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Capítulo 35

Dean.

Mi tío Federico me sirve un vaso de whisky, y no dudo en beber un largo trago. Necesito esto para despejar mi mente. Estoy en un callejón sin salida, dónde no tengo idea de qué hacer con mi vida.

—¿Le has dicho que te atormenta? —Su voz me saca de mis pensamientos, y niego.

Una música suave se reproduce en su estudio, y se pone cómodo en el sofá frente a mí. Sé que puedo confiar en él. Ha demostrado ser leal. Más que mi tío, él es mi amigo. La persona ideal para escuchar mis problemas.

—No, aún no.

La verdad destrozará su corazón.

—No sé muy bien qué ocultas, pero necesitas ser sincero.

Me paso la mano por el pelo, demasiado nervioso.

—Lo sé, Rebecca ha estado amenazándome.

Se ríe.

—¿Sigue obsesionada contigo?

—Siempre lo ha estado. No supera el hecho de que jamás estaré a su lado —Hago una pausa, y bebo un trago —. Está celosa de Bianca, y amenazó con decirle la verdad.

Me observa con atención, enarcando una ceja oscura.

—No puedes permitir eso, Dean —Me dice —. Si lo escucha de otra persona, será peor. ¿Qué tan grave es el asunto?

Me río sin humor, hay una maldita opresión instalándose en mi pecho. La idea de Bianca dejándome me aterra, y estoy tan desesperado. ¿Qué haré sin ella? Ya sé la respuesta, y debo recordármelo por idiota.

Estaré perdido, y jamás volveré a ser el mismo.

—Fui el responsable de la ruina de su familia —Hablo, siendo sincero —. Maté a su padre.

Mi tío Federico mantiene su expresión neutra, sin inmutarse por mis palabras. Eso es lo que más me gusta de él. Jamás me ha juzgado, mucho menos saca conclusiones precipitadas.

—Ya veo, ¿ajustes de cuentas?

—No exactamente —suspiro —. Fue en defensa propia.

Abre la boca para decir algo, pero mi celular suena interrumpiendo la conversación.

Es Dexter.

Deslizo mi dedo por la pantalla, y respondo de inmediato.

—Dime, Dexter —Mantengo mis ojos en mi tío mientras hablo.

—Señor, debe venir de inmediato a la hacienda.

Mi ceño se frunce.

—¿Hay algún problema?

—La señorita Mills tuvo un encuentro con Rebecca Hampton —Mi cuerpo se estremece por completo, y él dice —: Ella lo sabe, señor.

Mi corazón enmudece, mi cara se vuelve blanca. Estoy colgando antes de que pueda detenerme, y me pongo de pie, maldiciendo entre dientes.

—Gracias por tus consejos, pero debo irme.

Mi tío asiente sin pedir explicaciones.

—No conozco personalmente a Bianca, pero pude ver en sus ojos que ella te ama. Todo estará bien.

Sonrío de manera tensa, sin poder ocultar mi miedo.

—Eso espero.

~¤~

Estoy muerto por dentro. Mis emociones se han bloqueado tan fuerte, que casi no siento, sólo el peso denso de mi cuerpo que se mueve hacia adelante. Estoy como empujando contra un espeso, y frío lodo. Ni siquiera sé cómo llegué a la hacienda. Bianca lo sabe. Ella lo sabe.

Le pedí a Dexter que llevara a Mara, y Daniel a cenar. El resto de mis empleados tienen la noche libre. No quiero que nadie escuche mi conversación con Bianca. Sé que el mundo arderá cuando ella lo sepa, y debo estar preparado. En cuanto a Rebecca, no me quedaré tranquilo.

Esta vez sí cumpliré mi promesa. Esa maldita resentida se metió con la persona equivocada.

Ira, nervios, sobre todo, el miedo invade cada parte de mí. ¿Cómo diablos voy a explicar esta situación? La tensión no abandona mi cuerpo mientras abro lentamente la puerta de la habitación que comparto con ella. Las luces están apagadas, y mi corazón late tan fuerte al ritmo de mi respiración.

—¿Bianca? —llamo, encendiendo la luz.

Mis hombros caen al encontrarla sentada en el sofá, su largo cabello castaño cayendo como una cortina delante de su rostro y maletas rodeando sus pies.

¿Ella va a dejarme? Mierda, ni siquiera me da la oportunidad de explicarme.

—¿Qué está pasando? —pregunto mientras mi estómago se agita, ya sabiendo la respuesta.

No tengo derecho a retenerla. Me juré a mí mismo que iba a respetar cualquier decisión que tomara. Desde un principio supe que esto sucedería. Sin embargo, el dolor no disminuye.

Voy a perderla, y moriré. Moriré, maldita sea.

—¿Bebé? —digo de nuevo, necesitando escucharla decir las palabras.

Me observa con los ojos llenos de lágrimas.

—No puedo quedarme más aquí —susurra mirando al suelo —. No puedo, Dean. No después de esto. Sé que Rebecca fue sincera.

Ácido sube por mi garganta.

—¿Qué te ha dicho? —Me aclaro la garganta.

Una lágrima resbala por su mejilla.

—Tú mataste a mi padre, Dean.

Estoy tan quieto como un maniquí.



Jessica Rivas

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En el texto hay: amor, amor sexo romance

Editado: 03.09.2018

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