Infame ©

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 7

Bianca.

El siguiente día llega cómo un borrón.

Me dirijo al trabajo sin ver nada a mi alrededor. Me siento aturdida, y lo único que oigo son mis pensamientos corriendo despavoridos. Estoy en estado de ansiedad, y el pánico se convierte en una emoción secundaria. No me puedo concentrar en nada, tengo insomnio, definitivamente estresada hasta el límite, y me encuentro tan desesperada por los tres grandes que incluso he pensado pedírselos prestados a Dean. Puedo usar esa atracción que siente por mí a mi favor, pero es un extraño, y sería demasiado incómodo. Conté mis ahorros, y tengo la mitad. Me falta sólo mil quinientos, y no me quedará más opción que pedirle prestado a Molly. Ella no dudará en ayudarme.

—¿Qué anda mal, Bianca? —pregunta Molly, mirándome curiosa.

Son las seis de la mañana, y el restaurante suele abrir a las siete porque muchos vienen a tomar aquí el desayuno. Chloe, y Ornella aún no han llegado. Molly es la encargada de abrir cuando Estela no puede.

—Necesito dinero, Mol —susurro avergonzada.

—¿Cuánto?

—Mil quinientos.

Sus ojos se agrandan.

—Es mucho dinero.

—Voy a pagarte cada centavo. Lo juro.

—Sé que lo harás —Molly sonríe tristemente —. ¿Para qué los necesitas?

Me siento en el pequeño taburete de la cocina, y suspiro antes de contarle todos los detalles.

—Debo tres mil dólares en alquiler, y si no pago, me desalojarán.

—¿Hablas en serio?

Asiento.

—La señora Antonieta ha muerto, y su hijo Bruce es dueño del edificio ahora. Me puso al tanto de la renta, y dijo que debo pagar hoy mismo. Si no lo hago, me echará a la calle.

—¿Qué? —chilla Molly.

—Se me ha insinuado.

—Cierra la boca, que asco. ¿Al menos es sexy?

A pesar de la situación, no puedo evitar reírme.

—Si te gustan los viejos gordos, y calvos con pelos en los ombligos, supongo que te parecerá sexy.

—Tienes que estar bromeando.

—Ojalá lo estuviera —digo angustiada.

—Tengo ganas de meterle un destornillador en el trasero, ¿quién se cree?

—Necesito el dinero para hoy. Por favor, Molly.

Ella asiente, y me abraza con fuerza.

—Tranquila, Bee todo estará bien, ¿sí? Por supuesto que te daré ese dinero.

—Gracias por tanto —sonrío, y mi cuerpo al fin se relaja.

—Te quiero, amiga. Siempre estaré si me necesitas.

Una hora después, el restaurante al fin abre, y llegan los demás. Me lanzan un delantal, y me pongo al día sirviendo a los primeros clientes. Luego retiro algunas tazas vacías de las mesas, que al instante están ocupadas. Mi estado de angustia desaparece, y atiendo a todos con una cálida sonrisa. Me siento más relajada sabiendo que el dinero lo tendré listo para esta noche, y el imbécil de Bruce no podrá echarme.

Cuando termino de servir, y aceptar algunos pedidos, me dirijo a la cocina.

—No sé qué haríamos sin ti, Bianca —Estela me observa con una sonrisa —. Ha llegado tu cliente favorito, y desea que sólo tú lo atiendas.

Juro que mi mandíbula casi cae al suelo.

—¿Cliente favorito? —balbuceo.

La sonrisa de Estela aumenta. Molly, y las demás están empezando a murmurar mientras se ríen. Chismosas.

—Desde que el señor Dietrich frecuenta a este restaurante, hemos tenido más prestigio e incluso gente importante opta por venir aquí.

—Me alegro por ti, Estela, pero...

Levanta una mano interrumpiéndome.

—No lo hagas esperar.

Genial, ¿por qué todo tiene que pasarme a mí? Suspiro hondo, y me dirijo para servirle. Por primera vez, desde que comencé a trabajar aquí, me siento incómoda. Evito ruborizarme, y mi actitud desafiante empieza a aparecer. Mantengo mi cabeza en alto, y sonrío falsamente cuando estoy cerca de él.

—Dean.

Aparta sus ojos de su celular, y me mira. Sus ojos azules son impresionantes, casi violetas. Mi boca se seca mientras continuamos observándonos. A medida que hace una evaluación lenta de mi cuerpo, una mezcla de lujuria e intriga pasa por su expresión, hasta que finalmente dice:

—Bianca, siempre es un placer.

Su voz provoca hormigueo en mi piel, pero me niego a reconocerlo.

—Hola —digo. Saco mi libreta, y un bolígrafo, todavía luchando contra el rubor en mis mejillas, pero no puedo —. ¿Qué deseas?

Dirijo la mirada hacia sus labios cuando los lame con su lengua. Me está mirando fijamente, estudiándome, y odio la forma que mis piernas empiezan a debilitarse.



Jessica Rivas

#534 en Novela romántica
#159 en Chick lit

En el texto hay: amor, amor sexo romance

Editado: 03.09.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar