Inocencia Truncada ©

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Capítulo XV. Violet Weiz. Parte II

Sin tiempo para consuelos decadentes o miedos paralizantes, Arthur debía, de modo imperioso, encontrar una solución que impidiera descargar la ira de los presentes por una repentina cancelación, a la vez que asegurarse salir ileso de un laberinto diseñado para atrapar a los ratones escurridizos.

Era pésimo para el negocio. Los invitados aún ignoraban los sucesos por venir y solo se relamían por incorporar a sus filas a los más prometedores niños y niñas que aguardaban cual modelo de muestra, terminar esclavizados en la mansión de gente sin límites ni escrúpulos.

Arthur no podía dejarlos abandonados a su suerte. Debía, sin levantar sospechas, invitarlos a retirarse con cualquier excusa más o menos creíble que les permitiese refunfuñar, amenazar e, incluso, insultar a los cuatro vientos pero vivos para respirar un día más en compañía de la tan subvalorada libertad.

¿Cómo saber si Thomas iba por él o por todos los presentes? ¿Cómo se enteró de ese evento? ¿Estaba en una misión rescate a las que se había acostumbrado el último año o un motivo más personal lo movía a involucrarse? Esas y otras preguntas invadían la mente del ex comisionado que no tenía idea de cómo sobrevivir a lo que a todas luces era una emboscada.

Empresarios, políticos, jueces, jeques, gente de la nobleza, traficantes, modelos, presidentes de ONG's y vaya uno a saber qué otras caras famosas continuaban matando el tiempo en el piso 37 mientras reprimían sus más bajas fantasías o, lo que es igual, negociaban a cuenta sus futuras adquisiciones humanas para satisfacer los placeres ajenos.

La alarma contra incendios fue lo primero que vino a su mente; pero luego de pulsarla comprendió, para su resignación, que la habían saboteado. A continuación, instrucciones en código transportadas por los mozos en sus bandejas de cristal también fueron interceptadas a mitad de camino dejando trunco otro plan ingenioso.

Comenzaba a transpirar la gota gorda cuando el sonido de su celular lo sacó del trance por el que atravesaba, trayéndolo de vuelta al mundo real.

—¿Ya te deshiciste de él? —preguntó agitada.

—No he vuelto al salón; estoy escondido en la cocina.

—Ordénale a los mozos que lo liquiden.

—Es personal de catering contratado; no un puñado de asesinos a sueldo.

—¡Eres un estúpido! —gritó.

—Tal vez tenga una posibilidad de escapar; existe una salida de emergencia; oculta atrás de unos armarios decorativos.

—¿Y qué esperas?

—No puedo escapar con todos los niños sin avisarle a los invitados que la fiesta se canceló. ¡Van a asesinarme! Es gente peligrosa, poco presta a someterse a juegos.

—Si dejas que Thomas te atrape y te interrogue vas a desear haber estado muerto.

—Entonces, o me matan ellos o lo haces tú.

—Empiezas a captar.

—Pues no veo el negocio para mí.

—Si sales de ese hotel te proporcionaré seguridad y una suma que te garantizará una jubilación holgada.

—No nos estamos entendiendo —sonrió nervioso—. Quiero diez millones de dólares; no aceptaré menos. He cumplido tus mandatos al pie de la letra; arruiné mi vida y mi carrera por satisfacer tu venganza...

—Solo asegúrate de salir de ese hotel.

Resignado a perder la mercadería y coleccionar los odios menos deseables del mundo, tomó su arma y se aventuró a tomar el ascensor de servicio, oculto en la cocina, que llevaba años sin utilizarse, con la única finalidad de burlar la marca que personal que se encontraba todavía en el salón a la espera de atraparlo con las manos en la masa.

Astuto y prepotente, como de costumbre, fue a parar al estacionamiento y al subirse a su camioneta negra solo dejó salir la tensión que lo abrumaba con un puñado de suspiros y unas lágrimas traviesas que acompañaban el sudor de su frente y un incesante temblequeo general; reacciones todas ellas que denotaban alivio y felicidad. Sin embargo, al pretender arrancar su vehículo no tuvo forma de hacerlo, como si alguien hubiera saboteado todos los controles; y para colmo de males, un frío paralizante lo interceptó por la espalda.

—Levanta tus manos y desciende lentamente —dijo Randy apoyando su arma en la nuca de Arthur.

—Tranquilo, no hay necesidad de ser tan brusco —dijo mientras abría la puerta y se anoticiaba de la presencia de Stephanie y Melody apuntándolo desde el exterior.

—Me temo que se acabaron los juegos —dijo la detective sin poder disimular una sonrisa orgullosa.

—No tienen idea de lo que están haciendo ni en qué se involucran —dijo mientras se arrodillaba, con las manos en alto.

—Todo eso se lo podrás narrar, con lujo de detalle, al juez.

—Sí, también puedes explicarle la subasta que habían montado en el piso 37. ¿Tráfico humano? Creo que no te quedan delitos por cometer —dijo Melody abofeteándolo con ganas.

—Escúchenme; esa gente no está jugando, los asesinarán si los exponen.

—No te preocupes, no hemos venido por ellos, sino por ti.



Sebastian L

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En el texto hay: crimenes, aventura, suspenso

Editado: 25.09.2018

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