Inocencia Truncada ©

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Capítulo IV. Las campistas. Parte I

Cinco años atrás, casa de seguridad de la CIA en Austin, Texas.

—Papi pronto vendrá por nosotras y retomaremos nuestra rutina, ¡nuestra vida de regreso por fin! —le hablaba Victoria a la pequeña Violet que jugaba en el suelo de la habitación con un conejo de peluche mientras sonreía y abría grandes sus profundos ojos azules cada vez que escuchaba la voz de su madre hablarle.

—¿Cuándo vendrá mami?

—Si todo sale bien mañana estaremos con él en casa, ¿Te acuerdas de nuestra casa?

—Sí ¿podremos tener perro? —preguntó de rodillas, en forma de súplica.

—¿Y qué nombre le pondrías? —le preguntó seria, esbozando un gesto adusto que pretendía infundir un poco de reticencia.

—¡Tommy! —dijo echando una carcajada que pronto prendió mecha también en su madre.

—Si le ponemos el nombre de papá creo que va a matarnos —dijo entrando presurosa al tocador.

Todo era felicidad. Por fin el largo letargo de la prisión y el anonimato estaba próximo a culminar. No fue sencillo. Sobre todo para la pequeña Violet que recién comenzaba a descubrir el mundo y debió contra su voluntad, y por razones que escapaban a su comprensión, abandonar a sus amigos, su escuela, su vida.

—¡Mami están llamando a la puerta! —gritó Violet esperando una orden para proceder a abrir.

—Pregunta quién es hija —respondió con otro grito desde el baño de la habitación.

La pequeña Violet se acercó a la puerta blanca y haciendo caso a su madre preguntó para asegurarse que fuera uno de los tantos oficiales que se encargaban de mantenerlas a salvo y brindarles todo lo necesario para satisfacer sus necesidades. De ahí, que tras escuchar una voz conocida, no dudó en quitar el seguro y abrir, con su sonrisa característica, al viejo conserje del lugar.

Todo muy rutinario. Nada que se saliera de libreto. Luke siempre acostumbraba  llevarles el almuerzo al mediodía. Tal vez fue por eso que la pequeña no sospechó ni por un instante que esa mañana, las intenciones de aquel hombre fueran distintas, máxime cuando detrás de él ingresaron otros dos oficiales que, aunque conocidos por deambular en las inmediaciones, jamás se habían aventurado dentro de la habitación.

—¿Quién era mi vida? —preguntó Victoria mientras salía del baño colocándose unos aros. Su mirada se transformó. Se respiración se detuvo. Su corazón al borde del colapso y sus ojos queriendo desprenderse de sus cuencas eran solo algunos de los síntomas superficiales que se dejaban notar en un ambiente caldeado, cuya tensión se cortaba con un hilo.

—Buenos días Victoria —dijo Luke que había cambiado la usual bandeja de cristal por una pistola 9mm.

—¿Qué están haciendo ustedes acá? —preguntó sin poder moverse, aturdida, asustada.

—Tenemos que hacerte unas preguntas —dijo acariciando el pelo de la pequeña Violet, prisionera de los otros matones.

—Suelten a mi hija —dijo apretando los dientes, intentando abalanzarse sobre aquellos hombres, aunque su osadía fue repelida por una bofetada que la arrojó sobre la cama matrimonial.

—Ayer Thomas estuvo aquí —dijo Luke acercándose despacio hasta sentarse sobre la cama donde todavía permanecía la mujer masajeando su mejilla enrojecida— necesitamos saber qué te dijo.

—No entiendo —respondió alejándose con cautela.

—Anoche debió suceder la operación pero algo salió penosamente mal—hablaba desplazando su arma por el cuerpo de Victoria—. Los miembros del cártel abrieron fuego segundos después de la transacción y aunque logramos detener a la mayoría, el jefe logró escapar y junto con él se esfumaron U$S50 millones.

—¿Y qué tiene que ver Thomas con eso? —preguntó con la vista fija en su hija que continuaba cautiva.

—No solo Martínez escapó anoche, Thomas también se esfumó...

—Seguro estaba persiguiendo a Martínez —dijo con un fuerte nudo en la garganta.

—O tal vez se fugó con el dinero...

—Pueden revisar la habitación si lo desean —dijo enfrentándolo con hidalguía, con los ojos repletos de ira pese a las lágrimas que brotaban contra su voluntad.

—¿Qué te dijo ayer cuando vino a verte? Y no digas que vino a saludar porque hace dos años que no se contactaba; tuvo que moverlo algo mucho más profundo que el amor; tal vez el dinero.

—¿El dinero es un motor más fuerte que el amor? Tal vez lo sea para ti, pero no conoces a Thomas.

—No vas a engrupirnos —dijo Luke mientras uno de sus secuaces doblegaba a la pequeña Violet hasta ponerla de rodillas en el suelo—. Tú conoces los métodos de la Agencia, sabes que por tu bien y el de tu hija lo mejor es hablar.

—No sé dónde está ese dinero; no tengo ni la menor idea.

—¿A qué vino Thomas ayer? No volveré a preguntártelo.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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