Injusticia Divina

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-Capítulo nueve- Sus injusticias divinas

La pregunta del momento fue: “¿Para qué me estaba llamando Didier entonces? ¿A caso llamaba para decirme que Lisa estaba bien y que sobreviviría? Tal vez no soportó la felicidad de ver a Lisa viva y me llamó sin recordar que sólo lo haría si ella fallecía” Recapacité extrañado, como sea ya estaba conmigo y no había nada más que importara. Hubo un total silencio, uno muy largo en el que procesaba qué estaba ocurriendo, y cuando reaccioné; en una rápida acción, lancé mi silla hacia atrás para ponerme en pie, Lisa lo hizo también y nos abrazamos mutuamente como dos niños anhelando el dulce del otro. En ese instante nos poseíamos mutuamente, y duramos, literalmente, cinco minutos abrazados. Yo olía su exquisita fragancia de cereza que para mí olfato nunca pasaba de moda y milagrosamente de mis ojos no salió ni una lagrima. Incrédulamente pensé que tal vez las había agotado todas, y aunque así fuese no me sorprendería que realmente sucediera pues ya me había vuelto completamente vulnerable.

—¿Me extrañaste? —preguntó susurrando sin dejar de abrazarme.

—No sabes cuánto miedo tenia de no volver a verte. —Contesté por otro lado—. Aunque fuese desde el otro lado de la calle, señorita Sumpter, sonreiría con el simple hecho de oler su fragancia a cereza y verla caminando distraída como siempre.

Emitió una gracia: “Huh”. —Estaría distraída por pensar en usted, créame. —Dejamos de abrazarnos y me miró con nostalgia—. Temía que no estuvieras aquí.

—¿Cómo me encontraste? —le pregunté esperando una buena respuesta.

—Eres noticia, tonto. —Respondió dándome un pequeño golpe en la nariz con su dedo—. En televisión, periódico, radio y cualquier otro medio se esparció la noticia de que se iba a subastar la casa del famoso asesino de Inglaterra. ¿Por qué crees que vinieron tantas personas?

—No lo sé, creí que eran simples compradores. —Repliqué irrelevantemente—. Pero, ¿Qué sucedió en el hospital… contigo? ¡Te dispararon en la cabeza, yo te vi caer!

—Sí, la bala perforó mi cráneo y estuvo a centímetros de tocar mi cerebro, se inflamó y mis probabilidades de vivir eran pocas, hasta que en semanas los antibióticos rindieron frutos y los doctores se aliviaron. Tuvieron que cortarme por completo el cabello para tratar mejor las heridas y poder introducirme una delgada válvula que mediría cuán inflamado estaba mi cerebro. —se sentó en su silla de nuevo y continuó—. Fue verdaderamente un reto para los doctores, pero dijeron que fui valiente y mis resultados al pasar el tiempo cautivaron la atención de todos; a los cinco meses mi cráneo había sanado un 80% y mi cabello ya había crecido considerablemente. —Comentó aparentemente orgullosa de sí misma—. Tenía todo el apoyo de los doctores, pero no de las personas que quise que estuvieran a mi lado. —dijo con desconsuelo.

—Perdóname, quería estar ahí, pero el verte en ese estado me dolía más que despedirme de ti. —Respondí con sinceridad—. Y te escribí una nota, ¿la leíste?

—La leí… mucho después, cuando desperté. —dijo con seriedad.

—¿Mucho después?

—Estuve en coma cinco meses y medio. Fue un coma inducido, del que me despertaron cuando los doctores me consideraron lista. —Expuso levantándose caminando unos pocos metros—. Agradezco que le hayas pedido a Didier que se quedara conmigo. Eso fue muy lindo de tu parte, creo que tuve suficiente de Ringo’s por un tiempo. —agregó dándose vuelta caminando de regreso hacia mí con una sonrisa.

—No quería que estuvieras sola todo ese tiempo, herida y sin nadie que te cuidara.

—Al no estar contigo estuve completamente sola, James Mercer. —Exclamó acercándose casi al punto de tocar mi rostro. No respondí nada, estaba totalmente avergonzado al escuchar sus más honestos comentarios—. ¿Sabes? No estuve para nada de acuerdo con tu carta. Es más, me hizo enfurecerme completamente, ¿Y sabes por qué? —Cuestionó alterada. Luego suavemente tomó mi rostro y lo levantó hasta que nuestras miradas se conectaran—. Porque nunca me preguntaste si quería aceptar el riesgo de vivir contigo sin importar lo que quisieran hacernos. ¿Crees que eso es justo? ¡Ni lo pienses! Y para empeorar las cosas aún no me preguntas si quiero aceptar el riesgo.

Capté su juego y le seguí la jugada. —Señorita Sumpter, ¿Quiere tomar el riesgo de vivir al lado del asesino más odiado de Inglaterra?

Tomó mi rostro con sus dos manos. —¿Con usted, señor James Mercer? —Interpeló con una expresión altanera—. Con usted iría hasta el infierno. —agregó y luego me besó como sólo ella sabe hacerlo.

Magia, señores, magia es lo que sobreabundó en esa habitación al conectarse algo más que sólo nuestros labios. Magia es sólo un pequeño término para el concepto de lo que teníamos ella y yo. Sin embargo, lo único que queríamos era que nos dejaran en paz, que nos dejaran vivir, que nos dejaran amarnos. No pedíamos más que eso.



A.M. Castillo

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En el texto hay: romance, drama, accion

Editado: 06.10.2019

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