Insomnia

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XIII

La investigación se iba tornando más oscura conforme pasaba el tiempo. La vida de Darya López sin duda era algo que tenía mucha tela de dónde cortar. Contando además que había un finado que correspondía al nombre del editor en jefe de la editorial donde Gavin y Reba trabajaban. Adelphos estaba cada vez más metido en la investigación, leyendo de forma obsesiva cada detalle que nombraban en el foro de internet, y revisando y comparando con la información que le llegaba.

—Recibimos al fin la orden para interrogar a Neumann —White dijo tras haber tocado la puerta de la oficina de Turner.

—Perfecto, entonces iré hoy mismo a hacer el interrogatorio —el afroamericano dijo, dejando de lado su laptop para reclinarse por un momento en su silla.

—Va a ser incómodo el interrogarlo. Es sólo una coincidencia de nombre, ¿y qué? Pasa mucho en varias partes del mundo. Estaremos seguramente molestando a alguien que posiblemente no tenga nada que ver.

—Yo no creo eso —Del tomó nuevamente la laptop y empezó a buscar algo rápidamente, a la par que le hacía una señal a White para que se sentara—. Hicimos una breve investigación de su persona. Tiene la curiosidad de solamente contar con información académica, muy pobre de hecho. Literalmente, sólo pudimos conseguir lo mismo que se coloca en un currículum. Educación, carrera, y ya. Sin antecedentes de nada.

—Eso suena muy inusual.

—No sólo eso. Esto es de un foro de ayuda a escritores. Alguna vez hubo un hilo donde se discutía el tema de publicar con editoriales locales, a lo que alguien apuntó a que en una editorial local en California, un editor le robó los derechos de una obra. Le hizo creer que le había dado un contrato de autor totalmente legal, pero al momento de finalizar la corrección del manuscrito, el editor le exigió el mismo. Lo cedió y el editor lo registró a su nombre.

A continuación de ello, le mostró una fotografía del sospechoso de robo de propiedad intelectual, para luego ser comparado con una fotografía reciente del editor Neumann.

—Tienen cierto parecido uno con el otro. Sin embargo, los nombres son diferentes. Nuestro sujeto es Phillip Ross Neumann, y el acusado en aquella ocasión corresponde al nombre de Alfred Sullivan.

— ¿Sugiere entonces que sea un usurpador de identidades, detective? —White preguntó, absorto en el parecido de ambos hombres, a excepción de detalles como la nariz o la forma de la quijada. Del asiente.

—Sigue siendo una suposición. Intentaré obtener más información en este interrogatorio, de hecho… pedí la orden bajo ese estatuto.

Revisando bien la hoja —cosa que White no hacía si no era su caso—, en la parte del motivo por el que la orden se levantaba, era con causa de suplantación de identidad. Adelphos sí que era inteligente. Sin embargo, en el momento en que el detective fue a la editorial en busca de su sospechoso, se le informó que no se encontraba en la ciudad. Intentaron contactarlo por todos los medios posibles, pero en casa no contestaban, y su celular les enviaba a buzón.

—El señor Neumann salió, dijo que iba a una reunión de contacto en Boston. Mañana seguramente ya estará aquí —la secretaria, quien resultaba ser nueva en el cargo, intentaba por todos los medios digerir que buscaban a su jefe directo de parte de la policía. No tenía idea de cómo manejar la situación más que pidiéndoles volver al día siguiente.

— ¿Puede darnos la ubicación de dónde se encuentra? —Del era persistente, y no iba a permitirse el lujo de volver el día después. Tenían una orden, o sea, que el asunto era de urgencia.

—No, lo siento. Fue el único recado que me dio —la pobre mujer estaba alterada, por lo que Adelphos dejó de presionar. Agradeció y dio la vuelta para irse, llamando al departamento para empezar una búsqueda en Boston por el señor Neumann.

Ciertamente, el asunto se había tornado demasiado interesante. La desaparición repentina de Phillip sólo daba más sospechas, por lo que tenían qué interceptarlo como fuera.

Eso ocurrió hasta el anochecer, en el aparente regreso desde Boston de Phillip. Llamaron a Adelphos a la una de la mañana para notificarlo, y éste se levantó de golpe como un resorte, y se presentó en el departamento de policías.

Con desvelo y cara de pocos amigos, se encontraba el gordo Neumann, sentado a la mesa, en la habitación con espejos de doble vista.

—Bien, oficial, dígame ¿por qué estoy aquí? —fue directo al grano. Seguramente era de esas personas que entraban en el humor de «conozco mis derechos», aun cuando no se está violentando ninguno de éstos.



Aris Meyer

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En el texto hay: asesinatos, misterio, romances

Editado: 19.09.2018

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