Inocencia Truncada ©

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Capítulo VIII. Tracy Turner. Parte II

—Bien, ¿qué sabemos?

—Tracy fue anteayer al cumpleaños de su amiga Linda y jamás regresó a su casa —respondió Melody que recién llegaba de la devastadora entrevista con los padres de la niña.

—Pero tiene 12 años ¿los padres no fueron a buscarla? —preguntó Randy frunciendo el ceño.

—Sí, pero los chicos salieron a la calle en la madrugada para realizar un juego y nadie notó su ausencia hasta que su madre se hizo presente a las 7 de la mañana.

—¿Qué dijeron sus amigos, alguna pista?

—Ninguno notó nada extraño —se lamentó.

—¿Qué hay de sus padres? —preguntó Randy agitado—. ¿Alguien que quisiera hacerles daño que pudo haberse desquitado con su hija?

—Elliot es piloto de avión, sin enemigos; y Brenda ayudante de cocina en un lujoso hotel del centro.

—¿Creen que fue una víctima de oportunidad o su captor la había seleccionado?

—Sin más datos que éstos es difícil saberlo —respondió Thomas jugando a pasar la lengua por sobre sus dientes, nervioso—. ¿Qué clase de juego realizaron en la calle a esas horas de la madrugada?

—Era una fiesta de disfraces y salieron para encarnar, cada uno, su personaje.

—¿Y de qué estaba disfrazada Tracy?

—De caperucita Roja. Su madre dijo que el disfraz llegó a su casa el día anterior con una tarjeta en blanco.

—¿Y no le pareció sospechoso?

—Creyó que la madre de Brenda se lo había enviado. Escuchó a Tracy quejarse innumerable cantidad de veces de llevar siempre el traje de bruja.

—Llama a Charlotte, dile que necesitamos cualquier información sobre la desaparición de otra Caperucita —ordenó Thomas.

—¿Es en serio?

—No tenemos otra pista.

—¿Buscamos a un fanático de los cuentos de hadas o un pervertido obsesionado con los disfraces?

—Ninguna —respondió Thomas con firmeza—. Buscamos a un psicópata que sufrió un trauma en el pasado y al ver a Tracy así vestida volvió a ese momento lúgubre en su mente.

Ni siquiera tuvieron tiempo para ponerse nerviosos. Predispuesta y diligente como de costumbre, Charlotte no tardó en responder al pedido y brindó datos tan escalofriantes como necesarios para poder avanzar en una búsqueda que tenía a los detectives en foja cero, a la deriva, dando manotazos de ahogado; justo cuando la víctima en cuestión era mucho más que un número o un nombre; era parte de la familia.

—¿Están listos para oír lo indecible?

—Siempre —respondió Randy con una mueca que dejaba en evidencia la falta de opciones.

—En 1986 una niña llamada Catalina Flow, desapareció en las inmediaciones del Bosque Nacional Pisgah cuando se adentró con sus compañeritos de escuela.

—¿Por qué los niños tienen obsesión con lo peligroso? —se lamentó Randy en forma de interrogante, meneando la cabeza, absorto.

—Según parece era una suerte de juego pero ella no salió jamás.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Thomas dando un paso al frente.

—Todos sus compañeros señalaron a Michael "Lobo" Herberger como el criminal.

—¿Criminal?

—Según los niños, Michael comenzó a correrlos a todos con un tronco o bate de baseball, varía según las versiones, y salieron huyendo sin mirar atrás.

—Pero Catalina no lo logró —afirmó Thomas ante de soltar un interminable suspiro.

—Nunca regresó a su casa; jamás se supo nada de ella.

—¿Qué dijo Michael al respecto?

—Negó todo. Dijo que amaba a Catalina y nunca le hubiera hecho daño; pero era su palabra contra la del mundo.

—¿Y por qué estaban disfrazados en ese bosque? ¿Acaso era Halloween o algo así?

—Era el cumpleaños de Michael.

—¿Qué ocurrió con él? Imagino que su vida cambió después de aquella jornada.

—La suya y la de todo el Condado. Abandonó la escuela y pasó por al menos tres instituciones psiquiátricas.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Melody abriendo sus manos.

—Según su hipoteca continúa viviendo en la casa que era de sus padres; muy cerca del bosque.

—Tal vez debamos hablar con los padres de Catalina...

—Difícil, su padre murió hace cinco años y su madre se mudó a Washington el año pasado; cuando se convenció de que su hija no iba a regresar —interrumpió Charlotte sin anestesia.

—¡Por dios, que triste! —se lamentó la detective.

—¿Y ese monstruo tiene a mi sobrina? —interrumpió Stephanie en escena, totalmente desfigurada, demacrada de tanto sufrir.

—Es probable que...

—¡Te odio! Maldigo el día que apareciste en mi vida, ojalá nunca te hubiera conocido —gritaba desesperada, golpeando sus puños contra el pecho de un Thomas que soportaba estoico la envestida encolerizada de quien ve su mundo derrumbarse a sus pies.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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