Inocencia Truncada ©

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Capítulo II. Rebecca Colbert. Parte III, final.

—El teniente Gilligan dice que esa patente se corresponde con uno de los vehículos de alquiler que existen en el condado —hablaba el Sheriff mientras conducía a toda velocidad, con las sirenas encendidas, por las calles del pueblo.

—Entonces pudo haber sido cualquiera —se lamentaba Thomas al oír del propietario.

—Por lo menos tenemos a quién interrogar.

En poco más de media hora arribaron al local de Jeremy Olson, un viejo ciudadano que desde hacía décadas tenía montado el negocio de los autos de alquiler que funcionaba en modo paralelo al negocio familiar vinculado a los ramos generales.

—¿Acaso es un crimen alquilar vehículos? —preguntaba Jeremy mientras buscaba en un cajón los papeles para demostrar que su negocio era absolutamente legal.

—Un vecino del pueblo ha mencionado que una camioneta estuvo rondando su propiedad en la última semana.

—Además sufrió un robo, efectuado, según creemos, por el conductor del vehículo —interrumpió Thomas al Sheriff.

—La patente que este vecino anotó pertenece al utilitario rojo que forma parte de tu gama —dijo el sheriff acorralando al hombre.

—Las personas pagan en efectivo para mantener su privacidad ¿Qué esperan que haga yo? —preguntaba Jeremy poniéndose a la defensiva.

«Los que dejan nombres a menudo son falsos, no tiene sentido. Imagínese si me pusiera a investigar los antecedentes de todos mis clientes; de seguro tendría que cerrar. No pretendo justificar mis acciones ni decir que me siento orgulloso pero es lo que hay; cómo iba a saber que ese loco usaría el auto para cazar niñas.

—¿Puedes darnos el nombre de esa persona? —dijo Thomas con la mano derecha jugueteando con el arma en su cintura.

—Ya les dije que no sé sus nombres y, además, no recuerdo quién se llevó esa camioneta.

—Mientes Jeremy —dijo Thomas sonriendo.

—¿Disculpa?

—¿Cómo sabías que utilizó tu camioneta para cazar niñas? —preguntó el detective poniendo en alerta máxima al sheriff, quien no se había percatado de esa afirmación.

Aunque no pudieron encontrar indicios de la estadía de las niñas en el local, Thomas confiaba en las tácticas que había aprendido en sus años como activo de la Agencia para soltarle la lengua a los silenciosos.

Ya no existían acertijos. La triste rutina de corretear fantasmas había culminado y solo restaba desentrañar lo que parecía una compleja red de confidentes ocultos a plena vista.

—Cuanto antes nos hables de las niñas, más rápido culminará tu sufrimiento —dijo el Sheriff a Jeremy esposado en el asiento trasero.

—No estás viendo todo el tablero Thomas, solo te concentras en los peones mientras el Rey hace y deshace a su antojo —dijo con sorna.

—Tengo claro quién es el artífice de toda esta locura; del mismo modo que tengo claro que hay que sacar de las calles a pervertidos como tú —respondió mirándolo por el espejo retrovisor.

A metros de la estación de policía todo se hizo añicos. El sonido inequívoco de un impacto de bala estrellándose contra el cristal de la patrulla, perforando, sin piedad, el tórax del detenido puso el mundo de cabeza para los oficiales. Imposibilitado de respirar, ahogándose en su propia sangre, alcanzó a pronunciar dos palabras que dejaron perplejo al detective Thomas Weiz.

—¡Maldita sea! —gritó el Sheriff frenando el vehículo. Debemos llevarlo a un hospital

—Es inútil, ya está muerto —dijo Thomas empapado de la sangre de Jeremy.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —se desesperaba.

—Debemos continuar a la estación; creo que la hija del teniente Swift está en peligro

—¿Qué? ¿A qué te refieres con eso? —preguntó frunciendo el ceño, desorientado.

—Jeremy dijo "Gilligan" "asma". Sabemos que Tara tenía asma; encontré broncodilatadores en su casa; por eso el captor robó la Cúrcuma del jardín de Arnold. No me extrañaría que Rebecca sufriera la misma enfermedad —dijo mientras se quitaba el suéter ensangrentado.

—Pero por qué dijiste que la hija del Teniente Swift está en peligro —preguntó con desconcierto.

—Cuando me llevó a la casa de Rebecca, advertí un inhalador en la guantera; dijo que era de su hija, por eso creo que puede ser la próxima víctima del mal nacido.

—La hija de Gilligan murió hace dos meses —dijo el Sheriff dejando pálido a Thomas—. Los médicos dijeron que sufrió un paro cardiorrespiratorio; sus bronquios se cerraron y no tenía la medicina. El teniente estaba festejando el cumpleaños de su nueva novia y dejó encerrada a su pequeña en la habitación. La frazada que le proporcionó llevaba tiempo sin usarse y...

—El polvillo la asfixió —interrumpió Thomas.

—Se ha mortificado desde entonces, por eso lleva el inhalador en la patrulla. La culpa lo consume.

—¡Eso es! —gritó y abrió grandes los ojos como almendras. Está reviviendo con esas niñas lo que pasó con su hija.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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