los médicos han dicho que, si mi padre vuelve a despertar, no será el mismo. Corre el riesgo de tener más de un efecto secundario. Me han dado la posibilidad de desconectarlo, pero me niego. La muerte sería una salida demasiado fácil para él.

—Bien —digo, antes de dirigirme a la puerta —. Volveré la próxima semana.

Mis zapatos de vestir hacen eco mientras voy al vestíbulo. Mis ojos observan con repugnancia un cuadro familiar. La imagen muestra a mi madre, y mi padre sonriendo cómo si fueran una familia muy feliz. Arrugo mi nariz con disgusto, y me dirijo al garaje para subir a mi auto. Saco mi celular de mi bolsillo para llamarle a Rose.

—¿Señor Dietrich? —responde.

Pongo el auto en marcha, y mis neumáticos chillan cuando abandono la maldita mansión.

—Cancela mi cita con los inversores de esta noche.

Rose no pide explicaciones, y me parece perfecto. Ella sólo acata mis órdenes sin cuestionarme.

—De acuerdo, señor. Que tenga una buena tarde.

Cuelgo sin agradecerle, y conduzco a toda velocidad. Mi mente intenta aclararse cuando recuerdo una vez más a Bianca mirándome con sus ojos azules, y ese excesivo rubor en sus mejillas. Aprieto el volante, y me sorprende saber que una vez más ansío verla. Ni siquiera frecuentar a Rebecca ha ayudado. Siempre se encuentra en mis pensamientos.

Intento convencerme a mí mismo que sólo deseo una cosa de ella, pero en el fondo sé que quiero algo más, y no voy a dudar en tomarlo.

🍷🍷🍷

Bianca.

A la mañana siguiente duermo hasta tarde, y sonrío recordando que hoy es sábado, y mi día libre. Enderezo mi cuerpo, y siento cómo mis músculos tensos se despiertan. Necesito sacar mi trasero de la cama para ir a correr un rato. Termino de lavarme los dientes, y voy hasta la cocina para preparar café. Niego con la cabeza cuando recuerdo que hoy tendré que salir a divertirme con las chicas.



Jessica Rivas

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En el texto hay: amor, amor sexo romance

Editado: 03.09.2018

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