Inocencia Truncada ©

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Capítulo XIV. La fraternidad. Parte III, Final

—Creemos que sabes más de lo que dices sobre Valentina.

—No sé qué esperan que diga; no era mi amiga.

—De eso no tenemos ninguna duda —dijo con una pizca de sarcasmo, dibujando en su rostro una sonrisa maliciosa.

—Creo que debo ir a clase.

—¿Debemos hablar con tu madre?

—¡Ni se les ocurra! —gritó casi sin pensar, como si su vida dependiera de ello.

—Entonces comienza a hablar y, de ser posible, desde el principio —dijo Melody cruzando las piernas.

—Yo no tengo nada que ver...

—¿Con qué exactamente?

—Con lo que sea que vayan a acusarme.

—¿De qué podríamos acusarte?

—¡Exacto! —gritó mientras apretaba los puños en señal de triunfo; no pueden acusarme de nada por lo que esta conversación carece de todo sentido.

—Tienes razón, las pruebas en tu contra son circunstanciales.

—¿Qué pruebas en mi contra?

—Tu ADN está por todas partes en el cuerpo de Valentina.

—¡Eso es imposible! Estás mintiendo —rió nerviosa, meneando la cabeza.

—Te tengo —sonrió.

—¿Disculpa?

—Prácticamente te confesé que Valentina está muerta y ni te inmutaste; solo te preocupaba que sea falsa la premisa que te incriminaba.

—¿Está muerta? —preguntó abriendo grandes los ojos.

—No eres tan buena actriz —dijo Melody frotándose las manos.

—Les juro que no me percaté de....

—Háblanos del tatuaje —interrumpió Thomas.

—No comprendo.

—El tatuaje que dibujaron en su cuello.

—Guauu ahora sí que no entiendo nada.

—¿Acaso creíste que el agua lo borraría? Ni siquiera tú eres tan ingenua. ¿A quién proteges?

—A nadie.

—Entonces lo hiciste tú sola

—No —respondió apurada.

—Entonces dinos quién te ayudó —dijo Melody apoyando una libreta sobre la mesa rectangular que los separaba—. Hazte un favor; esto pinta demasiado mal para ti.

—No puedo delatar a nadie; no soy una soplona.

—¿Eres consciente de que afrontas una condena de 50 años mínimo, verdad? Toda tu vida a la basura por encubrir a unas personas que ni siquiera son tus amigas.

—¿Cómo lo sabe?

—También pertenecí a una fraternidad —dijo con los ojos entrecerrados.

—¿Y cómo se libró de ellos?

—Bueno, lo correcto sería decir que ellos me soltaron la mano hace cinco años —sonrió.

—Yo no quería que la matara —rompió en llanto.

—Dinos su nombre.

—No puedo.

—Te protegeremos.

—Yo solo quería pertenecer.

—¿Al club de los asesinos?

—A la fraternidad de mujeres fuertes.

—¿Ya te sientes una mujer fuerte?

—Les hacen cosas terribles a los soplones en la cárcel

—¿Peores que las que sufrió Valentina?

—Ella me hostigaba todos los días...

—Perfecto, salgamos a asesinar a la gente que nos molesta; pero cuidado, al final no quedará nadie.

—Entonces no van a brindarme protección.

—Acabas de asesinar a una compañera; no pareces del tipo que necesita protección.

—Está vacilando, no tiene ninguna prueba; además este interrogatorio es ilegal; no crea que no conozco mis derechos.

—Tienes razón —dijo Thomas con la mirada en el suelo, fingiendo resignación—. Hemos terminado contigo, hablaremos con tu madre y te expondremos ante toda la comunidad educativa.

—No se atrevería.

—No tienes idea de lo que soy capaz —retrucó mirándola fijo a los ojos.

—Solo tengo su número de contacto —dijo con las lágrimas por el suelo.

La mitad del trabajo estaba hecho. El último eslabón de una larga cadena se encontraba bajo custodia; sin embargo faltaba un largo trecho para desmontar toda la red y, especialmente, a sus cabecillas o líderes ritualistas.

¿Quién dijo que sería fácil atrapar a los malos? De vez en cuando, para sentir el placer del deber cumplido hay que ensuciarse las manos y otras, menos frecuentes, es menester convertirse, al menos por un rato, en uno más con el enemigo; atreverse a surcar el campo pedregoso y sin retorno de la avaricia, obligándote a mover como pez en el agua; aunque en estos casos, dentro de una pecera ajena. Allí debes convencerlos de que eres como ellos, de que necesitas su ayuda, que ha nacido en ti el sentimiento irreversible de unírteles en esta cruzada contra el reflejo penoso que devuelve el espejo sincero de tu habitación.

—¿Dónde está Thomas? —preguntó Randy al oído de Melody que no dejaba de arreglar su atuendo de oficinista.

—Se fue —respondió mientras acostumbraba los ojos a sus lentes de lectura.

—¿Disculpa?

—Dijo que ya no lo necesitábamos.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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