Ixthus, El Llamado

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Avanzaban a paso acelerado y en silencio, lo único que se podía escuchar era el crujir de la nieve debajo de sus toscas botas y el ulular del viento.

Naín tenía las manos entumidas, el aire helado alcanzaba a filtrarse a través de sus gruesos guantes de lana, y la punta metálica de sus botas hacía que sus dedos se congelaran dentro de ellas.

Trató de ver a través de la mira de su rifle, pero nada, solo había densa niebla por todas partes. Ajustó un poco su visor de vidrio polarizado y con el dedo índice le indicó a Amitai que se moviera más rápido. Avanzaron por un escarpado trecho entre la montaña, un ruido seco llamó su atención y volteó para ver de dónde provenía el sonido; Amitai se encontraba doblado, apoyándose con una mano en la pared, tenía una mueca de dolor en su cara y luego lanzó un leve gemido y comenzó a maldecir al mismo tiempo que sobaba su rodilla. Se había golpeado con una roca que se asomaba de la pared, Naín puso los ojos en blanco al pensar en lo ridícula que era aquella situación. Se llevó el dedo índice a los labios para pedirle silencio y luego lo movió en círculos para indicarle que siguiera moviéndose. Mientras más avanzaban, más complicado era poder ver algo en aquella niebla, además, la montaña había eliminado cualquier rastro de luz que pudiera abrirse paso hasta ellos.

Siguieron caminando unos cuantos metros, absortos en su búsqueda, pero algo los hizo detenerse, al menos a Naín. Un ruido, o mejor dicho, un murmullo; algo apenas perceptible en el aire.

— ¡Alto!—ordenó Naín— ¿Escuchaste eso?

Amitai se detuvo en seco, inclinó su oído hacia donde al parecer, Naín creía que venía el sonido. Se había levantado el visor y tenía la cabeza levemente inclinada hacia su izquierda, sostenía su dedo índice en el aire, quizá para que entendiera que no debían moverse ni un milímetro, de lo contrario no podría escuchar el murmullo.

—Yo no escucho nada—dijo Amitai.

—Shh—intervino Naín.

El claramente escuchaba algo, poco a poco el murmullo fue aumentando de nivel, pero aún no alcanzaba a distinguir nada, era como muchas voces susurrando algo y eso era lo que lo hacía indescifrable; además, el eco rebotando en todas las paredes de la montaña tampoco ayudaba. Naín apuntaba a todos lados con su arma buscando el origen de los sonidos; dándole un gran espectáculo a Amitai que ya había bajado la guardia, tenía el ceño fruncido y miraba a todos lados, en realidad estaba preguntándose si su líder se estaba volviendo loco.

—Señor—dijo Amitai interrumpiendo la paranoia de Naín—, debemos continuar.

— ¡No me digas que no escuchas eso!—respondió Naín un poco frustrado de que Amitai no escuchara lo mismo que él.

—No, en realidad no, pero puede ser el viento, o alguno de los nuestros cerca, no lo sé. Mejor sigamos adelante.

— ¡No, claro que no es el…!

No pudo terminar la frase, al mirar un poco más allá de Amitai notó una silueta acercándose a ellos. Levantó su rifle y le apuntó a la sombra y esta vez Amitai estaba percibiendo lo mismo que su líder.

— ¡Alto ahí! ¿Quién eres?—gritó Naín.

Sintió como todos los músculos de su cuerpo se tensaron a la misma vez, listos para entrar en acción, sabía muy bien que había escuchado algo y muy probablemente esa silueta tenía algo que ver con ello.

Pasó de lado a Amitai y caminó para estar más cerca del extraño individuo. Éste se movía demasiado lento, era sin duda alguna, un hombre; llevaba las manos caídas en los costados, tenía los puños cerrados y era alto, muy alto.

— ¡No des un paso más o te juro que disparo!

Casi como si hubiera escuchado por primera vez la voz de Naín, el hombre se detuvo.

— ¡Arriba las manos!—ordenó Amitai— ¡déjame ver tus manos!

Pero la silueta solo se quedó ahí, estática, no se movía ni un milímetro; al igual que los dos cazadores. Ninguno quería moverse, pues no sabían qué clase de trucos podría mostrar ese hombre, que ya estaban casi seguros de que se trataba de Andrés.
Lo miraban esperando a que intentara una sucia jugarreta como las que anteriormente les había mostrado y tanto le habían ayudado para eludirlos todos esos días. No obstante, comenzó a subir sus manos lentamente, como si se estuviera rindiendo, las colocó detrás de su cabeza sin decir una palabra y esperando una nueva orden.
Los dos cazadores ni siquiera pestañeaban, se les hacía muy difícil creer que el tipo se rindiera así nada más, y estaban indecisos de dar el siguiente paso.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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