Ixthus, El Llamado

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Mientras conducía con una mano, con la otra presionaba varios botones en el tablero del Gret para intentar comunicarse con su kutan.

Una de las pantallas del gret emitieron un leve sonido acompañada de una tenue luz, y segundos después una despeinada y amodorrada cara apareció en ella.

—Amitai, necesito que estés listo en diez minutos, pasaré por ti.

— ¿De qué hablas? Hoy es mi día libre.

—Te lo explicaré en cuanto te vea.

Sin darle más explicaciones apagó la pantalla y pisó a fondo el acelerador, unos cuantos conductores demostraron su descontento haciendo sonar el claxon; pero Naín no hizo caso de ello. Avanzó por una calle en sentido contrario y casi atropella a un vendedor de duros preparados, pero dio un brusco giro a su derecha y pasó rosando las narices del vendedor, que se mostró especialmente molesto por el duro que dejó caer a causa del susto. No tardó más de diez minutos cuando se encontraba en la puerta de Amitai tocando con insistencia.

—Ya voy, ya voy—La voz de Amitai sonaba muy desganada desde atrás de la puerta.

—Vámonos—dijo Naín mientras se dirigía a toda prisa de vuelta al gret.

Amitai se subió con desgana mientras aplastaba con la mano su pelo revuelto.

—Y bien, ¿a qué se debe todo esto?                                            

—El otro día—comenzó Naín exaltado por lo que acababa de descubrir—estaba en el restaurante desayunando y…

—Espera, el de doña pelos—interrumpió Amitai.

—Sí, pon atención; y apareció un tipo raro, traía como una armadura hecha de fuego, al principio no supe que o quien podía ser; pero acabo de ver una imagen, y decía que ésa era la armadura que solían usar los ixthus.

—Ajá—Amitai no parecía haberle puesto mucha atención, seguía luchando contra su pelo—, así que, fuiste al restaurante de doña pelos, viste a un tipo raro y ahora me molestas en mi día libre para contarme todo esto en el gret camino a no sé dónde.

—No entiendes.

—Pues nop.

—Era un ixthus al que vi ese día, estaba cerca del hospital, donde está Andrés ¿Entiendes? Su líder. Quieren liberarlo.

—Aja, si, escucha; por si no lo habías notado, en el hospital no puede entrar cualquiera, está lleno de soldados, tiene muchos sistemas de seguridad, Andrés no tiene visitas y además necesitan una identificación que nos dirá si han sido marcados como ixthus. Ahora si no es mucho pedir lleva esta chatarra a un puesto de tacos que ya me dio hambre.

—No, iremos al hospital a verificar que todo esté bien.

Amitai lanzó un largo y sonoro quejido que de nada le valió para hacer cambiar de opinión a su amigo.

Minutos después se encontraban en el estacionamiento del hospital, Amitai caminaba con pesadez, había abandonado todo intento de aplacar su pelo y decidió esconderlo bajo una gorra, en cambio Naín caminaba presuroso hasta la recepción. Una señorita vestida de azul celeste estaba tras el escritorio.

— ¿En qué puedo ayudarlos?

—Soy el Siftán Naín Lacúm, quiero ver a Andrés.

—Oh sí, y justo a tiempo, acaba de despertar hace una hora.

— ¿En dónde está?—preguntó emocionado.

—Último piso, habitación trece.

Balbuceó un “gracias” y salió corriendo hacia el ascensor mientras Amitai se quejaba de la distancia detrás de él.

No esperaba encontrarlo despierto, en realidad quería ver si podía mover sus influencias para que movieran al preso a otro lugar, sin embargo ya que la suerte estaba de su lado no pudo evitar pensar en el intenso interrogatorio que le haría pasar.

El ascensor se detuvo con un chirrido metálico mientras las puertas se abrían con un “tin” e inmediatamente al salir del elevador se dieron cuenta de que algo no andaba bien. Una luz roja sobre una de las numerosas puertas que estaban a ambos lados del pasillo parpadeaba insistente. Naín se acercó suplicando que no fuera la puerta número trece, sin embargo sus temores se confirmaron cuando tres puertas antes miró un perfecto trece debajo de la luz roja. Entró atropelladamente en la habitación y se acercó a la cama donde un Andrés afeitado y limpio se esforzaba por meter aire a sus pulmones. El respirador artificial estaba en el suelo junto a la cama.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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