Insomnia

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V

La mañana del domingo se reunieron por fin. Phillip ni siquiera se molestó en vestir de traje formal como usualmente hacía al estar en el trabajo. Se encontraba ahora sentado en su oficina, con Reba sentada frente al escritorio.

Leía pacientemente el borrador del primer capítulo. Mientras sostenía las hojas, sentía el relieve de cada letra, gracias a los golpes de las teclas de metal de la máquina. En cuanto terminó de pasar las páginas, las dejó en el escritorio boca abajo, y enlazando los dedos de las manos, miró a Reba.

—Y bien, dime, ¿qué te parece? —la castaña preguntó entonces, ansiosa por recibir la opinión del editor. Éste llevó las manos al puente de su nariz, acariciándolo un poco, como si se tuviera que sacudir el estrés mediante ese acto.

—No se ve nada mal. De hecho, es interesante. Pero —malditos peros—, esto no es algo que el público espera leer de una escritora. Menos una novel.

— ¿Y a qué te refieres con eso? —Reba preguntó, parecía que le dio un tic en el ojo al escuchar eso.

—Te sugerí una novela romántica porque es lo que las mujeres suelen escribir y consumir.

—Lo sé, y te diré una cosa. He tratado por más de una semana en escribir algo que tenga que ver con el romance y lo «usual». Y no puedo. Porque lo que quiero escribir y publicar es esto. Ese manuscrito que tienes en el escritorio, y nada más. Ya me has rechazado de Ciencia Ficción, no me hagas lo mismo con esto.

—Rebeca. Eres buena, muy buena de hecho. Tan sólo tus cuentos se han vuelto un best seller apenas en los primeros dos meses que estuvo a la venta. Por eso los directivos te quieren, y quieren ver de lo que eres capaz. Pero recuerda que somos un negocio, y si bien Hehet está dispuesta a apostar por ti, no creo que lo más conveniente sea darte alas para algo que es un cincuenta – cincuenta.

— ¿Cincuenta – cincuenta?

—Digamos que publicamos esto. Hay tanto el cincuenta porciento de posibilidad que tenga el mismo éxito que tus cuentos, como hay un cincuenta porciento de que fracase y hayamos hecho una inversión en vano. Mira, en serio me ha gustado lo que he leído, y conozco otras dos personas que lo amarían también. Pero, no es lo que las mujeres suelen producir. ¿Has oído de E. L. James?, ¿de Jane Austen?

— ¿Tú has escuchado de Mary Shelley o de las hermanas Brönte? Tienen algo en común, escribieron unas de las mejores novelas de terror gótico de la cultura universal…

—Y tienen también en común que los publicaron bajo seudónimos. Es lo que te propongo. Si tienes tanta fe y ganas de publicar tu novela negra, te ofrezco hacerlo a cambio de que utilices un seudónimo. Unas iniciales, con tu apellido. Algo que suene de género neutro incluso, si así lo deseas. Porque permíteme advertirte, que el público difícilmente se arriesga a leer un tema tan pesado como la novela negra, si proviene de una mujer.

—Entonces, me dices que porque tengo vagina en vez de pene no tengo la capacidad de escribir esto.

—No, digo que el público es aun muy prejuicioso, y que por más ánimos que la editorial te quiera dar, el riesgo yace en los lectores y no nosotros. Y como somos un negocio, te lo advierto. Así que, lo tomas, o lo dejas.

Extendió entonces el manuscrito del primer capítulo. Reba dudó por un momento, y luego extendió la mano para tomar los papeles.

—Te envío esta noche un mensaje con el seudónimo.

El sistema había vencido. El sistema siempre vence.

Ahora bien, Todd se había reunido con el baterista y el guitarrista para tomar algo. Estaban en el departamento del tecladista, tomando unas cervezas, mientras de fondo se escuchaba música de antaño. Los BeeGees y ABBA amenizaban la ocasión. De vez en cuando, sonaba alguna canción de Alejandro Sanz, o José José.

—En dos días Elis va a salir. Supongo que va a irse a su departamento en vez del hotel. Aunque no es como si su reservación siguiera disponible —Armand hablaba tras haber dado un trago a la botella de vidrio café.

—Junko seguía ahí, ¿no? —Richard fue quien preguntó.

—Ella volvió al departamento esta noche —el tecladista repuso—. Le dije que se quedara en el hotel porque podría descansar mejor. Ya sabes, si tiene hambre sólo llama a Servicio, y no tiene que limpiar ella misma. Ni siquiera tender la cama. Pero dijo que prefería cancelar el resto de la reservación para no perjudicar la economía de la disquera.

— ¿Los japoneses son todos igual de considerados, o es sólo ella? —el baterista pregunta, un tipo fornido, aunque no tan alto ni tan grueso.



Aris Meyer

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En el texto hay: asesinatos, misterio, romances

Editado: 19.09.2018

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