Ixthus, El Llamado

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Naín jamás había pensado que un ser humano podría ser capaz de sentirse como él se sentía ahora. Le habían arrebatado a su única familia. Inconscientemente, él había pensado que él y su hermano estarían juntos para siempre, que después de haber pasado tantas cosas ya no existía en el mundo ningún reto que los pudiera separar, y que, después de todo, él moriría primero que Ben cuando ya fuera muy anciano porque, eso era lo lógico ¿no? Él era el mayor. Pero ahora, junto al cuerpo sin vida de su hermano supo que nunca se está preparado para perder a un ser querido. Era muy difícil de explicar lo que estaba sintiendo en ese momento. Era como un ancla muy pesada que tiraba de sus entrañas hacia abajo, se sentía sin fuerzas pero a la vez con el coraje necesario para incluso entregar su propia vida a cambio de la de su hermano, sin embargo él sabía que con la muerte no hay tratos. Es un monstruo que no respeta a nadie sea rico o pobre, niño o anciano.

Se echó a llorar desconsolado sobre el cuerpo inerte de su hermano, no le importaba que lo vieran o lo escucharan, nada le importaba ahora, nada excepto que el universo se apiadara de él y le devolviera a su hermano. Prometía ser mejor, más cuidadoso, más atento, más cálido incluso; no había precio que fuera lo suficientemente alto por pagar para que su hermano estuviera de nuevo con él. Pero al universo no le importaba su dolor, se había llevado la vida que le interesaba y continuaría moviéndose como siempre, lo que pasara con Naín o su hermano no era de su incumbencia.

Amitai viendo que Naín tardaba en subir decidió bajar para ver si podía ayudar en algo, además había escuchado su llanto y también ya se imaginaba lo peor.

Cuando posó ambos pies en la roca pudo comprobar lo que tanto había temido. Vio a Naín abrazando el cuerpo de su hermano y sollozando. Se acercó despacio para separarlo, sabía que no le haría ningún bien quedarse ahí, tratando de reparar lo irreparable.

—Naín ven—Le dijo lo más cálido que pudo y tomándolo de un brazo.

— ¡No! ¡Déjame!—Le gritó Naín zafándose de su agarre.

A Amitai no le sorprendió la actitud de Naín, pero ahora puso un poco más de fuerza y abrazándolo por el pecho lo separó de su hermano mientras Naín forcejeaba con él.

Luego de un rato Naín dejó de luchar y se dejó caer de rodillas sobre la nieve aunque aun sollozando. Amitai se quedó a su lado para brindarle consuelo, pero Naín no quería ser consolado, no quería el pésame de nadie quería estar solo y olvidarse de todo.

—Señor—La voz de Aczib sonó por el intercomunicador—, el equipo rojo atrapó a Andrés, nos informaron hace unos segundos.

Con esas palabras Naín sintió como una fuerza extraña llegaba a todo su cuerpo a manera de electricidad que lo ayudó a levantarse y cortó de tajo todas sus lágrimas, sólo había una persona responsable de la muerte de su hermano y ese era Andrés. Sin pensarlo dos veces tomó la cuerda que lo sujetaba y comenzó a subir. Cuando puso un pie sobre el borde arrancó la cuerda de su arnés y sin prestar atención a los gritos de Amitai que le pedían quedarse a pensar las cosas salió corriendo derecho al gret; donde estaba seguro que Andrés estaba. No tardó más de dos minutos en encontrarlo y con gran satisfacción vio que dentro se encontraba Andrés custodiado por el equipo rojo, cuando llegó lo tomo por el cuello del saco y lo arrojó con fuerza al suelo. La cabeza de Andrés rebotó como pelota en la nieve y su rostro se demudó al ver la ira que transpiraba Naín. Luego lo volvió a tomar del saco pero esta vez lo tumbó boca abajo y lo liberó de sus esposas; Andrés un tanto confuso se puso de pie y lo miró a los ojos, estaban inyectados en sangre y tenía los puños cerrados, listos para pelear.

—No puedes…

Andrés quiso calmar un poco la situación y ver si así lograba salvar su vida; pero antes de que pudiera decir algo más, Naín le dio con su puño de hierro en la nariz y pronto la sangre comenzó a brotar a chorros.

— ¡Tenía una esposa…!—dijo Naín mientras le propiciaba otro puñetazo en la barbilla— ¡iba a tener una hija…!—Otro puñetazo  en el estómago— ¡era mi hermano!—Una patada en las corvas.

Andrés intentó defenderse soltándole un codazo en la sien a Naín, pero solo lo hizo retroceder unos pasos con lo que tomó impulso para taclearlo y una vez en el suelo siguió golpeándolo, a veces en la cabeza y otras en la nariz, que a estas alturas estaba rota en mil pedazos. En realidad no importaba con qué golpearan a Naín en ese momento, podrían pasarle un camión entero por todo el cuerpo y aun así no sentiría nada, sólo tenía un objetivo en su mente, hacerle pagara al culpable lo que había hecho con su hermano, nada lo desviaría de ese objetivo.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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