Inocencia Truncada ©

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Capítulo XI. Pacto de sangre. Parte II

Los ojos son una ventana al alma. Los ojos no nos permiten mentir. Los ojos hablan cuando las palabras se silencian. Frases, todas frases trilladas que sin embargo reflejan, en la mayoría de los casos, una verdad irrefutable que emerge en el preciso instante en que nuestro ser se niega, contra nuestra voluntad, a perpetuar un maquillaje que nos consume por dentro avejentando un pujante corazón. ¿Pero qué ocurre cuando esos ojos impetuosos, tristes, gigantes o simplemente hermosos se transforman en la obsesión de alguien que quiere con ellos iluminar y rejuvenecer, más no sea de modo artificial, su vil y putrefacta apariencia?

Con esa clase de monstruo irracional parecían estar combatiendo los policías, liderados por un ex agente que tras caer en la morgue una vez más, no tardó ni medio segundo en confirmar la teoría que hubiera deseado no revelar.

Sobre la camilla, a punto de ser sometido una autopsia exhaustiva, el cuerpo de Stella Walsh brindaba más pistas a simple vista de las que el mundo podía percibir. Un rasgo particular, tan anómalo como distintivo se erigía como la vedette en un teatro a oscuras. Otra pésima broma de un destino enseñado con la infancia truncada de una niña que jamás hubiera imaginado que traía desde el nacimiento la causal de su propia muerte

—Interesante —susurró

—¿Le importaría compartir sus descubrimientos con la policía? —preguntó el comisario entrelazando los dedos de sus manos, como suplicando.

—No lo había notado por poner el foco en el corazón de la pequeña Heller, pero su madre me dejó pensando al decirme que los ojos ámbar de su hija me iluminen.

—Marrones...

—¡No! —se irritó—. Ámbar, casi dorados como los ojos de un lobo o como el fuego.

—¿Estás diciendo que esa niña es un lobo? —se burló.

—Digo que se trata de una excesiva concentración de un pigmento llamado lipocromo y son contadas las personas con esa tonalidad en la mirada.

—Discúlpeme pero sigo sin entender.

—La niña en esta camilla tiene los ojos violetas. Una mezcla de tonos rojizos y reflejos azules consiguen esa tonalidad. Es muy extraña.

—¿Liz Taylor los tenía, cierto?

—También tenía dos líneas de pestañas —asintió con la cabeza—, sin duda una singularidad mayúscula.

—Todo muy lindo con los ojos pero pensé que nos preocupaba la antropofagia —dijo Peter agobiado.

—De hecho nos preocupa más que antes —respondió exaltado—. ¿Tienes las fichas de las víctimas anteriores? —preguntó a la forense que no demoró ni un segundo en ir por su carpeta.

—Cada vez entiendo menos —dijo el comisario buscando complicidad en su subalterno que permanecía tieso como una estaca.

—. La primera víctima tenía ojos verdes y la segunda ¡rojos! —dijo la forense leyendo sus anotaciones.

—Blancos.

—No, dijo rojos —acotó el comisario.

—Solo digo que los ojos blancos se emparentan con el albinismo. La falta total de melanina hace que la luz solar penetre reflejando la hemoglobina de los vasos de la retina; eso hace que parezcan rojos o rosados —dijo ante la sonrisa de la forense que lleva años extrañando aquellas intervenciones.

—Entiendo —dijo meneando la cabeza—. Pero la primera niña tenía los ojos verdes, ¿qué tiene eso de extraño?

—De hecho más de lo que cree —sonrió—. Apenas el 2% de la población mundial posee esa cualidad. Se consigue por la mezcla justa entre baja melanina y alto lipocromo.

—Por eso a las mujeres les resultan atractivos los hombres de ojos verdes —se quejó.

—Intuyo que tendrán otras cualidades —rieron—; aunque a decir verdad, existen más mujeres que hombres con ojos verdes, la mayoría en Islandia y Hungría.

—Perdón mi insistencia pero ¿cómo ayudará todo esto a resolver el caso?

—Existe una vieja leyenda europea, perdida en los albores del tiempo, que cuenta la historia de Binesha, una anciana maléfica que tras hacer un pacto con las fuerzas de la oscuridad se le concedió la plena juventud.

—¿Qué fue lo que hizo?

—Devoró los corazones de cinco mujeres, claro.

—¿Y que obtuvieron los espíritus malignos?

—Sus almas, desde luego, portadoras de los misterios existenciales de la vida.

—¿Qué son...

—La naturaleza, el cielo, el sol, las estaciones y el universo.

—Ya veo —murmuró Peter ante la mirada atónita de su jefe que continuaba inmerso en la ignorancia—. Verde, azul, ámbar, violeta y ¿negro?

—El no color.

—Ahí me perdí —dijo levantando sus manos.

—Esas niñas comparten oftalmóloga.

—¿Cómo lo sabe? —dijo el comisario abriendo sus brazos de par en par, a punto de rendirse.

—Búsquela de inmediato.

—¿Cree que ella es la asesina?

—Es nuestra pista más sólida.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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