Ixthus, El Llamado

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Condujeron de regreso por una solitaria calle sin decir una palabra, eran apenas las diez de la mañana y ya estaban emocionalmente agotados.

El silencio los hacía ponerse más nostálgicos, cuando dejaban que sus mentes dieran muchas vueltas al mismo asunto terminaban sintiéndose más miserables que nunca. Fue por eso que Naín decidió interrumpir el silencio hablando de cosas sin importancia, algo que los distrajera de sus sentimientos.

—Y ¿ves algún potencial en los nuevos?

Probablemente pudo haber elegido un mejor tema para conversar; pero fue lo primero que se le vino a la mente, además, Amitai también quería pensar en otra cosa que no fuera la muerte de su amigo.

—Bueno, es difícil saberlo—respondió Amitai—, sólo tienen dos semanas de ingresados; pero quién sabe, según he oído nadie tenía esperanzas en ti cuando ingresaste.

Naín rio forzosamente para cambiar un poco el humor general de la situación. De todos modos, Amitai tenía razón, nadie habría apostado por él en un inicio.

—Si es verdad—respondió—, era un completo desastre. Mis superiores me dijeron que me iría mejor vendiendo *Tostilocos en un carrito.

Amitai rio en serio esta vez, no se imaginaba a su líder de vendedor ambulante.

—Y entonces ¿Cómo fue que llegaste a ser el poderoso Naín?

—El ortán Darcón. Antes de que lo fuera, nunca perdió la fe en mí. Siempre se quedaba conmigo después de los entrenamientos para ayudarme a mejorar. Jamás tuve un descanso y el día de selecciones me gradué primero de mi grupo.

—No te imagino en el nivel más bajo de los cazadores, yo creí que habías entrado siendo todo un siftán.

—No, para nada. Cuando llegué todos me llamaban seiri; hasta creí que nadie se sabía mi nombre.

—Vaya, nunca volveré a ver a un novato de la misma manera.

—A veces, los mejores soldados se encuentran donde nadie busca. Tienes suerte de entrenar a los novatos. Podrías hallar algo prometedor entre ellos.

Amitai hizo un gesto de desdén con el comentario.

—Nah, no lo creo. He estado entrenando a los novatos por tres años y nunca me pareció ver algo prometedor. Creo que los buenos soldados ya no existen.

Amitai se quedó pensando en lo que acababa de decir y luego añadió divertido:

—Tú entrenaste al último.

Naín sabía hacia donde se dirigía su broma, pero comentó con aire distraído.

— ¿De verdad? ¿Y quién podrá ser ese soldado?

 

*Tostilocos: Botana hecha de frituras saldas y acompañada de diversas frutas y verduras como pepinos, lechuga, chile, limones y crema ácida entre otros. Su preparación varía dependiendo del lugar en México donde se venda.

—Te daré una pista. Él es tu mejor amigo.

 

Naín abrió los ojos de par en par, como si una enorme bombilla se hubiera encendido en su cabeza.

— ¡Ah claro! ¿Cómo no lo dije antes?

Amitai sonrió con suficiencia anticipando el nombre que mencionaría a continuación.

—Te refieres a chuchín mi perrito. Claro, él siempre fue muy obediente, siempre me daba la pata cuando se la pedía.

La sonrisa desapareció repentinamente de la cara de Amitai y fue sustituida por un ceño fruncido.

—No me refería a chuchín.

—A caray ¿entonces a quién?

— ¡Pues a mí, miope entrenador!

—Puf, nah claro que no, tu nunca me dabas la pata cuando te la pedía.

— ¿A si? Podría dártela ahora mismo en tu cara si así lo quieres.

—Oh no te atrevas.

Amitai no hizo caso de la advertencia de Naín y comenzó a golpearlo en el hombro; a veces con el puño y otras con sus pies descalzos, que ocasionalmente se cruzaban hasta su cara. Naín se defendía pero era difícil concentrarse en el camino y Amitai al mismo tiempo.

—Oh si, Amitai es demasiado para el grandioso Naín ¿eh? – se mofaba Amitai.

—Ya verás, pedazo de esperpento fofo.

Amitai seguía burlándose de Naín sabiendo que no tendría ninguna oportunidad de ganarle con el volante en las manos, sin embargo Naín se las arregló para conducir con las rodillas y usar las manos para someter al enfadoso de su amigo. Sujetó muy fuerte una de sus manos y la retorció hasta que Amitai se quedó quieto.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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