Inocencia Truncada ©

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Capítulo X. Evelyn Altintop. Parte III, Final.

Cuándo no una melodía antiquísima que creíamos haber borrado de la retina de la memoria, se presenta sorpresiva, sin aviso, dispuesta a revolver sensaciones que de tan polvorientas nos es imposible determinar si en realidad ocurrieron alguna vez. Son momentos de duda, de reflexión, de pánico. Apreciar que el pasado arremete sin permiso en el plano presente, puede, a menudo, ponernos la vida de cabeza al deber lidiar con aquellas nimiedades que hoy, irreverentes, se erigen importantes como si el hecho de haber pasado página para madurar y andar con liviandad el sendero obligado de la vida, fuera un crimen mortal, una acción temeraria que lejos de cumplir su propósito solo sirvió para caldear los ánimos de un par de sombras que debieron haber permanecido por siempre en la oscuridad.

—Charlotte ¿qué nos tienes? —preguntó Stephanie—. ¿Charlotte estás ahí?

—Sí jefa, disculpe. Estaba hurgando en la vida de mis compañeros de secundaria; no sea cosa que alguna me haya guardado rencor —bromeó.

—¿Y de los sospechosos, qué hay?

—Siendo buena y sutil diría que la vida no les ha sonreído los últimos años.

—Explícate.

—Dany Billder ha tenido algunos trabajos temporales pero sus repentinos ataques de ira terminaron por depositarlo siempre en la calle —hablaba leyendo de su computador—. En esos tiempos difíciles, hizo amistad con las personas equivocadas y comenzó a tomarle el gusto a apropiarse de lo ajeno.

—Un ladrón.

—Uno de muy poca monta. Hace poco más de un año fue detenido por segunda vez pero cambió la condena por una internación para tratar tanto sus ataques de ira como su reciente adicción alcohol.

—Por lo visto no surtió ningún efecto.

—Le dieron permiso para una salida recreativa, con la promesa de regresar pero jamás lo hizo.

—Casi que coincide con la muerte de sus amigos —dijo Stephanie concentrada en el difícil tránsito nocturno—. ¿Y qué nos dices de Ronda?

—La misma desdicha pero elevada a la enésima potencia —respondió entre suspiros—. Cumplidos los 18, sus padres se divorciaron en medio de un escándalo y Ronda tuvo que abandonar sus sueños de Universidad para ayudar a su madre a pagar las deudas.

«Después de un par de años como promotora en clubes nocturnos, logró ahorrar el suficiente dinero como para comenzar, con la ayuda de un socio, su propio negocio de comida vegana.

—No parece que le haya ido tan mal.

—Hasta que su socio la estafó y la dejó en la calle —respondió de inmediato—. Luego de perder todo su dinero, su madre debió vender la casa en la que ambas vivían juntas y mudarse a un sitio mucho más modesto en el Bronx.

«Intentó salir a flote alquilando su cuerpo por horas en las turbias esquinas sin dueño pero tuvo la mala suerte de quedar enredada con la banda del Gánster; un proxeneta veterano ligado, también, a las apuestas ilegales.

—Ahora sí que su vida se desplomó —dijo Randy meneando la cabeza.

—Luego de una redada, toda la compañía fue desmembrada y Ronda pasó una semana a la sombra.

—Tal vez fue en ese momento, cuando la vida la arrastró hacia la calle, que se reencontró con su amigo Dany y ambos se pusieron al corriente de sus vidas desmembradas —dijo Melody elucubrando el posible contacto.

—¿Pero por qué asesinar a sus ex compañeros?

—Eso deben responderlo ellos; estamos a dos minutos de la casa de Dany —dijo la detective pisando fuerte el acelerador.

Con la urgencia que suele demandar la adrenalina incontrolable, los detectives rodearon el departamento precario en el que, suponían, se había hospedado Dany Billder las últimas semanas. Con el entusiasmo amordazado por la precaución lógica que se enciende ante cualquier eventualidad que pudiera resultar de lo desconocido, se aventuraron, sigilosos pero determinados. Con el apoyo inestimable del grupo SWAT, no tardaron ni medio segundo en tirar la puerta abajo y sorprender, en el quinto sueño, a un joven andrajoso que, de seguro, debía brindar un sinfín de explicaciones.

—Estás perdido Dany; hay evidencias en todo tu departamento —dijo Stephanie al muchacho que permanecía semidesnudo esposado sobre su cama.

—Ella me obligó a hacerlo.

—¿Te refieres a Ronda Grey?

—Dijo que una bruja le aseguró que nuestros destinos eran funestos debido a un trabajo malicioso que alguien nos había hecho.

—¿Brujería? ¿Esa es tu excusa?

—Estaba desesperado ¡mi vida ha sido un infierno los últimos años! —gritó entre lágrimas—. Me aseguró que la cura a todos nuestros males, la única forma de romper el maleficio era exterminando a los fantasmas de nuestro pasado.

—¿Y dónde está ella ahora?

—Lejos —respondió entre sollozos.

—¿Dónde?

La llegada a Grand Central Terminal no pudo ser más rápida. Si no detenían a Ronda antes de que abordara un tren, se arriesgaban a no hallarla jamás. En el ínterin temían que la suspensión repentina de todos los medios de transporte alertara a una fugitiva que, por miedo a quedar expuesta entre la multitud que se amontonaba, decidiera replantear su vía de escape.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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