Ixthus, El Llamado

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Le encantaba empezar el día de esa manera, sentado en la única banca de madera esperando a los kutanes para entrenarlos, mirando cómo todo empezaba a llenarse de luz. Inhaló fuerte por la nariz, quería impregnarse del aroma de la mañana para llenarse de energía. Aun hacía frío, pero el termo tenía suficiente café para toda la mañana, otro motivante más para tener un día perfecto, además estaba el hecho de que haría pagar a Amitai su broma de la noche anterior.

El potente sonido de pasos le avisó que los soldados estaban por llegar y se levantó preparado para entrenarlos de verdad.

Otro siftán iba al frente de las filas, las cuales marchaban con una precisión sorprendente y al cabo de unos segundos estaban delante de Naín perfectamente alineadas.

—Son todos suyos siftán Naín—dijo mientras inflaba el pecho.

—Muchas gracias.

Enseguida el otro siftán se alejó a paso acelerado por la misma vereda por la que había llegado.

—Bien, hoy tendrán un verdadero entrenamiento conmigo y no quiero escuchar ninguna queja en todo el día ¿entendido?

— ¡Señor, si señor!—respondieron todos los soldados, aunque algunos que ya conocían sus métodos hicieron muecas de descontento.

—Comenzaremos inmediatamente con una carrera en el rally, equipo rojo del lado izquierdo y azul del lado derecho. Cuando suene el silbato, ¿listos? 1, 2…

—Señor ¿no deberíamos calentar primero?

Naín se volvió sorprendido y a la vez molesto de que uno de los soldados lo hubiera interrumpido.

— ¿cree que es una clase de aerobics soldado?

—Señor, no señor.

— ¿Cree que cuando vaya a la guerra el enemigo le pondrá musiquita para que haga sus ejercicios de calentamiento?

—Señor, no señor

—Estoy confundido soldado ¿quiere ser usted el que dirija el entrenamiento?

—Señor, no señor

—Bien, porque necesito recordarle que usted, un arremedo de soldado, está aquí para aprender de mí, que soy cinco veces mejor que usted, así que le recomiendo que no vuelva a interrumpirme. Y ya que está tan ansioso por calentar, será usted quien haga la demostración.   

El soldado se apresuró a tomar la posición de arranque en el rally para evitar otra vergonzosa reprimenda pública, mientras el resto trataba de encontrar una mejor posición para observar a su compañero. Naín contó hasta tres y sonó el silbato. El soldado salió disparado hacia el muro de tablones y comenzó a subirlo ayudado por una cuerda pero no contó con el nuevo panel de control que estaba en la mano de Naín. Con el nuevo panel ahora podía controlar todo el rally, incluyendo el muro de tablones.

Naín presionó unos cuantos botones y el muro comenzó a dar vueltas. El soldado se aferraba con uñas y dientes a los tablones, pero en un punto, no pudo sujetarse más y salió despedido cayendo pesadamente sobre el suelo de grava.

— ¡No he dicho que se detenga!—Le gritó Naín cuando vio que el soldado se daba por vencido en el suelo.

Confundido el soldado se volvió a incorporar y comenzó a cruzar tambaleante el puente movedizo, pero una vez más, Naín hizo de las suyas con el panel, y el piso hacía desaparecer unas cuantas tablas debajo de sus pies haciéndolo perder el paso; pero consiguió cruzarlo, lo que provocó vítores y aplausos de sus compañeros. Animado, siguió hacia la viga de obstáculos, donde unos costales oscilaban sobre ella y los cuales debía esquivar para evitar caer a tierra otra vez; sin embargo el primer costal no era sino una enorme columna de fuego. Giró sobre sus puntas y ella solo pasó chamuscándole un pedazo de ropa, perdió el equilibrio; pero se recuperó dando manotazos al aire, estaba seguro de que lograría completar la fase de la viga cuando una pesada red de cadenas se enredó en todo su cuerpo y lo lazó a cinco metros más allá del área del rally.

Un ahogado “uff” se oyó entre todos sus compañeros, la mayoría se había llevado las manos a la cabeza y otros tantos tapaban sus bocas de la impresión; pero todos tenían muecas de susto en sus caras. Naín hizo un ademán con la cabeza y de inmediato dos soldados fueron a levantar a su compañero caído. Con cuidado desenredaron las cadenas de su cuerpo y tomándolo de un brazo cada uno, lo sentaron en la banca de madera que estaba cerca.

—Bien—comenzó a decir Naín cuando el herido estuvo a salvo en la banca—, veo que cada uno de ustedes tiene la misma gracia que una papa enterrada, por lo que me veo en la necesidad de demostrarles cómo es que se pasa un rally, ese que normalmente se juega entre los niños de preparatoria.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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