Ixthus, El Llamado

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Diecinueve Años Atrás

Él pensaba que Hieron sería el último lugar que caería. No es que sus fuerzas superaran en número al enemigo, pero al menos estaban bien protegidos en ese lugar, además ¿No le habían prometido que ese sería el inicio de algo mucho más grande? ¿Cómo es que iban perdiendo entonces?

El enemigo avanzaba a paso firme y decidido, haciendo explotar todo sin ninguna consideración. La mayoría había abandonado sus puestos previendo ya una derrota, pero él no lo haría; primero porque se le había encomendado a él y al grupo de los doce que debían permanecer firmes aunque las cosas se vieran mal, y él confiaba en aquel que le había hecho la encomienda; pues había sufrido cosas peores que morir en batalla y además, le había prometido que estaría con ellos hasta el fin del mundo y segundo, porque sus dos mejores amigos también se quedarían y no los abandonaría. Ah pero, si tan solo ese pedazo de traidor no los hubiera vendido a él y al grupo de los doce, entonces las cosas serían diferentes; claro, ahora el traidor se había suicidado el muy cobarde y el problema se quedaba para ellos; pero ya ni lamentarse por el pasado era bueno, debía concentrarse en el presente. Se acercó a Simón y en medio del ruido de bombas y balas volando muy cerca de ellos le preguntó:

— ¿Cuál es el plan?

Simón estaba muy cansado, si acaso le quedaban cincuenta hombres para defender el lugar. Miró a su alrededor, las enfermeras se afanaban atendiendo a los heridos ahí mismo en el campo de batalla. Su esposa estaba entre ellas y alentaba a un hombre caído a continuar con vida, pero desde lejos se veía que no lo lograría. Estaban perdiendo y no había manera de ganar. Ahora tenía que pensar en salvar a la mayoría de los cincuenta que le quedaban así que tomó una decisión muy difícil.

—Saca a todos de aquí, llévatelos contigo. Estallaré mi última bomba en el puente, eso los retrasará lo suficiente para que puedan escapar.

Eso sonó descabellado para él desde que comenzó a ver en sus ojos cómo se formaba la idea en su cabeza.

— ¡No! Claro que no, no te abandonaré.

—Es una orden. Debes hacerlo ¿O tienes una idea mejor?

No claro que no la tenía, pero tampoco quería perder a su amigo.

—Ahora, ¡ve!—Le ordenó Simón.

A regañadientes se levantó y quiso correr, pero su amigo lo detuvo, tenía algo que decirle.

—Oye, espera, cuando salgas de aquí, busca a mis hijos y guíalos a la verdad. Naín y Ben tienen que saber porque murió su padre y cuídalos por mí, por favor ¿lo harás?

Esa era lo cosas más difícil que Simón podía pedirle, no porque no quisiera, sino porque quería que guardara vida suficiente para hacerlo él mismo. Pero la situación era inevitable. Asintió con la cabeza y corrió a reunir a los demás.

— ¡Retirada!—gritó a todo pulmón— ¡Reúnanse conmigo! ¡Retirada!

Al parecer todos habían estado esperando esa llamada porque inmediatamente todos se reunieron con él para que se los llevara de ahí con el extraño símbolo que él y el grupo de los doce tenían. Preguntó si todos ya estaban reunidos para poder irse y alguien le dijo que faltaba Lidia.

“Rayos” pensó “¿Dónde está Lidia?”

Lidia era la esposa de Simón y aún seguía arrodillada sobre el ya casi cadáver del hombre. Corrió hacia ella y la sujetó del brazo.

—Lidia ¿Qué haces? Ya vámonos.

Lidia levantó la vista y vio al grupo de los casi cincuenta que se había reunido y esperaban ser sacados de ahí. Se levantó y comenzó a correr con él pegado a sus talones, pero al escrutar el grupo vio que faltaba alguien.

— ¿Dónde está Simón?

El intentó evadir la pregunta instándola a que siguiera corriendo; pero ella se negó rotundamente y se plantó en medio del campo.

—Explotará el puente ¿no es así?

—Lidia…—Comenzó a decir él.

—Solo dime.

Lidia era obstinada y estaban perdiendo tiempo valioso así que asintió con la cabeza y dijo:

—Sí, pero no puedes quedarte así que ¡vamos!

La volvió a tomar del brazo e intentó sacarla pero ella ya había tomado una decisión.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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