Inmortales

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Capítulo 1

                      Cambio de vida.

 

 

Ya no puedo llamarme adolescente porque creo que no lo soy, no importa la edad que tengo, de hecho falta para mi cumpleaños numero 21 tan solo un par de meses y con todo y todo, en mi mente no soy joven, no me siento así. En mi interior tengo tantos años como la tierra, al menos así es como me siento cada día de mi vida.

Mi madre es una mujer simpática, muy dada a las reuniones sociales, tiene muchos amigos, asiste a fiestas y esas cosas, en resumen ella hace todo lo que yo no.

Somos buenas amigas, y prefiero dejarle esa clase de actividades, mientras me quedo en casa a leer mis libros, a encargarme del aseo y todo lo que ella debería hacer. Es como si hubiéramos intercambiado los roles, lo único que yo no hago es trabajar... aún.

Mi madre es profesora de lengua y literatura, muy a pesar de la apariencia de ser una mujer despreocupada, algo distraída y todo eso, a la hora de dar clases pareciera transformarse, entonces y solo en esos momentos es que parece una madre verdadera. Y es justo por su modo de ser, por como la ven las demás personas y por como me siento yo, que intento mantener un perfil bajo, y me gusta.

Comencé con mi táctica para volverme invisible después de mi primer año en la escuela inicial, ese incidente determino mi futuro de cierto modo.

En la primaria cierta vez mi madre estaba muy emocionada porque me escogieron para interpretar un papel en una obra escolar, obviamente yo no quería hacerlo, pero no me dieron a escoger, ademas como dije, mi madre estaba alborotada, yo suelo calificarla como enloquecida, claro jamás se lo diré, pero es lo que pienso el 95% de las veces... así que allí estaba yo, vestida y arreglada para pararme en el escenario solo para decir: " Honremos a los padres de la patria con una canción"

Es decir...

¿Quien diablos le canta a un hombre muerto?

No creo que uno de los padres de la nación piense que eso es un homenaje, pero cada quien con sus formas, mi mente siempre lógica me gritaba que eso era un despropósito y un modo horrible de humillación, sin embargo me sometí para darle el gusto a ella.

Después de esa vergonzosa actuación me encargue de ser la chica menos agraciada, la más silenciosa y menos llamativa del colegio o de donde sea que me encontrara, era mejor así, al menos para mi.

Lo hice bien durante muchos años, fue la primera y la última vez que me expuse frente a tantas personas. Los años pasaron y mi técnica se volvió perfecta, al punto que me convertí en un fantasma, así me decía mi madre.

Es mi último día del año lectivo en la universidad, estoy a un simple año de graduarme y sentirme libre y adulto por completo y claro, mi madre tiene una de esas locas crisis.

―¡Estas tan bonita!

―Odio este vestido Danae ―refunfuñe negándome a levantar la mirada hacia el espejo.

―Ni siquiera levantaste la mirada hacia ti, mirate y descubre lo bella que eres.

―No, ya te di el gusto ahora si no te molesta quiero cambiarme, sabes que no iré a la fiesta de fin de año, es absurdo que gastes el dinero en algo que no pienso ponerme ―insistí con mayor fuerza, levantando la mirada hacia mi madre. Ella se quedo mirándome haciendo un gesto que no supe descifrar, luego simplemente asintió, y yo por fin pude meterme en el cambiador para regresar a mis cómodos pantalones de mezclilla color negro, mi camiseta gris y mi camisa a cuadros sobre ella, volví a sujetar mi cabello en una cola de caballo que nacía y moría en la nuca y suspire aliviada, pues así era como deseaba estar.

Cuando salí mi madre estaba sentada todavía en el sillón blanco que estaba fuera de los probadores, con la vista perdida en la nada y eso me preocupo, pues Dana, como yo solía llamarla siempre ya que pocas veces le decía mamá, jamas era tan seria, ni aún ante mis negativas a comprarme faldas y vestidos, siempre estaba contenta y feliz, eso era algo que en verdad amaba en ella, aunque no se lo admitiría ni en un millón de años.

―Mamá lo siento, ya sabes lo que pienso de esa ropa, no estés triste por favor... ―me encontré diciendo porque su expresión no cambio cuando salí del cambiador.

Mi madre siempre, pero siempre me sonreía aún estando enfadada conmigo sonreía, aunque fuera de manera disimulada.

―Tessa, tengo que decirte algo.

―¿Estas enferma? ¿Te despidieron, perdimos la casa? ―pregunte al instante, pues esos temores me asaltaban continuamente debido a lo despistada que era mi madre. Siempre pensaba que se habia olvidado de pagar alguna cuenta, o que no habia hecho algo para su trabajo, aunque esto era dudoso.

―No, nada de eso... ―entonces levanto la mirada hacia mi e hizo un puchero ofendido ―¡Hey, en serio piensas eso! ¿Como piensas que podría...? Bueno si, si podría pero no lo hice...¡Lo juro!

Comencé a reír con animo, me senté junto a ella, luego pase un brazo por su hombro y pegue la cabeza con la de ella.

―Eres la mejor del mundo mamá, en serio, ya no te estreses.

―Lo sé ―sonrió aprovechando para decir ― Podrías intentarlo con el vestido...

―¡Olvidalo! ―respondí al instante, luego me puse en pie y reí negando con la cabeza ―no pasara mamá.

―Pero...

―Tengo hambre, alimentame madre ―exigí tome mi bolso y salí sin esperarla, mejor le ponía un alto a eso.

Almorzamos juntas y después de un rato mi madre volvió a ser la de antes, pero a mi me quedo la duda sobre lo que tenia que decirme.

¿Que podría ser tan grave?

En lo que restaba de la tarde, ya no la vi, tenia una clase y yo debía terminar de estudiar para dar un último examen. Más tarde en la noche, me di un baño y me acosté para descansar, pues debía dar mi examen a primera hora de la mañana, por eso ya no la vi, pero entre sueños sentí cuando entraba a mi habitación para ver si estaba todo en orden, cada noche lo hacia y eso me daba cierta seguridad.



Laura Bryn

Editado: 28.10.2019

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