Invisible

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3 Plan

― ¿Has pensado que tal vez estás muerto? Puede que seas una especie de fantasma o algo así.

            Eran las ocho de la tarde aproximadamente. Después de pasar horas con fiebre muy alta, el día había empezado a mejorar. Comí algo y descubrí que mi invisible compañero también estaba hambriento. Me dijo que para poder comer tenía que concentrarse tanto que llegaba a dolerle la cabeza, y por esa razón no se alimentaba hasta que se convertía en algo totalmente necesario. A partir de ese momento, cuando empecé a encontrarme mejor y mi cabeza ya no estaba concentrada completamente en el dolor, comencé a hacer preguntas. Preguntas como; quién era, cuándo, cómo y por qué le pasaba lo que le pasaba. Y todas las respuestas fueron algo exasperantes.

            Se llamaba Dylan Araya, y era un joven de veinticuatro años que estudiaba en la Universidad de Bellas Artes en Barcelona. En resumen, era un joven normal y corriente con una vida totalmente normal y corriente. Su invisibilidad o su año sabático, como lo llamaba él, había comenzado una mañana como cualquier otra. Despertó así. Bueno, después de mucho insistir, me confesó que el lugar donde despertó fue en casa de un amigo que había hecho una fiesta con, evidentemente, mucha gente y mucho alcohol. Así que no se percató de su año sabático hasta que entró en su casa y se dio cuenta de que no podía abrir el pomo de la puerta, ni hablar con sus padres, ni hacer absolutamente nada de lo que solía hacer. Por último, a la pregunta de por qué le pasaba lo que le pasaba, no obtuve respuesta. O al menos no una que fuera útil. Así que no pude evitar preguntar si había pensado que tal vez él estuviera…

            ― ¿Muerto? ―exclamó indignado―. ¿Y tú qué? ¿Una vidente? ¡No estoy muerto!

Puse los ojos en blanco al escuchar su voz indignada. En cierto sentido era absurdo pensar que estuviera muerto, porque tenía hambre y sueño, y ambas cosas las hacía a diario. En realidad, era como si siguiera igual, lo único diferente era su invisibilidad. Así que tampoco era tan raro pensar que estaba muerto y era un fantasma que estaba volviéndome loca. Aunque también cabía la posibilidad de que estuviera imaginándolo todo y fuera yo la que estuviera muerta. Tal vez esos hombres me habían matado, y ahora estaba teniendo una especie de alucinación o trance por el que pasaban los muertos. ¿Quién podía asegurarlo? Nadie conocía la respuesta a lo que ocurre después de la muerte, ¿verdad? Tal vez esto fuese el limbo. ¡O el cielo, incluso! 

            En fin. Fuera lo que fuese, lo único lógico que podía hacer era aceptar los hechos; que me había encontrado con un joven aparentemente normal y corriente en una situación para nada normal y corriente.

            ― Era solo una idea. Ya no se me ocurre nada más. La verdad es que también he barajado la posibilidad de que esté loca y…

            ― No. De eso nada ―dijo con rotundidad. Yo parpadeé dos veces sin saber exactamente dónde mirar―. Me niego a pasar de fantasma a ilusión traumática de una loca. ¿Lo próximo qué será?

            ― A ver. Ilusión lo que se dice ilusión no sería… más bien podría tratarse de las voces que escuchan los esquizofrénicos en su cabeza cuando dicen que les mandan matar a alguien. Aunque tú no me has dicho nada del otro mundo. Así que tal vez seas una voz inofen…

            ― ¡Oye, oye, oye! ¡Para el carro, lunática! ―gritó a la vez que tapaba mi boca bruscamente―. No soy ninguna voz que te habla. No estás loca. ¡Joder! ¡Existo!

            Parecía frustrado y eso me hizo reír. Aunque no lo veía, noté cómo apartaba la mano y debía limpiarse las posibles babas que le había dejado en la palma al sacar la lengua. Con el dorso de la mía, me limpié la boca y cerré los ojos a la vez que respiraba para tranquilizar mi risa.

            ― Eres asquerosa ―puntualizó. Le saqué la lengua.

            ― Gracias. Tú también eres adorable. ―Sin presarle mayor atención, me levanté de la cama dejando la manta a un lado y encendí el ordenador―. Para empezar, veamos dónde vives. Tal vez pueda ayudarte. ―La página que Dylan había estado leyendo seguía abierta. La cerré apresuradamente y apreté el icono de Mozilla.  

            ― ¡Por fin algo inteligente! ―exclamó aliviado. Noté al instante cómo se sentaba encima de la mesa justo al lado del ordenador.



Lissy

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En el texto hay: prohibido, misterio

Editado: 20.02.2018

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